Opinión Internacional

La encrucijada libanesa

Lejos quedan los años de la Suiza de Oriente Próximo, cuando era el centro financiero de toda la región, y uno de sus territorios más cosmopolitas. En pocas décadas de vida como Estado, Líbano ha vivido la gloria de la emancipación y el drama de la guerra, ha aplaudido su independencia y ha llorado su ocupación, y el caudal de esperanzas que un día representó se hace añicos reiteradamente, en el frontón de su caótica realidad.

Patio trasero de otomanos y franceses, es, desde hace decenios, el campo de tiro del conflicto regional, que lo ha conducido a diversas guerras -entre ellas, una sangrante y duradera guerra civil-, a una ocupación endémica del régimen sirio, al asesinato de algunos de sus presidentes y ala existencia de un ejército paralelo, Hizbulah, alimentado por Irán y Siria, que impone su poder más allá de la soberanía del país.

De hecho, la mayoría de los informes aseguran que, hoy por hoy, Hizbulah es un ejército más poderoso que el propio ejército libanés. Por supuesto, los panfletos antiisraelíes al uso culpan al vecino Israel de todos los males de Líbano, lo cual sólo demuestra dos cosas: que la mayoría de los opinólogos ni tan sólo se preocupan de conocer la historia más cercana y que los prejuicios contra Israel pesan por encima del conocimiento riguroso de la verdad.

Veámoslo. El mito, por ejemplo, considera a Israel culpable de las guerras de Líbano. La realidad es más compleja: la extensa guerra civil libanesa, entre milicias cristianas y musulmanas, tuvo a Siria como factor clave desestabilizador, que intervino, armó, llegó y se quedó como ocupante, durante tres decenios. El mito asegura que Israel ocupó Líbano. La realidad recuerda que Israel invadió Líbano en 1982, en un intento militar de acabar con la violencia armada de la OLP, que usaba el País de los Cedros como su patio trasero.

Pero en 1983 firmó un acuerdo de paz, que los sirios impidieron que se ratificara, inició un repliegue unilateral y sólo se mantuvo en la frontera sur (80 km), para impedir las acciones de Hizbulah en su territorio. En el 2000, a pesar del reiterado hostigamiento, se retiró definitivamente, cumpliendo la resolución 425. El retorno israelí a Líbano, en el 2006, fue el colofón de las acciones violentas de Hizbulah, que llegó a secuestrar y matar a soldados israelíes en su propio territorio.

El mito habla de Israel como un país fuera de la legalidad internacional. La realidad nos recuerda que Líbano nunca cumplió la resolución 1559 del Consejo de Seguridad, que obligaba a desarmar a los grupos armados y a garantizar la frontera sur. Gracias a esta impunidad, Hizbulah goza de un ejército profusamente armado con tecnología avanzada, con miles de hombres entrenados y fanatizados con la ideología fundamentalista y con el único objetivo de dominar Líbano -lo cual está cerca de conseguir- y destruir a Israel.

El mito, pues, mira hacia Israel. La realidad nos recuerda que Líbano lleva décadas de ocupación siria -país que incluso ha sido culpado oficialmente del asesinato del presidente libanés Rafiq al Hariri-, de profusa injerencia iraní y de uso militar de su territorio, para hostigar al Estado hebreo. Si Líbano es, pues, un país desgraciadamente encrucijada de esperanzas quebradas, a pesar de los mitos y la propaganda, hay que mirar hacia el este y no sólo hacia el sur, si se quiere saber, realmente, cuál ha sido su trágica historia.

Todo esto lo sabe la secretaria de Estado Hillary Clinton, que llegó a Beirut este fin de semana, estuvo poco y habló menos, pero dijo lo necesario: los libaneses deben elegir a sus representantes sin «la intimidación y sin interferencias exteriores». La cuestión, conceptualmente, es impecable. Sin embargo, ¿cuántas décadas hace que Líbano no puede tener unas elecciones sin interferencias exteriores, incluyo asesinatos de candidatos y presidentes? La petición parece un chiste, cuando el mundo nunca ha impedido la ocupación siria durante 30 años, y nada puede hacer con la injerencia iraní. A pesar de todo, Hillary Clinton ha recordado que Líbano existe, y está roto. Ese solo gesto, en un país tan abandonado a su suerte, permite gestar una tímida esperanza.

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