Opinión Internacional

La media es el mensaje

(%=Image(3421216,»L»)%) El 29 de enero de 2007 la humanidad amaneció enterándose de la existencia de unos agujeros que ese día hicieron olvidar la ansiedad por aquel de la capa de ozono y sus efectos climáticos, e incluso, la angustia existencial que puede causar el misterio de los agujeros negros del universo.

Ese día, los únicos agujeros importantes y noticiosos fueron los de los calcetines del presidente del Banco Mundial – captados por los maliciosas camarógrafos que lo acompañaban en una trivial visita a una mezquita en Estambul – que permitieron constatar como los dedos gordos del gran magnate descollaban en la parte frontal de esa prenda de nylon o seda.

Las imágenes y titulares de la perforadas medias del elegante e inconmovible Paul Wolfowitz, quien fuera el número dos del Pentágono durante la primera presidencia de Bush – por primera vez descobijado en vivo y directo de una incólume imagen de finura y poder, se convirtieron en el banquete mediático del día – y quizás de la semana – para los consumidores de noticias cansados de informaciones que perturban nuestra tranquilidad, indiferencia o, en el peor de los casos, nuestra conciencia. Entonces, ¿se justifica una crónica de ese episodio absolutamente intrascendente para el destino de la humanidad? Depende de las motivaciones de quien la escriba y quizás, de algunas reflexiones que se pueden derivar del tema.

Derecho Crónico

Hace más de un año fui invitado a un programa de televisión para ser entrevistado para hablar sobre un curso que dictaría en una institución y como suelo hacer en esos casos, elegí una camisa de mangas largas, un saco razonablemente refinado y zapatos negros de cuero – que detesto tanto como las corbatas – pero que aprendí a soportar estoicamente para ocasionales y breves eventos sociales y profesionales.

Al día siguiente de la transmisión del programa recibí algunas llamadas y correos electrónicos felicitándome por mi participación y, jocosamente, varios amigos me hicieron saber que me veía excéntrico con mis medias blancas de algodón haciéndome notar que con el atuendo con el que me vestí se deben utilizar medias de nylon o de seda color oscuro. Entonces aprendí uno de los grandes misterios de la etiqueta de los cuales me enorgullecía, infantilmente, de no conocer, y me sorprendió que con el paso de los días, la gente que mencionaba la entrevista, recordaban perfectamente el asunto de las medias blancas de algodón y nada sobre el contenido del curso que enseñaría.

Haberme vestido crónicamente, durante más de tres décadas, sin poner atención a semejantes asuntos, me acredita a hablar sobre las medias de aquel hombre que no me simpatiza en lo más mínimo, Paul Wolfowitz, responsable junto a Rumsfeld de las erráticas y trágicas estrategias geopolíticas y militares que han empantanado a los Estados Unidos en Irak al fomentar una guerra sin plan para el día después de la victoria bélica.

Wolfowitz fue “premiado” con el cargo de Presidente del Banco Mundial al igual como ocurrió con el ex Secretario de Defensa Robert McNamara, el hombre que hundió al presidente Lyndon Johnson en el atolladero de Vietnam. Esto me lleva a pensar que ese puesto, más que una ofrenda, debe ser un purgatorio que utilizan los presidentes estadounidenses cuando se quieren vengar de quienes los aconsejaron mal. Pero volvamos a aquello sobre lo que sin dudas, tengo pleno y crónico derecho a analizar: el asunto mediático.

Reflexiones a Medias

Revisando enciclopedias me enteré que Wolfowitz no tiene nada de que abochornarse desde una perspectiva histórica puesto que los antiguos egipcios elaboraban medias de tejidos gruesos con especial separación para los dedos gordos y Atila, el gran líder de los Hunos – de quien mucho debió aprender el ex funcionario del Pentágono – utilizaba coloridas bandas de tela alrededor de sus piernas que mostraban rajaduras por todos sus costados debido a su intenso uso en sus empresas bélicas contra “los otros”, sus enemigos. Las medias se popularizaron a partir del fin de la II Guerra Mundial, y desde entonces, no es socialmente adecuado utilizarlas con huecos o rasgaduras.

Cuando Wolfowitz, en su investidura de presidente del Banco Mundial, se vio obligado a develar un secreto tan íntimo como el de sus calcetines con agujeros en una situación que no podía evadir, por primera vez sentí una especie de empatía con aquel ser, siempre escondido bajo trajes elegantes y el caché que su cargo le exige, al darme cuenta que, o bien al hombre le gusta sentir cierta sensación de libertad en sus dedos gordos, o bien no le importa usar medias rotas. En cualquiera de los casos, nunca en su vida pública, este poderoso sujeto había sido tan humano, tan parecido a cualquiera de nosotros, como en el momento en que entró a esa mezquita. ¡Fascinante paradoja! Wolfowitz, uno de los hombres más odiados por los musulmanes, posó sus desnudos dedos gordos, directamente, en un terreno que simboliza santidad para millones de ellos.

Gracias a una imagen, Wolfowitz no pasará a la Historia solamente como un frívolo, calculador y autómata funcionario militar o el corrupto presidente del Banco Mundial que le otorga un puesto de alto rango en esa institución a su novia libanesa. La gráfica de sus dedos gordos asomándose, impúdicamente, a través de los agujeros de sus calcetines, harán que el 29 de enero de 2007, sea en futuras efemérides recordado más por este incidente, que por haber sido un día violento entre facciones palestinas en Gaza, una tensa fecha de crisis política en el Líbano y de continua violencia en Somalia, atentados en Israel e Irak y muchas otras noticias que pasaron a segundo plano.

El gran teórico de la comunicación social, Marshall McLuhan, quien nos habló de la “aldea global” creada por la medios audiovisuales, insistía en que el “medio es el mensaje”, en inglés, the media… como bien demuestra el caso de la cobertura noticiosa de las medias de Wolfowitz, que dicen mucho más sobre la esencia de la cultura mediática de nuestros tiempos, que cualquier otro evento sucedido durante esos días.

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