Opinión Internacional

La visita de Lula

La Argentina se ha convertido en un país tan aislado que toda visita de un mandatario extranjero se celebra con énfasis triunfalista, mucho más si se trata del presidente de un aliado histórico como Brasil. Hasta la coyuntura parece fasta: con el cambio de presidente a presidenta Kirchner, mucho se especuló con que iniciáramos un aliviante retorno al eje tradicional del ABC (Argentina-Brasil-Chile) que, en la práctica, diera origen al Mercosur, en un aplaudido alejamiento de los delirios bolivarianos por los que apostara el kirchnerismo en su versión alfa. De hecho, se ha publicado sin desmentida posterior, que el sorpresivo aterrizaje de Chávez durante la estadía de Lula, obedeció a los rápidos reflejos de Néstor Kirchner para compensar la presencia del brasileño en Buenos Aires, convirtiendo en tripartita una fotografía originalmente organizada como un menage a deux.

De todas maneras, conviene distinguir lo que es objetivo del mero voluntarismo. Cuando nos unimos en el Mercosur éramos dos países mucho más parecidos que ahora, después de veinte años que Brasil aprovechó para integrarse en el mundo, y nosotros no. Las discrepancias en la reciente sesión de la ronda de Doha en Ginebra ocupan el centro de la avidez informativa omitiendo, en casi todos los casos, su naturaleza estructural: no se trata de una deserción brasileña sino de intereses que divergen a medida que vamos convirtiéndonos en estados cada día más distintos. Los brasileños ya se encuentran en condiciones de negociar mayores liberaciones arancelarias porque sus industrias y servicios se fortalecen mientras los nuestros recorren el camino inverso. La queja extemporizada por lo que aún se conoce como nuestra Cancillería, apenas encubre una transferencia a la política exterior de la paranoia ideológica interna contra quienes trabajan, progresan y ganan dinero.

Aunque Lula se llevó toda la atención, lo acompañaba un visitante no menos clave: Pablo Kaf, el presidente de la todopoderosa FIESP, que vino a plantear a sus pares argentinos que los empresarios brasileños se dirigen vertiginosamente a una integración planetaria que se aleja cada vez más del inmovilismo vernáculo. Hace rato que el mundo piensa lo mismo: meses atrás, la Unión Europea comunicó que, si el Mercosur no se dinamiza, continuará sus negociaciones con cada país por separado (léase: Brasil) y, desde nuestro papelón en la Cumbre de Mar del Plata, lo propio ocurre con Washington y las discusiones por eventuales TLC. Cuando los demás lo firmen, nosotros vamos a enterarnos por los diarios.

Brasil, país amigo, no nos ha soltado la mano, pero ya se buscó socios mejor gobernados: con Rusia, India y China ha conformado el BRIC, objeto de su libido internacional que ya supera largamente a la del languideciente Mercosur. No se trata de que Brasil ya no quiera ser nuestro socio, se trata de que cada día resulta más difícil tratarnos como iguales. Lula utilizó una expresión a la que ningún predecesor se había animado: “ Brasil…como país mayor y más importante, debe trabajar para lograr…un equilibrio en nuestro continente.” Saravá.

Como para equilibrar los tantos, nuestra presidente anunció de inmediato un viaje, luego cancelado, a la convulsionada Bolivia, en lo que no puede sino interpretarse como un abierto apoyo a Evo Morales ante el referéndum revocatorio del próximo domingo, un asunto puramente interno en el que no debieran mezclarse mandatarios extranjeros.

Hacerlo, además, en compañía de Chávez, no suponía una movida sin consecuencias: el presidente de Venezuela acaba de ofrecerle a Rusia nada menos que instalar una base militar en territorio americano, justo en el momento en que Putin, ensarzado con Washington en la disputa del escudo misilístico en Europa, anuncia la necesidad de equilibrarlo retornando al enclave cubano. Así, por ejemplo, empezó la crisis de los misiles en 1962. Resultaría prudente que en la próxima conferencia de prensa se nos explique cuál es la conexión entre el interés nacional argentino y el acompañamiento de nuestro gobierno a quienes fichan en semejantes apuestas.

Brasil, oh casualidad, se mueve en sentido contrario. A contrapelo de la conocida hostilidad de Chávez hacia Uribe y su vinculación con Washington, el Plan Colombia y la IV Flota, viene de firmar un acuerdo militar, de defensa y de lucha contra el narcotráfico y el terrorismo … solo con Perú y Colombia. Nada de Chávez, Correa y Noriega, a pesar de ser vecinos colindantes. Paciente lector, adivine cuál país está incrementando su confiabilidad en el mundo.

(*) ex vicecanciller argentino 1996/99.

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