Opinión Internacional

La superpotencia a la defensiva

El reciente discurso televisado de Bush a su país lo ha puesto a la defensiva ante los ataques de la oposición y el creciente descontento popular, debido a los tropiezos de la ocupación anglo-norteamericana y el descarrilamiento del plan de paz en Palestina, además del alto costo de la reconstrucción del devastado país. En dicha alocución, Bush ignoró mencionar dos hechos muy molestos para sus ciudadanos, que son el fracaso en ubicar a sus archienemigos, Bin Laden y Hussein, y la incapacidad de encontrar las armas destructivas que justificaron el inicio de las hostilidades, todo mientas capitalizaba los logros evidentes, como lo son la victoria militar y la defenestración de Hussein, la inauguración de un gobierno iraquí sometido a la autoridad norteamericana y algunas mejoras en los servicios públicos.

Pero con el reciente viraje en la política exterior, que permitiría conceder a la ONU un papel más importante en la reorganización de la devastada Iraq, y con los continuos ataques a las fuerzas de ocupación, el presidente Bush enfrenta dos dilemas muy molestos, que pueden ser muy negativos al asomarse un año electoral donde arriesga la reelección, la cual será una medición del éxito de su mandato hasta la fecha.

(%=Image(9606519,»R»)%) Después de despreciar la función de la ONU y decidir una intervención unilateral en Iraq, Washington dio un mensaje al mundo de que EE.UU. podía defenderse solo y no necesitaba la comunidad mundial, una actitud arrogante que cayó muy mal en todas partes y especialmente en Europa, a pesar de que algunos países se alinearon con esa decisión anticipando una fácil victoria y los contratos que se asignarían después. Como todos han podido constatar -y más dolorosamente en EEUU y UK- las cosas no van bien en Iraq, donde las fuerzas militares anglo-americanas no pueden lograr una rápida reactivación del país debido a que deben gastar sus mejores energías defendiéndose de ataques terroristas y el descontento casi general. Evidentemente a Washington le ha faltado mucha previsión en la etapa posterior a la derrota militar de Hussein, y se ha hecho patente la incapacidad de las fuerzas militares para administrar eficientemente el país devastado por una guerra innecesaria y traumática. Esto, a pesar de las obligadas declaraciones optimista de Rumsfeld de que todo va bien y no hay que impacientarse, argumentando que las reconstrucciones de Alemania y Japón tomaron cerca de una década, olvidando mencionar que fue una guerra -mucho más amplia- de seis años.

En todo esto Teherán está pescando en río revuelto, contando con la mayoría chiíta en el país vecino –que siempre ha apoyado el fundamentalismo islámico- mientras la masacre en una mezquita de esa tendencia exacerbó las naturales divisiones entre chiítas y sunitas, afectando la cooperación necesaria para esta difícil etapa. Las acusaciones de que Washington fuera responsable de esa masacre, donde perdió la vida el Ayatolá chiíta Hakim, fueron esgrimidas en vista de la constante confrontación demostrada entre EE.UU. y el gobierno teocrático en Teherán desde tiempos del Ayatolá Komeini, y el palpable temor de que Iraq siga el ejemplo iraní y se convierta en una república con la misma orientación, con lo cual Bush sufriría un serio revés político y estratégico. De aquí se deriva uno de los dilemas, o sea el permitir o no unos comicios democráticos para elegir las nuevas autoridades, donde seguramente ganarían los chiítas, prefiriendo la superpotencia -por ahora- una designación a dedo de las “autoridades temporales”. Sin embargo, tarde o temprano tendrán que permitir dichas elecciones a riesgo de renegar de su cacareada promesa de dejar decidir –con cierta orientación estadounidense- a las mayorías iraquíes la selección de sus gobernantes y políticas. Se habla incluso de una eventual aproximación entre Washington y Teherán para que los chiítas cooperen en estabilizar el vecino Iraq, con lo cual Irán obtendría un control político indirecto y garantías para su seguridad por parte de EEUU, a cambio de acelerar la estabilización del eterno enemigo de los persas y ciertas concesiones económicas para Irán, cansada ya del relativo aislamiento a que ha sido sometida en las últimas dos décadas.

