Opinión Internacional

La otra guerra en Colombia: el Departamento de Estado vs. el Pentágono

En muchos momentos históricos, la visión y actitudes del Departamento de Estado y de los militares americanos han sido bien diferentes. En Colombia han surgido marcadas diferencias. Algunos funcionarios del Departamento de Estado parecen favorecer a la subversión marxista, o por lo menos le prestan ayuda al dedicarse a difamar al ejército colombiano. Tal actitud provoca choques con los militares americanos en la embajada en Bogotá. Pero tampoco en Washington son amigables las relaciones entre los diplomáticos y los militares.

El mecanismo principal en la operación de difamación contra los militares colombianos es el informe de Derechos Humanos que el Departamento de Estado presenta anualmente al Congreso de Estados Unidos. Para empezar, los funcionarios que se ocupan del tema de los derechos humanos dan plena credibilidad a los reportes de Organizaciones no Gubernamentales afectas a la subversión. Pero eso no es todo. Un funcionario de la embajada en Bogotá se ocupó de presionar a un teniente coronel colombiano para que atestiguara contra quien fuera su comandante. Pero todo esto es menos extraño de lo que aparenta. El señor Harold Koh, Secretario de Estado Asistente encargado de Derechos Humanos, es simultáneamente miembro de la Junta Directiva de Human Rights Watch-Americas, ONG que dirige el marxista chileno José Miguel Vivanco. Esta es una de tantas ONG, colombianas y extranjeras, que se dedican sistemáticamente y en forma concertada a falsear la verdad para debilitar al ejército colombiano.

Recientemente, al ser cuestionado por el autor de esta nota sobre el procedimiento para elaborar el informe del Departamento de Estado y el sesgo del mismo, el funcionario de la embajada de Estados Unidos encargado de su redacción no tuvo inconveniente en mentirme descaradamente, insistiendo en que había hablado con los militares acusados en el informe. Eso no es cierto. El último informe los juzga y los condena sin siquiera escucharlos. Se trata de una persecución fanática contra los oficiales colombianos.

¿A qué obedece las actitudes tan diferentes entre los militares norteamericanos y los funcionarios del Departamento de Estado? Un general americano me lo explicó: “Durante la Guerra de Vietnam, quienes hoy mandan en las Fuerzas Militares americanas, entonces tenientes y capitanes, vieron la acción terrorista de los comunistas en el terreno. Mientras tanto, los que hoy mandan en el Departamento de Estado, evadieron el servicio militar. Se pasaron la guerra fumando marihuana en Canadá”. Estos últimos, me dijo, pueden tomar dos posiciones para explicar su comportamiento: pueden aceptar su cobardía, o quedan prácticamente obligados a insistir, mientras vivan, en que los comunistas son buenas personas, y que por eso, ellos no fueron al combate. Por eso, también, se oculta el holocausto que se vivió en el sureste asiático con el triunfo comunista. Se olvidan convenientemente de los millones de personas asesinadas por los comunistas, durante y después de la guerra, y los otros tantos millones que fueron “reeducados” cuando esta terminó.

Treinta años después, el odio de estos funcionarios del Departamento de Estado hacia los militares, bien sean americanos o colombianos, se mantiene, y ayudan en todas las formas que pueden a los terroristas colombianos. Buscan minimizar los actos terroristas de la guerrilla, participan en la “Guerra Jurídica” de las acusaciones falsas contra los militares, y “editan” los informes que sean contrarios a lo que ellos desean transmitir, especialmente sobre los militares. El choque de actitudes entre estos personajes y los militares americanos es uno de los problemas que impiden que Estados Unidos ejecute una política clara y efectiva frente al conflicto en Colombia.

Las guerrillas marxistas colombianas son las organizaciones terroristas más ricas que el mundo ha conocido. Han montado una impresionante empresa de extorsión y secuestro, y controlan la mayor parte de las primeras etapas del negocio de la droga. Pero mientras no cambie el Secretario Asistente, las cosas seguirán igual, y la defensa de la democracia en Colombia sufrirá. De nada sirve botarle millones de dólares al problema si, al mismo tiempo, logran desmoralizar el Ejército de Colombia, golpeado por la “Guerra Jurídica” y la difamación. La guerra contra los terroristas, en la cual tiene un interés vital Estados Unidos, no se ganará si el Cartel de los Derechos Humanos -como lo ha bautizado el diario Washington Times, logra como contraprestación a la ayuda americana la destitución de los mejores comandantes colombianos.

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