Opinión Internacional

La política de las bombas

Cuando el Comité Olímpico Internacional (COI) declaró a Londres ganadora, tuve varios sentimientos tropezados que se estrellaron en mi alma. Sentí emoción por las amistades que he cultivado en Inglaterra, y que sabía estarían desbordando de júbilo, pero también sentí la desazón del golpe bajo dado no sólo contra los madrileños, sino contra todos los españoles que han sufrido la violencia directa e indirecta del desgraciado terrorismo etarra y del maldito ensañamiento de Al Qaeda.

No es que quisiera que ganara Madrid, la verdad es que mi campaña era por Nueva York –una de las razones eran netamente egoístas, como ser testigo de primera plana de todo el proceso urbano de la construcción de tal mega evento, la segunda, la esbozaré al final- Sin embargo, sentí indignado la participación de Alberto de Mónaco.

Que se cuestionara la capacidad hotelera, que se cuestionara la seguridad y que se desbancara a Madrid por razones genéricas de esta índole me parecía válido, pero no darle tal laurel a ETA, no darle tal estrado internacional, porque quiéranlo o no, perdió Madrid y ganó el terrorismo. La víctima fue castigada por dejarse matar.

Los minutos de silencio por Atocha solo fue discursillo de momento. Las declaraciones de unidad contra el terrorismo que hacen los líderes del mundo, pura locuacidad.

ETA mandó en mayo una carta al COI amenazante. Para mis más que suficiente para dar a Madrid como ganadora. Después de todo, hay que estimular a las ciudades castigadas por el estigma del terrorismo. Es lo mínimo que puede hacer la civilización por sí misma.

Tal como están los líderes del mundo occidental, con su doble estándar moral, ciertamente, convendría mejor ir planeando nuestra claudicación ante los terroristas, porque estos parecen ser más solidarios y coherentes entre ellos, entre la sangre que reclaman y la vida que derraman. Cada vez que sé de la liberación de un rehén en Iraq o Afganistán, me alegro, pero siento a la vez que un asesino más obtuvo su botín, que ganó, que se salió con la suya.

Maldita sea, hay que desafiar a los asesinos, contrariarlos, molestarlos, atacarlos, perseguirlos, encarcelarlos y no caer en su juego por intereses subalternos. Francia tiene ese doble estándar con el terrorismo vasco y Alberto de Mónaco fue su secretario ejecutor esta vez. Felizmente, los cucufatos nunca dejan de hacer el ridículo, esto mismo se vislumbró al día siguiente, tras lo ocurrido en Londres.

Cuando los norteamericanos pensaban hacer un parque conmemorativo en el mismo sitio de las Torres Gemelas, me opuse categóricamente. Escribí varios artículos, algunos reproducidos en Nueva York. Debían erigirse nuevamente los edificios, decía, apostaba por la reconstrucción pieza por pieza, pero se seguía hablando de parques y monumentos a la pena y a la melancolía.

Por fin, la sensatez regresó hace poco y la “Torre de la Libertad” las reemplazará y como debe ser; más alta y esplendorosa. Es que las guerras se pueden ganar solo si empezamos a creer en la victoria y esto se ve, cuando empezamos a desafiar al enemigo para imponer la institucionalidad democrática, caso contrario nosotros mismos dimitimos ante la política de las bombas.

Volviendo al tema olímpico y hablando de otro tipo de bombas. Ciertamente, mi voto no era por Madrid, por otra razón que especto anonadado y con enorme preocupación. Esta no tiene nada que ver con terrorismo, ni capacidad hotelera para contrariedad del COI.

Siento, percibo un cambio en el español de las nuevas generaciones. Ese sentimiento de prosperidad, me temo no está construyendo una sociedad mejor, sino todo lo contrario. Las nuevas generaciones españolas, presiento y puede ser totalmente injusta mi observación; es que carece de lo que está cargado el español antiguo: Solidaridad, gentileza, compasión.

Estos nuevos hijos de Cervantes, acostumbrados al lujo y al derroche, miran de reojo al inmigrante sudamericano, que muchos tratan con abierto desprecio –Asunto que empieza en el tenebroso Consulado de España en Lima- Donde se cultivan despectivos gestos y ademanes que les obligan a olvidar que sus abuelos huyeron a Francia y Suiza por trabajo, que se mudaron a las Américas escapando de las políticas temerarias de su país, donde de quedarse los mataban.

Las juveniles generaciones se sienten exitosas, campeones, merecedores de todo y eso me asusta. Me quedo con el español que pinta canas, es simplemente más gente. Excepciones en todas partes. Un evento olímpico en España ahora, no es la misma que la de Barcelona 92. Una España ganadora ahora, me temo, será una España más soberbia, más autodestructiva. Sigo creyendo que la pobreza cultiva los mejores espíritus, la historia peninsular me da la razón.

No creo equivocarme, la forma en que han reaccionado los articulistas de importantes diarios me ha dejado boquiabierto, fue como si me cayese un bombazo leer algunas opiniones. En algún momento pensé que en lugar de “La Voz de Galicia”, solo por mencionar una columna de opinión, parecía que estaba leyendo “Der Angriff”, con todo este destilado de racismo paneuropeo que escribe Alba Díaz-Pachín en “Alberto ¿Qué te hicimos?” carga una frase que se me ha quedado congelada en la retina “La culpa la puede tener la responsabilidad de aportar el primer negro a la realeza europea”.

Esa actitud de sentir merecerlo todo y despotricar como malos perdedores públicamente, vomitando sin pudor, desnuda al nuevo español que menciono, que no me gustó ver cara a cara cuando ocurrió el incidente de la Isla Perejil. En los momentos duros se conoce a una sociedad verdaderamente.

Es que el racismo no se vive siempre concientemente y aquellas personas que serenamente critican la segregación, son diferentes en un evento en que el temperamento se pone en jaque. Es como el conductor que conocemos como sobrio y maneras educadas, que jamás sería considerado racista hasta que otro conductor lo cierra en maniobra temeraria y este le grita desencajado “¡Maldito Negro!” o “¡Indio tenías que ser!” Ahí sale el verdadero yo, el que estaba bien escondidito.

Espero que este episodio baje de sus nubes a los nuevos españoles, que ya se creen demasiado buenos. Hago votos porque no terminen vistiendo camisas pardas, aunque por lo visto, una pequeñísima parte de su sociedad ya empezó con la moda o como se estila decir ahora, salió del closet.

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