Todo refuerza la percepción general de que hubo un optimismo poco realista de Bush en su cálculo inicial, que suponía ser recibidos como libertadores con amplios poderes para manejar el país a su antojo y disponer de sus recursos petroleros. Esta actitud simplista desconocía las complejidades étnicas y religiosas de ese país, además de hacer cálculos irreales sobre el costo real de la ocupación, que ahora se estima en unos 4 millardos de dólares mensuales, una factura que el público norteamericano nunca se imaginó o quiso ignorarlo en aras de una victoria militar que incrementara su alicaída autoestima después de la afrenta del 11-S, trauma que exigía el castigo de cualquier país sospechoso de contribuir al terrorismo.

(%=Image(4330197,»R»)%) En el caso de Afganistán esa sospecha estuvo bien fundada, dada la presencia visible de Al Qaeda en ese país, pero en Iraq no hubo una base sólida ni pruebas fehacientes de esa asociación ni de ser ‘una amenaza inminente’, aunque Hussein y su gente se hubieran alegrado públicamente del sangriento ataque a las torres gemelas y haya tenido antes programas con armas de destrucción masiva, además de haber colaborado ocasionalmente en el financiamiento de algún grupo terrorista anti-israelí o anti-norteamericano, en pequeña escala. Pero ya es evidente que centrar en Iraq la lucha antiterrorista ha sido un error garrafal, ya que pocos creen ahora que ahí es donde se concentra las organizaciones terroristas que tanto daño hacen en el mundo. Esta percepción sobresale a la luz pública después del sonoro escándalo Kelly en Londres y de la exageración de la amenaza iraquí por la inteligencia anglo-norteamericana, es que el dúo Bush-Blair quiso hacer una demostración de fuerza, a favor de sus países, para desanimar tanto al terrorismo mundial como a cualquier otra potencia militar que se opusiera a sus planes político-económicos en la región.

Pero con la fuerte influencia del aspecto económico en los nuevos modos de hacer la guerra –ya no se trata de caballería, lanzas y flechas- hubo una nuevo error de cálculo que pone a Bush, y a Blair en cierto modo, a la defensiva y encarando nuevos dilemas, pues la ocupación se ha tornado muy costosa, especialmente en los tiempos recesivos que vivimos y una economía ya deprimida como la norteamericana que evidencia un desempleo record.

De nuevo aparece en EEUU el espectro de Vietnam, Líbano y Somalia en lo militar, y el espectro de Bush Senior en lo económico, justo cuando se avecinan una aguerrida campaña electoral, que ya el partido demócrata –echado del poder por una ventaja irrisoria- se apresta a capitalizar para fines políticos tanto los reveses externos como las realidades económicas internas. En principio Bush parecía tener un plan aparentemente lógico y de buenos resultados inmediatos, presintiendo la mala voluntad general contra un dictador odiado como Saddam. Con el simplista pragmatismo norteamericano, creía que todos sus planes se justificaban moralmente y que debía tener una actitud enérgica e inflexible, para demostrar que estaba castigando en forma efectiva a los ‘malos’ -al estilo de Hollywood- y así apuntalar el maltrecho orgullo nacional. Lo que anduvo mal fue su subestimación de lo que vendría, forzándolo a acciones impulsivas y arrogantes, luego resentidas por buena parte de la comunidad internacional y que no le son perdonadas a la hora de las chiquitas, como sucede cuando las cosas van mal. Francia y Alemania siguen sin querer participar en la reconstrucción presintiendo el riesgo político que corren en un cuadro poco envidiable y difícil de mejorar, pues igualmente se les pasaría factura si sus fuerzas empiezan a tener bajas de manos de las guerrillas locales, seguramente comandadas por retazos del partido Baath y estimuladas por sectores extremistas regionales, aunque difícilmente asociadas al terrorismo liderado por Al Qaeda.

