Opinión Internacional

La hoguera de Lula

Pensé que no iba ser tan pronto, pero sucedió. El matrimonio de los brasileños con su presidente, el obrero Luiz Inacio Lula Da Silva llegó a su fin.

Llega a su fin con platos rotos, insultos, regaños, y despechos. Pero qué motiva tan drástica separación, qué infidelidad troncha el sueño de millones de brasileños, qué impele a ese pueblo a lanzarle las maletas a la calle. Bueno, entre otras cosas, el uso, por parte de Lula, del más común de los sentidos; que no es otro que el consabido y poco aplicado sentido común. Eso que los catedráticos en gerencia llaman previsión, y que el pueblo llama testículos, cuando de emprender una acción se trata.

Apenas ayer las paredes de Brasilia recogían frases impensables, hará unos meses atrás. “Lula representante do capitalismo mundial”, podía leerse en uno de los miles de graffiti que adornan la capital del gigante del sur. Pero no solo eso, de la garganta de los cientos de miles de manifestantes que se pronunciaron contra la reforma de la Ley de pensiones y jubilaciones que adelanta el gobierno del Partido de los Trabajadores, se podía escuchar frases como esta: «Lula es un traidor», «Lula defiende los intereses del FMI».

Quién lo diría, ¿verdad? Lo cierto es que buena parte de los brasileños, especialmente los empleados públicos, se están movilizando para cerrarle el paso a la “insensatez” de Lula al querer ahorrarle al Estado la módica cifra de de unos 18.400 millones de dólares en 20 años. Semejante ahorro adquiere su verdadero rostro cuando entendemos que Brasil tiene una deuda externa que alcanza los más de 250.000 millones de dólares americanos.

Ahora, eso es solo una parte del todo. En definitiva lo que está en juego en Brasil es el modelo de Estado clientelar, populista, y manirroto; contra un Estado responsable, no simpático, capaz de ir contra privilegios que afectan a una oligarquía burocrática que infecta, como en casi todos los países de América Latina, la sangre de toda su estructura administrativa. Digo, aquélla que posibilita prestar un servicio no sólo oportuno, si no mucho más allá, un servicio eficiente.

Y no crean ustedes que me dejo ganar por un exceso de lo que la izquierda borbónica – esa que ni aprende ni olvida – llama, los efectos del neoliberalismo salvaje. Al contrario, le entusiasma a uno ver a un presidente tomando decisiones que le permitirán quitarse el nudo de la pobreza, el hambre, y el atraso, que son a la vez un todo y la misma cosa.

Entonces, a las pruebas me remito: lo que mueve la enmienda de la ley de pensiones es erradicar el régimen que asegura al sector público una jubilación con el salario integral de la carrera y que accede incluso a los aumentos que obtengan sus colegas en actividad. Esto está muy bueno, quién no desea una jubilación así. Más si esa legislación contempla que usted puede jubilarse a los 48 años si es mujer y a los 53 si es hombre, y con apenas 10 años de servicio. Divino, ¿verdad? Lo malo es que se hace a expensas de un Estado exhausto y en un país cercado por la miseria.

Yo soy de los que apuestan por el éxito de Lula. Es más cierto amigo me ha acusado de ingenuo al creer en lo que para él es un político del montón; de esos, dice el amigo, que dibujando castillos en el aire han sembrado de ranchos la periferia de las grandes ciudades de Latinoamérica.

La impiedad en su juicio no me distrae de la idea que Lula puede convertir en exitoso un modelo de democracia sin complejos ante las leyes del mercado; y que su liderazgo es suficiente como para hacerle comprender al gran capital que la pobreza es un problema de todos y no el problema de los pobres. Me interesa el éxito de Lula porque lo coloca como la imagen deformada de un izquierdismo mesiánico y trasnochado que intenta tomar respiro desde los pulmones de un decrépito dictador como Fidel Castro.

En todo caso no soy tan inocente para no ver que a 8 meses de gobierno, Lula comprende que algunas de sus propuestas son tan descabelladas como el sistema de pensiones de su país. En este punto recuerdo una que hizo en su reciente viaje a España. Allí proponía el bueno de Lula, la creación de “una institución multilateral, financiada con dinero de los países ricos, para pagar infraestructuras en los países pobres”.

La iniciativa fue acogida como una curiosidad. Pero no sólo eso, algunos analistas económicos le recordaron que su bondad estaba tapizada con el sudor de los trabajadores de los países ricos. ¿O de dónde cree Lula, le preguntaban, que sacan el dinero las autoridades de dichos países?

Algo así pasa con los dineros de las pensiones en su país, y con el de otras naciones cercanas. Nada más.

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