Opinión Internacional

La sofisticada globalización de la política

Si queremos identificar quiénes han sido efectivos en crear una globalización coordinada de su doctrina, los encontraremos entre los “antiglobalistas” de la extrema izquierda internacional.

De norte a sur y de este a oeste, sin excepción alguna, funcionan como un solo pueblo en Europa; y su coordinación transcontinental no manifiesta signos de debilidad o discordancia, sino todo lo contrario.

No importa qué tipo de izquierda haya que legitimar si su nivel o posición antiglobal y antiamericana satisface la necesidad de confrontación soterrada que ella misma no se atreve a enfrentar abiertamente; y todo eso sin que importe el perfil de lo que se quiera legitimar, sea totalitarismo, populismo o suave centro izquierda. Lo importante, para ellas, es crear una legitimidad que les permita negociar “al mejor estilo capitalista” lo que les dé acceso a fortalecer la economía y el estatus de la extrema izquierda internacional.

Una extrema izquierda internacional tácitamente unida, contra un contendor desunido, que les permita multiplicarse en cada acción “anti o pro algo” que necesiten manejar para fortalecer su propia existencia.

¿No es hora entonces de globalizar una anti-extrema izquierda internacional y crear los mecanismos de coordinación que trasciendan los límites geopolíticos que estorban acciones comunes que puedan neutralizar las ventajas que desde hace tiempo la extrema izquierda internacional, a hurtadillas de las “socialdemocracias” del mundo, disfruta?

El manejo de conceptos como justicia social y derechos humanos, trabajados a conveniencia y a causa de los terribles sentimientos de culpa que generan, conforman los escudos que esconden las soterradas intenciones de esas izquierdas; para lograr acceso e influenciar el poder de los países subdesarrollados (y en forma “lobista”, por terceras vías, enquistarse en las economías del Tercer Mundo).

Cuando la extrema izquierda internacional se parcializa (como por ejemplo creando una benévola imagen internacional del chavismo) y sincroniza sus cañones hacia una misma situación, como es el caso de Latinoamérica, en especial Venezuela, hoy, nadie habla de injerencias en los asuntos internos de otro país.

El resultado, en contraposición, es que cualquier intento de la centro-derecha o centro-izquierda de cualquier país en relación a la misma situación se contemplará como un hecho aislado y tendencioso de “las fuerzas capitalistas defensoras de las estructuras imperialistas que flagelan a la humanidad”: pura retórica tercermundista orquestada desde los laboratorios izquierdo-fascistas de la extrema izquierda internacional.

¿Pero qué es la extrema izquierda internacional, quién la apoya, quién oxigena su discurrir? ¿Cuál es la diferencia con una socialdemocracia de centro izquierda?

Hacerse la vista gorda, como lo han hecho España, Suecia, Chile, etcétera, debería ser considerado como una actitud de carácter extremista; y en esa medida tildarlos de co-responsables de la barbarie que se está implantando en Venezuela, ya que por simple omisión esquivan la responsabilidad de defender la justicia social y la esencia socialdemócrata que predican; más bien funcionan como una quinta columna que soterradamente corroe las defensas internas de sus propios objetivos políticos.

¿Por qué actúan así algunas socialdemocracias?

Porque, para ellas, lo importante es que alguien cace “la presa”, que es lo que al margen de proporcionarles dividendos o cuotas de poder a la extrema izquierda internacional, les permite pontificar y mediar, para canalizar los beneficios económicos que dicha mediación conlleva (siempre resguardados o legitimados por una cómoda actitud “crítica” a una recalcitrante retórica internacional extremista, distorsionante y manipuladora de las esencialidades sociales y democráticas establecidas).

De esta manera, España pretende vender sus armas, Rusia lo hace y otros paises acechan agazapados (como zamuros en espera de que el tiempo les ofrezca alguna descomposición apetitosa), la oportunidad de entrar a mediar y terminar de hacer mesa limpia.

Muy diferente sería si estas socialdemocracias, desde un principio, pública y categóricamente, se dedicaran a denunciar cualquier violación de las normas democráticas y constitucionales que paulatinamente, y en crescendo, se ha venido instaurando en la totalitaria Venezuela de hoy.

Entonces no es sólo que Venezuela es un país que ha extraviado su identidad democrática, sino que quienes se la han robado pueden comprar, con el dinero que produce su crimen, una legitimidad internacional que les facilita ahondarse en la herida desangrante que proporciona alimento a las aves de rapiña que existen en la comunidad internacional.

El enemigo es más grande y poderoso que el ingenuo y legítimo grito de “muera la opresión” o “viva la libertad”, ya que este grito es a su vez una invitación a mediar.

Por lo tanto, “el grito” deberá más bien situarse en desenmascarar los macabros contubernios que oxigenan la enfermedad.

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