Opinión Internacional

La política exterior y el arte de las sorpresas

La historia universal nos ha demostrado que la política es, sin lugar a dudas, un arte. Podríamos decir que maneja estrategias, traza rutas y pone a prueba sorprendentes capacidades para lograr con astucia metas que en ocasiones parecieran inalcanzables. No han sido pocos los casos en el recorrido mundial donde se nos ha demostrado que enemigos acérrimos hacen las paces y estrechan lazos a favor del común interés de los pueblos. Y las acciones políticas no dejan de sorprendernos cada día. Este es el caso de lo sucedido entre el presidente de Venezuela y el de Colombia, y también el protagonizado por el mismo presidente Chávez y el Rey de España.

Los pueblos de Colombia y Venezuela han atravesado situaciones de tensión a lo largo de su historia común, ya por la delimitación de sus fronteras, ya por la incursión de barcos o naves en territorio vecino o por algún otro motivo que ha sido solucionado por la vía diplomática. En cada uno de esos casos, los presidentes comprometidos en la defensa de los intereses de sus naciones, no han dado ni un paso en falso en la tutela y resguardo de la dignidad de sus pueblos. Jamás, a pesar de las situaciones más espinosas, los presidentes de Colombia o de Venezuela se atrevieron a insultar públicamente a su par, especialmente del país con el que tiene más historia común en todo el mundo como lo es su vecino territorial.

El presidente Álvaro Uribe ha sido objeto de descalificaciones por parte del presidente Chávez que han provocado no solo el rechazo de los colombianos sino de la gran mayoría de los venezolanos. Por sus habilidades para la liberación de secuestrados y el desmantelamiento de la guerrilla se ha ganado la admiración del mundo entero, pero el acercamiento al mandatario venezolano después de haber recibido vergonzosas afrentas, su traslado a Venezuela para una entrevista con Chávez, colocan una enorme interrogante sobre su actuación. Quizá sea esto parte de su política de estado en pos del beneficio de su pueblo, a lo mejor porque es mejor saber del enemigo cercano que del amigo lejano, pero quién sabe si en algún caso, puede pasearse por la idea de que cuando un mandatario recibe bofetadas y ofensas sobre su persona, como representante de un país, también les son proferidas a sus ciudadanos. Cierto es que el mandatario colombiano goza de una popularidad pocas veces vista entre los gobernantes de América Latina, pero no causaría sorpresa que empezaran a lloverle críticas por su acercamiento a Chávez en circunstancias donde los colombianos también se han sentido víctimas de las injurias de un presidente amigo de las FARC.

Por otra parte y, al mismo tiempo, provoca no poca suspicacia el hecho de que el Rey de España reciba al mandatario más antiimperialista que haya tenido Venezuela después de recordarle la leyenda negra de los colonizadores españoles que, en todo caso, quedó atrás hace quinientos años, y que su rabia incitó a callarle en una cumbre internacional transmitida en los medios de comunicación de todo el mundo. Que España lo haga por razones de petróleo barato sería comprensible, pero que el Rey, ese mismo descendiente de quienes nos colonizaron y recibieron guantazos en un encuentro de naciones lo olvide apenas unos meses después, es sorprendente. Pero lo es más aún que Chávez vaya a su casa de verano a regalarle petróleo a pesar de haber sido mandado a paseo.

Quién sabe si este es el nuevo giro de la política exterior del mundo del siglo XXI, pero francamente se nos hace imposible imaginar a Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Leoni, Herrera Campins o Lusinchi, en el lugar de Uribe, trasladándose a apretar la mano de un presidente que lo ofendió y ofendió a su pueblo, por más intereses económicos que haya de por medio, como si los contrapunteos en declaraciones a la prensa se tratasen de una pelea de azotes en los predios de una gallera para terminar golpeados y bebiendo de la misma botella después de la paliza.

Ni tampoco imaginamos a un presidente con la popularidad de Carlos Andrés Pérez, repleto de dinero, regalando petróleo a quien le mandara a hacer silencio en un escenario de líderes después de que el gocho espetara dudas sobre la reputación de quienes nos colonizaron.

Parece pues, por lo que se ve a todas luces, que la política es por encima de todo, el arte de producir sorpresas.

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