Opinión Internacional

La nueva Diplomacia

Una de las características ya asumidas como constitutivas de la globalización, es la multiplicidad creciente de las posibilidades de comunicación, difusión y acceso a la información, por parte de múltiples actores, individuales o colectivos, desplegados en toda la fauna humana del planeta.

El impacto noticioso, la concreción de audiencias masivas y las consecuencias reales de cualquier acción, conforman un complejo amasijo de factores y variables en el cual destacan no sólo la cada vez más inmediata e instantánea difusión, sino lo inusual, atípico y propiamente noticioso del suceso, hecho, o acontecimiento.

Más allá de la globalización visualizada, leída, escuchada o vista, en el plano mediático, está la concreta y palpable realidad del poder y de los gobiernos, en tanto herramientas de acción del Estado, cuya actuación es la que, a la larga, puede crear bienestar o destruirlo, en la vida de sus ciudadanos.

Diversos episodios recientes, han agregado agua abundante al caldo del debate público alrededor del significado de términos como “diplomacia”, “comunidad internacional”, “legitimidad”, “injerencia en asuntos internos” y particularmente “sociedad civil”. La situación en Honduras, con un poder que se escabulle de las manos de Micheletti pero que tampoco avanza raudo a las de un desprestigiado Zelaya, con un inusual papel de Brasil y su embajada; las denuncias de fraude en la reciente re-elección de Ahmajinejad en Irán, y las históricas protestas sociales, difundidas a través de las redes sociales internáuticas; las televisadas cumbres presidenciales latinoamericanas, y la polémica cooperación militar Colombia-Estados Unidos en la lucha contra la narcoguerrilla, promovida por Uribe y lamentada “ad infinitum” por Chávez y cía; y mas recientemente, las protestas estudiantiles en Venezuela, masiva huelga de hambre ante la OEA en Caracas de por medio, en rechazo a la criminalización de la protesta, y la detención arbitraria de estudiantes y presos políticos.

Los efectos reales de esta última acción, que ya logró la liberación del estudiante Julio Rivas, y al menos el “interés” manifestado del secretario Insulza, y de la CIDH sobre dicha situación, quizá no se han hecho sentir en toda su extensión, evidenciando, no obstante, la peculiar vanguardia opositora a Chávez que encarna el movimiento estudiantil, y la ausencia notable de otros actores o referentes de peso, que surjan como verdadera alternativa política al delirio “revolucionario” instalado en Miraflores.

Lo interesante de este panorama, es que está emergiendo una nueva forma de diplomacia, entendida hoy no sólo como relaciones inter-nacionales, o entre gobiernos, sino como la capacidad de que actores, organizaciones o colectivos distintos al Estatal, puedan hacerse sentir, y ser escuchados, por la llamada comunidad internacional.

La crítica más común a la ONU, al MERCOSUR, o la OEA, en predios más latinoamericanos, es que son reflejos sólo de los gobiernos que representan el poder de los Estados integrantes, pero no de la llamada sociedad civil, que en sus múltiples y variopintas expresiones, empiezan a ejercer nuevas formas de poder ciudadano, social y moral, especialmente en materia de derechos humanos. Denominaciones para aludir a esta realidad abundan: Clubes de presidentes, clan de mandatarios, guerra de egos, o como ha dicho Evo Morales, un “sindicato” de presidentes bolivarianos para referirse al ALBA, entelequia política y caritativa creada por Chávez para imponer su propio imperialismo y desperdigar nuestros recursos por todo el mundo.

Podrá argumentarse, no sin razón, lo inasible, complejo y polisémico del constructo “sociedad civil”, y las dificultades prácticas para su representación efectiva en las instancias de actuación y decisión de los diversos organismos multilaterales de la llamada comunidad internacional. Sobre todo cuando nos encontramos a gobernantes que gobiernan solo para un sector de la población, y excluyen y persiguen a la disidencia. Valga agregar, que aquí, igual que en Honduras, o en Irán, o en el Congo, el efecto global y la difusión masiva las acciones de actores políticos, grupos o simples ciudadanos ayuda a desenmascarar gestiones anti-democráticas, pero al final, deben ser esos mismos actores, grupos o colectivos, los que actúen políticamente, y logren acceder democráticamente al poder.

Las protestas sociales, las demandas hacia gobiernos neototalitarios y militaristas en la lucha democrática, maneja sus propios ritmos e intensidades, alejadas de anclajes burocráticos, y probablemente, terminarán generando nuevas formas de participación, con voz y voto, en esa nueva diplomacia, cuyo nacimiento estamos presenciando.

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