Opinión Internacional

La ONU no puede ser reformada, pero sí relegada

(%=Image(8889661,»L»)%)Nueva York (AIPE)- De nuevo, las Naciones Unidas están siendo duramente criticadas. El senador Norm Coleman, jefe del subcomité que investiga el escándalo de Petróleo por Alimentos, exige la renuncia del Secretario General Kofi Annan. Una propuesta para renovar y ampliar las instalaciones de la ONU fue recibida con una contrapropuesta en el Senado estatal de Nueva York: que los altos directivos de la ONU sean esposados y sacados del edificio o enviados a Francia.

La ONU ha sido frecuentemente criticada, pero con sus 191 países miembros y su creciente red de unas 60 oficinas y agencias sigue a la deriva, inventando nuevos proyectos para cambiar al mundo y ampliar su alcance burocrático. Tales proyectos suelen ser políticos, aun cuando sean etiquetados como sociales o científicos.

Tanto la ONU como Annan parecen no oír lo que de ellos se dice. Ahora él se preocupa no sólo por renovar y ampliar el edificio de 52 años, sino por rediseñar la estructura de 59 años. Un plan para ello acaba de ser publicado por los 16 miembros del “Panel de Alto Nivel sobre Amenazas, Retos y Cambios”. Si se ejecuta, el Secretario General necesitará urgentemente su propuesto edificio anexo de 35 pisos, para que puedan caber los burócratas.

El panel propone, por ejemplo, añadir a sus esfuerzos por la paz con lo que llama “construcción de la paz”, que parece indicar que los funcionarios de la ONU se quedarán donde sea restaurada la paz, para asegurarse de que no surjan nuevos problemas. Se trata, más o menos, de una presencia permanente. Y para ello, la ONU tendrá que reforzar la Secretaría, dice el Sr. Annan. Traducido, eso quiere decir que quiere ofrecerles trabajo a más políticos desempleados alrededor del mundo para que vengan a Nueva York a darse la buena vida. No es de extrañar que Annan sea tan popular en el Tercer Mundo.

Una de las tareas del panel fue ofrecer recomendaciones sobre la composición futura del Consejo de Seguridad, que en la constitución de la ONU se le asignó la misión principal del organismo, promover la paz y seguridad, asegurándose de evitar una tercera guerra mundial. Las naciones victoriosas de la Segunda Guerra –EEUU, Unión Soviética, China, Francia y el Reino Unido– recibieron asientos permanentes en el consejo y el derecho a veto de cualquier resolución.

Pero el mundo ha cambiado. Ahora Japón y Alemania, la segunda y tercera economías más grandes del mundo insisten que olviden el papel que jugaron en la Segunda Guerra y se les reconozcan su posiciones actuales. Tiene mérito esa petición, especialmente si se toma en cuenta que China se resiste a democratizar y Rusia parece retroceder hacia el autoritarismo. India y Brasil exigen igual reconocimiento.

Pero el panel de alto nivel dejó caer la pelota en este asunto, proponiendo que el consejo sea ampliado de 15 a 24 miembros, sin modificar el grupo con poder de veto. Claro que no se podía esperar otra cosa cuando el panel incluyó a representantes de los cinco miembros permanentes con poder de veto.

Qian Qichen, miembro del politburó del Partido Comunista Chino, no iba a estar de acuerdo en diluir el poder de China en la ONU. Ni tampoco el ex primer ministro ruso Yevgeny Primakov. Primakov, por cierto, andaba en algo misterioso en Irak justo antes de la invasión, invasión que Rusia, Francia y China trataron de impedir en el Consejo de Seguridad. Se cree que el motivo era la gran cantidad de armamento de Saddam Hussein o quizás lo que todos aquellos camiones estuvieron transportando hacia Siria.

Esto nos lleva al principal problema de la ONU, que nada tiene que ver con que Annan le haya conseguido un gran negocio a su hijo bajo el programa Petróleo por Alimentos. Al tratar de complacer a todos, la ONU dejó de funcionar, convirtiéndose más bien en un programa de obras públicas internacionales financiado por las naciones ricas, principalmente EEUU.

El FMI, fundado para facilitar la estabilidad monetaria global, se ha convertido en defensor de las naciones que no cumplen con sus obligaciones. Las iniciativas climatológicas, como el Protocolo de Kyoto, no tienen respaldo científico, pero son populares en las naciones en desarrollo porque les brindan ventajas. EEUU inteligentemente no ha caído en eso. La Comisión de Derechos Humanos, infiltrada por los peores abusadores, como China, es un chiste malo.

Pero la ONU existe y está afianzada como madre de todas las instituciones multilaterales, con agencias que alcanzan todos los rincones del mundo. Inclusive, de vez en cuando pasa por encima de la burocracia y hace algún bien.

La pregunta no es si la ONU puede ser reformada. Su estructura lo imposibilita. Mientras cada nación –buena, mala, indiferente, grande o pequeña– tenga voz y voto en las deliberaciones, su rendimiento no cambiará. Seguirá siendo un sitio para conversar, que es lo mejor que se puede decir de la ONU como institución.

Pero eso no quiere decir que no se pueda poner a un lado y no sólo por parte de los países líderes como EEUU que cargan con la mayor responsabilidad, sino también por los ONG que hacen labores filantrópicas y en apoyo a la democracia, sin estar afiliados a ningún gobierno. A medida que más gente comprende sus limitaciones y su vulnerabilidad a la corrupción, demostrado por el escándalo Petróleo por Alimentos a una escala difícil de imaginar, aumentan las probabilidades de que la ONU sea puesta a un lado.

(*): Subdirector Internacional del Wall Street Journal, diario que publicó originalmente este
artículo.

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