Opinión Internacional

La geopolítica de ficción del Pentágono

La información procedente del mundo árabe-islámico se resume en dramáticos titulares: muertes, atentados suicidas, enfrentamientos intercomunitarios o interreligiosos, inestabilidad política, guerra civil, amenazas intervencionistas. Para muchos ciudadanos de la opulenta Europa y de la imperial Norteamérica, lo musulmán es sinónimo de desconocido, de incomprensible, de misterioso, de violento, de rival.

Con el paso del tiempo, el indispensable enemigo virtual, ansiado por los estrategas tras la caída del comunismo, se ha convertido en enemigo real, en la amenaza que planea, según los consejeros del presidente Bush, sobre la civilización occidental. Un punto de vista éste que comparte la derecha conservadora, más volcada en la defensa a ultranza de los “valores tradicionales” de la civilización judeo-cristiana que en la búsqueda de soluciones viables para la crisis de identidad que afecta a los países del “primer mundo”.

La caótica situación que impera en la mayoría de los países islámicos es un innegable peligro para la estabilidad política global y el desarrollo armonioso de las relaciones Norte-Sur, pero en las circunstancias actuales el ambicioso proyecto estadounidense de crear un Gran Oriente Medio moderno y democrático está condenado al fracaso y la presencia militar de Occidente en tierras del Islam es y será, inevitablemente, un elemento de fricción entre civilizaciones.

Sin embargo, mientras la clase política y los medios de comunicación transatlánticos abogan en pro de la retirada de las tropas destacadas a Iraq y Afganistán, los expertos del Pentágono tratan de mantener viva la llama del intervencionismo armado. Los militares se dedican a elaborar nuevas doctrinas o rediseñar a su manera el mapa del mundo musulmán, tratando de borrar las “ensangrentadas fronteras” establecidas a comienzos del siglo XX por las Cancillerías de Francia y el Reino Unido.

Uno de los ideólogos de este Nuevo Oriente Medio es Ralph Peters, autor del libro No abandones nunca el combate. En un ensayo reproducido por el Diario de las Fuerzas Armadas (Armed Froces Journal), el estratega norteamericano propone un nuevo reparto étnico de la región, que supondría el desmembramiento de los Estados del Cercano Oriente y la Península Arábiga. Su criterio: renunciar a las divisiones políticas artificiales ideadas en su momento por los europeos, potenciando la creación de países capaces de acoger grupos étnicos o religiosos más coherentes.

Peters recomienda la división del Reino wahabita en tres regiones: el Sacro Estado Islámico, alrededor de las ciudades de la Meca y Medina, integrado por musulmanes sunitas; el Estado Árabe Chiíta, en la región de los yacimientos petrolíferos del Golfo Pérsico; y los Territorios Independientes saudíes, en las inmediaciones de Riad, que se convertirían en feudo de la dinastía saudita.

Sugiere también la anexión de las provincias sunitas de Iraq a Siria, que a su vez perdería el acceso al Mediterráneo, controlado por el Gran Líbano o, mejor dicho, por la Nueva Fenicia. Las provincias kurdas de Iraq, Siria, Turquía e Irán formarían el Estado Kurdo Independiente, un país pro-occidental cuyos gobernantes se comprometerían a gestionar dócilmente los yacimientos subterráneos de “oro negro”.

Irán perdería parte de su territorio, destinado a la creación del Estado Kurdo, el Estado Árabe chiíta y el Baluchistán Independiente, pero recibiría a cambio las provincias occidentales de Afganistán, con los que comparten el idioma y la cultura de los persas. A su vez, los afganos podrían adjudicarse parte de las regiones fronterizas de Pakistán, país que debería renunciar, además, a las tierras destinadas al Baluchistán Independiente. Los Emiratos Árabes Unidos perderían la soberanía, integrándose en el Estado Árabe Chiíta. Los únicos supervivientes de esta operación etno-estética serían, según Peters, Kuwait y Omán, actuales plataformas de las tropas estadounidenses en la región.

El estratega norteamericano no disimula su preocupación por los aspectos clave de los problemas actuales de Oriente Medio: la necesidad de garantizar el acceso de Occidente a los recursos energéticos de la zona y la “guerra global” contra el terrorismo islámico. Y confiesa que, a la hora de la verdad, el nuevo reparto territorial serviría también para limitar el número de víctimas occidentales.

Sólo cabe preguntarse si el precio que han de pagar los Estados de la región no es demasiado elevado. Y si el Imperio de la democracia no cae en la tentación del satanizado, aunque socorrido neo-colonialismo.

Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios
Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París)

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