Opinión Internacional

Las leyes como armas del totalitarismo

La ley que se ventila en la Asamblea Plurinacional como “Ley contra el racismo y la discriminación” es precisamente una forma de implementar precisamente todo lo contrario, una ley para replantear en Bolivia el racismo y la discriminación como moneda de cambio e intercambio frecuente dentro de la arquitectura totalitaria que se está procediendo a arraigar en nuestro país. Es sin duda un avance más del régimen que ha ideado la ley para que después de ser lanzada al aire, les sirva como la moneda que en la cara dice “estamos contra el racismo” y en la contracara (cruz) definirá de manera arbitraria quienes son racistas y quienes son las supuestas víctimas del racismo que en definitiva ahora está siendo implementado para allanar la escalada totalitaria a la que nos tiene destinada el régimen actual.

La ley que se debate fomenta el racismo, acostumbrándonos a reconocerlo, a aceptar sus secuelas, a dejarnos envolver con su celofán asfixiante, a erigirle un santuario para que allí vayan a morir los elefantes que el régimen llevará por manadas, porque necesita acuñar santuarios racistas y cementerios para enterrar a los que en forma autónomo pretenden seguir usando la crítica, la observación, la investigación social, el diálogo, la comunicación social, el debate, el arma hiriente del lenguaje que interpela, que conmina, que cuestiona, que dice lo que piensa, lo que siente, que innova, que se individualiza en la protesta y la propuesta.

Esta ley entre otras cosas pretende capturar el lenguaje, pretende adueñarse de la regulación de las expresiones y expresividades sociales para dominar y para controlar la forma permitida de llamarnos, denominarnos, reconocernos y mirarnos socialmente. El régimen pretende autoerigirse en el ente que diga cómo debemos denominarnos y definirnos: ahora en Bolivia en el llamado Estado Plurinacional la pretendida “descolonización” es una inventiva que “colonizará” el lenguaje y lo llevará a escuetas y sobredefinidas frases de lo que se debe decir o no decir, estructurando el mecanismo permitido para cargar las pilas en los que serán considerados racistas e intolerantes, anulando el derecho que les asiste a las sociedades de ir buscando por sí mismas el camino para encontrar una salida del laberinto en el que ahora ha sido encerrado el Minotauro, hijo del pacto incestuoso y vergonzante entre supuestos dioses que están engendrando un monstruoso poder que no quiere tener límites y que se está haciendo dueño no sólo de un país, sino también de su lenguaje, de su manera de expresión, de sus procesos históricos sociales, que de ahora en adelante serán dirigidos para privilegiar sólo al poder y para empobrecer a los que pretenden tener una construcción personalizada y social, o pretenden dar cuenta en forma transparente de lo que dice y palpita una sociedad, que desde ahora estará condenada a reprimirse a sí misma, a ocultar su pensamiento, que sin duda no podrá seguir reconstruyéndose desde el territorio de lo prohibido al que ha sido recluida, y que por ende se desestructurará en las catacumbas a la que está siendo reducida y limitada.

Nada amerita una ley de esta naturaleza, nada la guía más que una desmesurada ambición de poder, su planteamiento es una puntada más en la costura de censura, limitaciones en la libertad de expresión, castración mental, lingüística y psicosocial a la que nos empuja el régimen aplastante en el que nos seguimos vapuleando y que a precio de sangre, violencia, cárcel y lenguaje totalitario impuesto, pretende acostumbrarnos a reducir el debate, a reducir nuestra iniciativa personal para mirarnos, decirnos, aceptarnos, confrontarnos, hasta llegar a una verdadera síntesis guiada por el encuentro verdadero y vital y no por el reduccionismo de la subordinación de unos sobre otros.

No acepto que esta ley sea necesaria, es un nuevo instrumento para controlarnos a todos, a campesinos, mestizos, indígenas. No favorece a nadie que no sea al gobierno tiránico que habla a nombre de todos para perforarnos, para invalidarnos, para sólo hacer escuchar su lenguaje represor y compulsivo. Nuestra libertad es lo que está en juego, no la raza que tenemos, es nuestra libertad la que está en peligro porque el régimen nos quiere y nos está empujando e induciendo a volvernos presos de sus consignas raciales, reprimidos en el lenguaje, desahuciados en nuestros registros de personalismo y autonomía de expresión y reconocimiento mutuo, no quiere contribuir a un mejor entendimiento entre las categorías de lo que nos distingue, sino que propende a establecer una verdadera confrontación e inaccesibilidad entre estas diferencias y distinciones particulares y sociales. La pretendida homogeneidad se construye siempre para facilitar al régimen el control de todo y de todos, nunca para saldar deudas, nunca para favorecer a los integrantes de la sociedad, siempre para sacar partido a fin de regular y controlarlo todo.

No permitamos la pérdida de nuestra capacidad y de la gran fuerza que tenemos como sociedad plural de irnos reconociendo y aceptando en las fuentes de nuestros encuentros y desencuentros. Estos falsos componedores sociales son en realidad el brazo punitorio del poder que solo se nutre y se construye a sí mismo destruyéndonos y anulándonos sin ningún tipo de miramientos.

 La pretendida Ley Antiracismo y discriminación es una trampa múltiple para encarcelarnos, confrontarnos y destruirnos desde nuestras propias entrañas.

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