Opinión Internacional

La integración de América Latina y el Caribe

Cuando apenas han transcurrido las primeras ocho semanas del año en el cual se conmemoran los 50 años del inicio de los esfuerzos de integración en la región, los gobiernos latinoamericanos y caribeños se aprestan a crear la primera organización de carácter regional que tiene como finalidad la de conjugar las acciones desplegadas en el plano estrictamente político con las de integración y cooperación económica.

En otras palabras se trata de aglutinar en una institución la multiplicidad de esfuerzos desarrollados desde 1986 por el Grupo de Río (G-Río) con los efectuados a lo largo de casi medio siglo por el Mercado Común Centroamericano (MCCA), la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) -sustituida posteriormente por la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI)- y la Comunidad del Caribe (CARICOM) que en la práctica han actuado como sistemas envolventes de una multiplicidad de esquemas pluri y binacionales de integración y cooperación, cuya máxima expresión es el Sistema Económico Latinoamericano (SELA).

De esta manera, la región contará con una institución destinada a la coordinación y concertación de posiciones políticas respaldada por la red de intereses económicos que se ha venido estructurado en el marco de los diversos acuerdos integración, así como de la profundización de las relaciones bilaterales que se viene verificando en los últimos años.

Por supuesto, el accionar político no podrá limitarse al papel pasivo que caracteriza a la adopción de posiciones comunes, sino que deberá contar con los mecanismos requeridos para dotarla de un esquema de cooperación que le permita adelantar acciones tanto para prever como para atender situaciones que vayan surgiendo como resultado de la evolución de las relaciones entre los países.

En ambos planos, la validez de la institución será puesta a prueba desde el mismo momento de su creación, la cual se hace realidad en un ambiente donde coexisten desde países cuyas respectivas políticas externas reflejan un alto grado de autonomía frente a la potencia hemisférica hasta aquellos que muestran un alineamiento total con esta última, realidad que se ha hecho mas que evidente en fechas recientes.

No obstante esa significativa diferencia, la necesidad de enfrentar conjuntamente una amplia gama de problemas comunes obligará a los países a participar en las distintas instancias de la organización con una flexibilidad tal que sin abandonar principios, les permita armonizar criterios para actuar como entidad unificada tanto en el concierto internacional como en la atención de requerimientos derivados de la propia dinámica regional.

En el ámbito económico, las diferencias son más que evidentes y adquieren mayor relevancia cuando comienzan a desentrañarse las causas que explican las dificultades que ha enfrentado la región para multilateralizar su proceso de integración, las cuales no solo encuentran sus raíces en la heterogeneidad de los acuerdos comerciales suscritos por los países, sino que también se localizan en la diversidad cultural, el desconocimiento mutuo, la carencia de infraestructura, las asimetrías de desarrollo, la presencia de intereses encontrados y el relacionamiento comercial con terceros países desarrollados o con agrupaciones de estos.

Sin embargo, la causa de mayor trascendencia la constituye el hecho de que en la región conviven dos modelos de integración diferenciados en su concepción por el rol desempeñado por la liberalización del comercio de bienes y servicios siendo que en uno –el tradicional- determina el curso del esquema integracionista, mientras que en el otro el intercambio comercial actúa como una fuerza resultante de la ejecución de proyectos y acciones de cooperación estructurados con base en los principios de la solidaridad y la complementariedad contando con una activa participación de los estados, en el cual se sitúa al ser humano como objeto y sujeto del proceso de integración.

A partir de esas realidades, el mayor desafío que deberá enfrentar la nueva institución será el de estructurar un programa que preservando los compromisos adquiridos en los acuerdos vigentes, procure su progresiva articulación y convergencia, para lo cual será necesario incorporar los conceptos de geometría variable y de ritmos diferenciales para poderle conceder validez y factibilidad de ejecución.

Como puede apreciarse, los retos que deberá afrontar la nueva institución son de una envergadura tal que su estructura orgánica deberá contemplar la existencia de una instancia permanente que actúe como secretariado lo suficientemente profesionalizada, la cual deberá ser dotada de un alto grado de autonomía de gestión que le permita actuar con independencia administrativa de los gobiernos de los países participantes, dejando de lado el carácter temporal con que últimamente se ha asignado a estas instancias.

Si primara el criterio de preservar el acervo de las instituciones existentes, la Secretaría Permanente del SELA podría ser reforzada para constituirla en instancia secretarial del organismo que verá luz la próxima semana y utilizar su capacidad política y técnica para vincularse y coordinar actividades con los demás organismos regionales, así como con los interamericanos.

Esperanzador comienza el año del cincuentenario de la integración regional, al ponerse de manifiesto la voluntad política de los gobiernos para cumplir los compromisos adquiridos en la primera Cumbre de Presidentes de América Latina y el Caribe que tuvo lugar en Salvador de Bahía, Brasil, los días 16 y 17 de diciembre de 2008 que ahora comienzan a concretarse colocando un nuevo hito en la historia regional.

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