(%=Image(3234174,»L»)%) En fin, aun si el mundo se alegra parcialmente de la partida de Hussein, todavía hay muchos en Iraq que aseguran que estaban mejor antes, acorde con el sentimiento local que podría resumirse como: “mejor malo conocido de la casa que bueno extranjero por conocer”, especialmente después de siglos de colonialismo en el mediano oriente. Debió preverse una fuerte resistencia interna así como el caos generado por la acción militar y el vacío de poder. Incluso eran previsibles los sabotajes a las instalaciones petroleras, que ahora impide contar totalmente con los recursos que generaría las exportaciones del oro negro, aumentando así los costos de la ocupación.

Así, la imprudente apuesta geopolítica de Washington y la falta de previsión logística-financiera de la superpotencia, que ignoró la complejidad de la situación post-bélica en aras de fáciles ganancias políticas, están presentando un nuevo dilema al perplejo Bush, pues si resuelve el problema aumentando considerablemente sus fuerzas militares y el personal importado, el costo económico será excesivo y lo afectará mucho políticamente, máxime cuando ya el superávit dejado por Clinton se esfumó y se esperan un déficit nunca visto en tiempos de paz mundial, que rondan por los 500 millardos de dólares, una cifra que supera los presupuestos anuales de toda América Latina y Africa combinados, y que es incompatible con los optimistas recortes impositivos que ha realizado Bush. De ahí los frecuentes ataques a sus políticas, presintiendo el dilema que significará un aumento de impuestos sin reactivación económica y gastos militares crecientes sin beneficios inmediatos. Por otra parte, si usa una enérgica represión y métodos arbitrarios para detener la ola terrorista, arriesga la mala voluntad de los iraquíes y la condena mundial.

En fin, parece estar presentándose nuevas situaciones perder-perder, en lugar de las ganar-ganar planificadas en forma optimista en los inicios de la intervención. Los reveses en el siempre espinoso conflicto israelí-palestino tampoco ayudan en mejorar el cuadro regional, a raíz de los nuevos ataques suicidas y la desproporcionada reacción militar, junto con las intrigas políticas dentro del lado palestino, donde Arafat no quiere ceder en cuestiones de autoridad a pesar de la ingobernabilidad que causa su actitud, Mientras tanto, se duda que la renuncia de Abbas y el nombramiento de un nuevo jefe del gobierno logren resolver este problema ni controlar la violencia terrorista que intentará sabotear cualquier plan de paz.

(%=Image(6104489,»L»)%)
Evidentemente estamos en un confuso período transitorio, con una paz relativa salpicada de guerras regionales y civiles, en donde será necesario definir políticas más efectivas para garantizar la paz mundial y el desarrollo armónico que requiere una mayor equidad social y menores diferencias norte-sur. Tratando de derivar una lección de la triste situación actual, al menos quedará la enseñanza de que invadir a un país y responsabilizarse del mismo no es un juego de niños -ni de generales en una sala de guerra- sino una empresa multilateral diseñada por estadistas visionarios y responsables. Quedó igualmente patente que se ha causado mucho daño, dolor y carestías a mucha gente por una decisión apresurada y a todas luces inconveniente, cuyos objetivos pudieran haberse avanzado -en estos tiempos de globalización y diplomacia- de maneras más civilizadas que con la fuerza bruta de las armas, un recurso siempre polémico y que nunca cumple totalmente las expectativas de los vencedores. “Fue mejor que no hacer nada” dicen ahora los estrategas del semifallido plan inicial, a falta de mejores argumentos para justificar una aventura bélica que no era compartida por gran parte de la comunidad internacional, y la erogación de cuantiosos gastos bélicos que hubieron podido emplearse de mejor manera. Hay que ver todo lo positivo que hubiera podido lograrse invirtiendo más de cien millardos de dólares en la zona, sin el lastre de la reconstrucción y los costos de la ocupación.

No hay duda que, de alguna manera, la crisis actual terminará por resolverse a un altísimo costo humano y financiero, dejando las usuales cicatrices de toda guerra que pudo haberse evitado. A estas alturas las fuerzas ocupantes no pueden hacer sus maletas y abandonar Iraq sin grandes pérdidas de prestigio. Ahora sólo queda esperar que, con suerte, las cosas se enderecen y vayan mejorando lentamente para los sufridos iraquíes, que desde hace un siglo han sido siempre los grandes perdedores del alegre juego geopolítico de las grandes potencias.

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