Opinión Internacional

La utopía multipolar

Bien, mis queridos lectores, arranca un nuevo año. ¿Qué nos traerá? Difícil saberlo. Una cosa, sin embargo, es cierta. Hay en la América latina un repuntar de las izquierdas. Lo vimos en Uruguay y más recientemente en Bolivia con el triunfo en las urnas de Juan Evo Morales, el primer indoamericano en conquistar una jefatura de Estado. Sus declaraciones de que “Nos unimos en esta lucha anti-neoliberal, anti-imperialista. Comienza una nueva era, nos encontramos en un nuevo milenio, un milenio para el pueblo y no para el imperio” no tienen nada de nuevo. Lo único nuevo es que proviene de líderes distintos. Pero frases parecidas las escuchamos antes.

Se trata de un ciclo pendular que nos ocurre a los hispano parlantes cada medio siglo, desde aquel fatídico año en que llegó al poder en España, Manuel Godoy, el advenedizo Príncipe de la Paz, cuya mayor conquista fue una reina fea y adúltera. El pueblo español finalmente se amotinó en Aranjuez y lo destituyó en 1808. Fue un sueño de quienes creían ver en Francia el despuntar de un nuevo día. Se equivocaron. Despuntaba, cierto era, pero en otra latitud.  Otro pueblo fue el llamado a conducir los destinos del planeta.  La Revolución Industrial transformó al mundo; la francesa fue sólo una pesadilla de poca duración. Aunque sus efectos políticos se hicieran sentir años más tarde, éstos no eran otra cosa que la consolidación de unos principios que cien años antes ya se habían exteriorizado en Inglaterra en la Gloriosa Revolución que, por fin, hizo de la democracia el gobierno “más perfecto”, al decir de Simón Bolívar.

La cachimba distinta del mismo musiú

Cincuenta años después de ese efímero despuntar en la Península del afrancesamiento constitucionalista, los hispano parlantes volvimos a las andadas. En España, durante el reino de Isabel II, y más tarde con la República y Alfonso XII, se volvería a intentar el experimento constitucional. Se trató de un nuevo acercamiento a Francia, como si para arreglar los seculares vicios sociales, económicos y políticos españoles sólo bastaba copiar el andamiaje constitucional de otro pueblo.

No terminó en España. También en América corrimos hacia la utopía. En México con el imperio de Maximiliano de Habsburgo seguido por la Reforma de Juárez. En Venezuela y en Argentina con las llamadas guerras federales. Guzmán Blanco aquí fue un afrancesado, un seguidor de aquel aventurero que en Francia quiso heredar a su tío y se tituló emperador de los franceses. Pero finalmente se dio cuenta de su error e hizo las paces con la burguesía, lo que marcó el despuntar en Francia de la revolución industrial y una grandeza que consolidaría la Tercera República, luego de la estruendosa derrota de Napoleón el pequeño en Sedán, a manos alemanas.

Este ocaso de Francia y el alba alemana van a originar en Venezuela, y en la América latina, una sustitución del modelo, pero no de la ideología extranjerizante. Vamos a buscar en Alemania la nueva utopía. Serán los comerciantes alemanes la punta de lanza. Si bien Cipriano Castro todavía viste elegantemente a la francesa con su levita gris y se hace llamar “el cabito” en imitación del “petit caporal” que fue Napoleón I Bonaparte, pronto cambia los fusiles Chassepot por Máuseres.  Cuando le toca viajar a operarse, se marcha a Berlín y no a París.  Su sucesor imitará al káiser alemán en todo desde el bigote engomado hasta el casco emplumado. Su ejército se constituirá a imitación del prusiano y traerá, para ello, instructores chilenos germanófilos.  La nueva influencia durará hasta la derrota de Alemania y sus aliados en 1918 y la quiebra del Diskonto, donde el dictador había colocado su fortuna. Sin embargo, esta simpatía  de Juan Vicente Gómez con Alemania era puramente personal: Ya desde 1908, desde el momento en que se le ocurrió constituirse en el árbitro de los destinos de Venezuela, sabía cómo se batía el cobre y quienes lo hacían realmente: Eran los anglosajones, Gran Bretaña y Estados Unidos los verdaderos dueños del país.  Porque el asfalto de Guanaco, primero y las concesiones petroleras a la Bermúdez, más tarde transformada en Shell y Esso, constituirían la fuente de su poder. De ahí su neutralidad en la Gran Guerra.

