Opinión Internacional

¿La solución es ser como Ben Laden?

No es fácil entender la causa de Ben Laden separada de la de Bush.

El motivo del terrorismo no es la opresión, la miseria ni la inseguridad de un pueblo. Como nos lo dijo Fernando Savater en la Casa “Rómulo Gallegos” el martes pasado: La ETA demuestra que el terrorismo puede nacer también en una sociedad libre, próspera y segura. Un genio diabólico como Ben Laden encontrará siempre una causa para justificarse, sea la que sea. Sobre todo si es su enemigo quien se la brinda. La causa del terrorismo está más abajo.

La pena de muerte no solo incurre en el error denunciado en el epígrafe, sino que al justificar el homicidio solo queda pendiente justificar la causa, que será siempre cuestión de punto de vista. Finalmente cualquier homicida podrá tener sus razones. ¿Cómo condenar a Ben Laden y al mismo tiempo pasar por alto el que Bush diga que “por error” bombardeó un asilo de ancianos? ¿Por qué es condenable matar inocentes en Nueva York y pasable matarlos en Kabul? ¿No es escandaloso que tuviéramos que esperar un acto terrorista para reflexionar? Por eso dice Mario Benedetti que los asesinos de todos los bandos se aman. Ahí están en el Medio Oriente, amándose encarnizadamente a ambos extremos del odio.

No tenemos derecho de acusar de nada a Ben Laden mientras pasemos por alto que Occidente ha sido arrogante, genocida y vandálico. Humano tenía que ser. Umberto Eco tiene razón cuando dice que Occidente tiene la ventaja de poder ser tolerante. Cierto, pero eso es cuando es tolerante, que raras veces lo es, como se demostró durante 300 años de dominación colonial en América, con Inquisición y todo. No es tolerante cuando dice que “quien no está con nosotros está con el terrorismo”. No me cobijo bajo esa sombra de Occidente.

El cineasta norteamericano Oliver Stone ha declarado en Nueva York que lo del 11 de setiembre fue una “revuelta”. Sus razones son confusas pero nos llama la atención, entre otras cosas, sobre el hecho de que Ben Laden no es el simple “lado oscuro de la Fuerza”, sino un fenómeno complejo, que comienza como hijo de una acción imperial de los Estados Unidos. Porque no solo es un escándalo que los talibanes hayan sido armados, entrenados y financiados por los Estados Unidos y que Reagan los haya comparado con George Washington, sino que ahora cada bomba que cae sobre un inocente en Kabul avala y endosa cualquier atrocidad de Ben Laden y lo recomienda a la juventud musulmana que se siente humillada por Occidente. No es tanto el terrorista como quien le da el garrote. El principal apoyo de Ben Laden está en el pretexto moral que le dan los bombardeos indiscriminados y en los medios de comunicación occidentales que le sirven de altavoz para sus atentados no por simbólicos menos terroristas, por el pánico que infunden.

Ahora Occidente está apoyando la Alianza del Norte, que nadie ha averiguado si es peor que los talibanes. Esos norteños —igual que los sauditas y los talibanes— también mantienen a sus mujeres humilladas; si eso no es un indicio indignante y preocupante, entonces no se queje Occidente de que Ben Laden, o algún norteño peor, use la máquina infernal que Occidente le monte, a menos que entienda que condenar a Ben Laden pasa por corregir a Occidente.


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