Opinión Internacional

La soledad de Santo

La fractura de los partidos está llegando a un punto tal, que comienza a amenazar la gobernabilidad y las realizaciones del gobierno Santos. La falta de deliberación política, la ausencia de liderazgos capaces de movilizar ideas y ciudadanos en torno a un propósito específico, y la imposibilidad de los nuevos partidos para consolidarse como fuerzas políticas alternativas, poco a poco se están convirtiendo en un factor de bloqueo a la prosperidad democrática.

    La primera expresión de ese bloqueo es que el Presidente está solo. Por una parte, la Unidad Nacional (que es la coalición que lo apoya) no está basada en un proyecto de país. Ni siquiera en un propósito nacional. Las tensiones dentro del Partido de la U y las discrepancias con los conservadores han llevado a que la agenda legislativa de Santos dependa de lo que puedan hacer sus ministros en el Congreso, de la presión de los medios de comunicación o del manejo que pueda dar a los intereses de sus congresistas. Ni Santos tiene una coalición que lo apoye sin condiciones, ni esta tiene un presidente que le dé el juego que quiere.

    En los territorios, el escenario es peor. Así como los senadores y representantes de la coalición gubernamental no se han movido para darles salida a las reformas que el Gobierno necesita para enfrentar los problemas, mucho menos lo están haciendo para que sus gobernadores, diputados, alcaldes y concejales faciliten las condiciones que le permitan a Santos desplegar sus políticas en los departamentos y municipios del país.

    Por otra parte, la oposición está ausente. Mientras el Polo no encuentra salida a la crisis que vive con los escándalos de corrupción en Bogotá, el Partido Verde vive las consecuencias del bloqueo del sistema partidista. Sus líderes están atrapados por la concentración de la política. Reaccionan si Uribe dice o hace, pero no hacen lo mismo cuando es necesario hacer frente al paquete de reformas que se tramita en el Congreso o a las decisiones gubernamentales.

    La consecuencia es evidente. El Presidente no tiene quién lo apoye, pero tampoco quién se le oponga. Toda la política depende de él y todos están a la espera de lo que pueda decidir o hacer, para caerle encima. Sus acciones no están sometidas a un control político que le permita evaluar realmente la calidad de sus decisiones, de manera que pueda hacer los ajustes necesarios. Todo está sometido a una negociación de intereses en la que nadie se logra poner de acuerdo.

    Los problemas están comenzando a surgir. Los alcaldes ya se quejan de que los anuncios del Gobierno en Bogotá no logran convertirse en hechos concretos en sus territorios. «Hay buena voluntad -dice uno de sus voceros-, incluso gente competente, pero todo queda en anuncios y buenos propósitos».

    Santos debe entender que con la iniciativa privada no es suficiente. Y ante el hecho de que los partidos políticos no están cumpliendo con su función principal de ayudar a concretar y hacer explícitos los intereses, los contrastes y las tensiones presentes en la sociedad colombiana, el Gobierno está ante la obligación de forjar una alianza directa con alcaldes y gobernadores que les garantice la base territorial a sus políticas.

    Si quiere anticipar una crisis de proporciones, Santos debería abandonar definitivamente las negociaciones con el Congreso, que tanto lo desgastan, para dedicarse a la tarea de reconstruir el tejido de relaciones intergubernamentales que viabilice la prosperidad democrática en los territorios.

    La negociación política debe ser con los gobiernos locales y no con los intereses parlamentarios. Desde allí, no sólo se renueva el sistema de partidos, con nuevos discursos y nuevos liderazgos. También se construye la verdadera unidad nacional. Y las próximas elecciones regionales y locales le ofrecen una oportunidad inmejorable. Ojalá la aproveche.

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