Esta alianza inequívoca de Venezuela con el centro mundial de poder duraría hasta 1958.  Igual había sucedido durante los primeros cincuenta años del siglo XIX. La democracia nacida el 23 de enero trajo de nuevo coqueteos con la Europa continental. Si bien la guerra fría, la Alianza Atlántica y el Pacto de Río presuponían un Occidente compactado en la lucha de las democracias en contra del totalitarismo comunista y si bien la crisis cubana y subversiva de los sesenta encontró a Venezuela firmemente en la órbita occidental, eso no quería decir que no hubiera ansias de un destino distinto. La OPEP fue la principal arma de esta búsqueda y el boicot de 1974 y las alzas de los precios que le siguieron su principal triunfo. Pero también se vislumbró en las simpatías por un Charles de Gaulle decididamente contrario al centro de poder anglosajón, así como en las alianzas de los dos grandes partidos, Acción Democrática y COPEI con sus pares europeos socialdemócratas y socialcristianos.

La llegada al llevadero

¿Qué decir de Hugo Chávez? Tengo por él y por sus aliados dos sentimientos antagónicos: Por una parte me alegra su arribo al poder. Por otra, me entristece. Me contento, porque si la mayor parte del país piensa que Chávez y su ideología los llevarán a un destino mejor, entonces se lo merecen y se merecerán también sus consecuencias cuando lleguen, que llegarán no cabe duda. Y es esto lo que me apena. El país no ha cambiado.  La riqueza petrolera no fue suficiente para originar el cambio necesario en las estructuras del país. Seguimos igual que en la colonia y en el siglo XIX: monoexportadores de materias primas. Primero, el añil, luego el cacao, más tarde el café y hoy el petróleo.

Mi padre, Santiago Ochoa Briceño, nació en 1905, en pleno apogeo de Cipriano Castro. En 1902 había derrotado a la llamada Revolución Libertadora del banquero general Manuel Antonio Matos y logrado al año siguiente un armisticio con las grandes potencias que habían cañoneado las costas venezolanas, hundido o apresado nuestras mal dotadas embarcaciones de guerra y hasta “hollado el sagrado suelo de la patria”. En 1906 se había hecho reelegir por un período de siete años.

Mi padre murió hace dos años y medio, durante esta edición corregida y aumentada del castrismo. En 2002 derrotó la conspiración de Fedecámaras y el paro petrolero. Es probable que este año 2006, a un siglo justo de la reelección del cabito, Chávez triunfe en los comicios de diciembre. No hemos, pues, aprendido nada. Dos siglos perdidos. De Manuel Godoy a Cipriano Castro a Hugo Chávez. Dos siglos en que las estructuras sociales, económicas y políticas han permanecido intactas. Las revoluciones han sido de boquilla. Únicamente bla, bla, bla.  Nadie se ha dedicado a producir. El sueño de la industrialización sigue vigente. La siembra del petróleo de que hablaran Alberto Adriani, Mario Briceño Iragorri, Arturo Uslar Pietri y la pléyade de hombres brillantes que acompañaron a Eleazar López Contreras y a Isaías Medina Angarita, sigue por hacerse. Creer que la dádiva puede sustituir al trabajo honrado es arar en el mar.  Hasta ahora sólo el capitalismo y el liberalismo aunados a un Estado de derecho han podido conseguir el sueño eterno del hombre por distanciarse de la bestia. Véanlo, si no, en esta gran revolución cibernética con que se anuncia el siglo XXI. La hizo posible la libertad económica existente en Estados Unidos y el renacer neoliberal de Thatcher y Reagan.

(*): Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera, politólogo, periodista y miembro de Debate Ciudadano. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados.

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