Opinión Internacional

La desigualdad injusta ya no es rentable

Ya Solón, sabio de Grecia, a quien se atribuye la primera Constitución de Atenas, proclamó que la razón básica de la política es la lucha entre pobres y ricos. Éstos, como sostiene Hegel en la parábola del amo y del esclavo, para continuar siéndolo y aquellos para dejar de serlo, o al menos, para sobrevivir. La oposición entre los pobres y los ricos es tan vieja como la humanidad y se ha ido incrementando en la medida en que tenía lugar el llamado progreso. Durante siglos se recurrió al designio de los dioses, al karma, a la culpa y a tantos otros mitos y tabúes para mantener las estructuras de poder de las clases o castas dominantes. Llegaron a prometer el Cielo, el Edén, el Paraíso y la vida eterna a los pobres y a quienes padecían persecución por causa de la justicia, mientras ellos cabalgaban en sus machitos.

Moisés Naím, director de Foreign Policy, se pregunta si es más prioritario reducir la desigualdad o aliviar la pobreza. La pregunta parece absurda porque la reducción de la pobreza disminuirá las brechas entre pobres y ricos; o que las políticas que disminuyen la desigualdad reducirán la pobreza. Aunque el auge económico de China e India ha sacado a 400 millones de personas de la pobreza, en esos países la desigualdad económica ha aumentado. Las disparidades sociales en Cuba quizá sean menos graves ahora que cuando Fidel Castro asumió el poder hace 47 años, pero Cuba es hoy un país más pobre. En Estados Unidos, la pobreza no ha aumentado mucho, pero el abismo entre ricos y pobres es hoy mayor de lo que era.

Durante los últimos 50 años, la pobreza mundial fue una de las principales preocupaciones de políticos, académicos y medios de comunicación. Por el temor a la rebelión de los desesperados, de los “condenados de la tierra”. En buena lógica, si ya no tienen nada que perder ¿a qué esperar? Algunos prefieren morir de pie y con las armas en la mano, a vivir de rodillas. Al menos, luchan por una sociedad mejor para sus hijos. Si los que mueren en vanguardia no la alcanzan, les ahorran la indignidad de una vida de exclusión y de miseria.

Ahora, el tema que se alza en diversos ambientes de la sociedad civil es la desigualdad injusta. Las insultantes diferencias económicas entre la población están en la palestra.

El mundo siempre ha padecido de una aguda desigualdad económica pero, desde las injusticias producidas por la revolución industrial, se acrecentó la conciencia de estar explotados por grupos dominantes y surgió el concepto de proletariado. Con la llegada de la revolución de la información y del acceso a las nuevas tecnologías un malestar creciente se expande por el mundo y ya son legión quienes se alzan contra estas desigualdades monstruosamente injustas. Nada podrá ser lo mismo porque se extiende la conciencia de que otro mundo es posible porque es necesario. Por lo tanto, todos los medios parecen ser válidos para alzarse contra las nuevas tiranías de los oligarcas que controlan los resortes económicos y financieros, así como los recursos materiales y los humanos. Si para estos todo ha valido con tal de obtener los mayores beneficios, no es de extrañar que los pueblos se alcen y algunos se inmolen, como en la antigüedad lo hacían por su Rey, por su Dios, o por el Paraíso prometido. Los suicidas de hoy son equiparados por sus correligionarios a los mártires de ayer pero con la vuelta de tuerca de morir matando para enfrentarse mediante el terror y la sorpresa a los Goliats con espada, mientras ellos usan chalecos explosivos como David utilizó la honda. Si nos contentamos con condenarlos, sin analizar sus causas y motivos, no haremos más que prolongar el desconcierto y la inoperancia ante la llegada de los nuevos bárbaros que han comprendido que los pies del Ídolo imperial son de barro. Como las Torres gemelas, el Pentágono o el Capitolio. Los Romanos tachaban de locos suicidas a los mártires, pero sus dirigentes religiosos los consideraban santos. Como hoy sucede con los terroristas que se “auto inmolan”, según la perspectiva de los oprimidos.

Sostiene Naím que hay varias razones para el malestar y la ansiedad que se expanden en todo el mundo con respecto a la desigualdad injusta porque ahora estamos mejor informados sobre las diferencias económicas que nos dividen. Sólo tenemos que encender un televisor o leer un periódico para que se nos recuerde nuestro lugar en la jerarquía económica mundial. La ansiedad por la desigualdad injusta también se ha agudizado debido a los temores al terrorismo o a la inmigración ilegal que son hoy comunes en los países más ricos. La consecuencia es que la falta de equidad en los países pobres termina generando amenazas directas para la seguridad y el bienestar de los habitantes del mundo más desarrollado. La oleada democrática que barrió el mundo desde la década de los 80 también ha situado la desigualdad en el centro de la conversación nacional en muchos países. El aumento de la democracia ha supuesto una mayor libertad para los medios de comunicación, que ponen de manifiesto la corrupción pública y denuncian los escándalos económicos. Todo esto ha aumentado la visibilidad de la desigualdad y ha erradicado la tolerancia que existía hacia ella.

Afirma el director de Foreing Policy que “la desigualdad injusta es moralmente repugnante, políticamente corrosiva y económicamente debilitante”. Pero existe una larga historia de intentos fallidos de combatir esa desigualdad infame, incluido el cambio del sistema impositivo, las intervenciones en el mercado laboral, el control de precios, subsidios directos; la lista es infinita. En los últimos 50 años, ninguna nación con una distribución desigual de la riqueza ha conseguido erradicar esa desigualdad.

Las mejores políticas públicas para alcanzar un descenso sostenido y duradero de la desigualdad son las mismas que las necesarias para disminuir la pobreza. Proporcionar amplio acceso a una educación y a una salud mejores, agua potable, justicia rápida y fiable, empleos estables, vivienda y crédito, títulos de propiedad firmes y protegidos, estabilidad de precios, crecimiento económico. Aunque no alcancen sus fines de manera inmediata, disminuirán la pobreza inhumana y promoverán un cambio de mentalidad contra la desigualdad injusta, cada vez más intolerable por insoportable.

Fuente:
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