Opinión Internacional

Latinoamérica: contra la pobreza, herejía

Los informes de 2003 indican que Latinoamérica vuelve a crecer, pero mantiene un elevadísimo índice de pobreza y desigualdad. En realidad, casi la mitad de latinoamericanos (44,4%) son pobres y demasiados millones de ciudadanos pasan hambre. ¿Por qué las tierras latinoamericanas sufren tales cotas de pobreza y desigualdad? Según un estudio del Banco Mundial, esa enorme desigualdad latinoamericana nada tiene que ver con la política económica neoliberal aplicada a rajatabla durante los ochenta y noventa; no tiene relación alguna con las privatizaciones a mansalva que han desposeído de patrimonio público a la ciudadanía, ni con la ley de la jungla en el mercado de capitales, ni con los recortes de gasto e inversión sociales; tampoco con las prácticas ventajistas y extorsionadoras de los países ricos en el comercio internacional. Dicen que esa desigualdad ¡tiene que ver con la Historia! Lo curioso es que durante la década de los setenta, la desigualdad disminuyó de forma ostensible, pero aumentó en la década siguiente. ¿Qué ocurrió? Se impuso el dogma neoliberal cuya descripción fenomenológica hemos desgranado líneas antes.

La desigualdad no es un simple concepto económico-académico. Es una situación que se traduce en pobreza; una pobreza brutal e hiriente que les amarga la vida a cientos de millones de seres humanos. A los pobres se les apaga la mirada, se les consume el cuerpo, desaparece de su espíritu cualquier atisbo de ilusión y, en su día a día, el más modesto bienestar se torna inalcanzable. Cuando calmar el hambre e ingerir proteínas suficientes para vivir en condiciones dignas de un ser humano se convierte en imposible, no vale refugiarse en la cobardía de las categorías económicas que camuflan una codicia criminal sin límite. Como nos recuerda Manfred Max-Neef, premio Nobel alternativo de economía y profesor de la facultad de ciencias económicas de la Universidad Austral de Chile, “frente a un José López desempleado con cinco hijos que alimentar no sirve el discurso económico aprendido. ¿Le diremos que esté contento porque su país creció un tanto por ciento?”. “La economía -remacha Max-Neef- no ha de forzar la realidad para ajustarse a un modelo preconcebido: ha de responder a esa realidad”.

Veinte años de graves errores y abusos por una política económica neoliberal proclamada y aplicada implacablemente han dejado Latinoamérica exhausta. Casi 230 millones de ciudadanos latinoamericanos viviendo bajo el umbral de la pobreza es una realidad insoportable que exige actuar de frente sin cortinas de humo ni eufemismos. Pero Latinoamérica se mueve porque la situación deviene insostenible. En Bolivia, el movimiento indígena y trabajador echó a un presidente neoliberal vendido que conducía a una ruina mayor. En Ecuador, donde ha tenido que emigrar el 15% de la población para no consumirse en la pobreza, podría pasar algo parecido porque el presidente Lucio Gutiérrez se empeña en aplicar recetas neoliberales; ha conseguido que Pachakutik, el partido indígena que le permitió llegar a la presidencia, haya abandonado el Gobierno. En Perú, el presidente Toledo apenas tiene la confianza del 11% de la población, también por empecinarse en gobernar con la fórmula neoliberal. En República Dominicana, Haití y Perú aumentan las protestas contra la política económica de sus gobiernos que los empobrece más y, aunque Chile aparece como el alumno aplicado que el Fondo Monetario Internacional pone de modelo, también hay hambre y cotas inadmisibles de desigualdad y pobreza. En Brasil, a la cabeza de emergente movimiento latinoamericano, los hambrientos se cuentan por docenas de millones. Argentina lucha, pero arrastra media población empobrecida y la explotada Centroamérica se deshace en miseria.

El emérito catedrático de filosofía Emilio Lledó escribió que “la justicia ha de empezar por la democratización del cuerpo humano, es decir, la liberación de la miseria y del hambre, que deterioran toda posibilidad de vivir”. Hay que acabar con el hambre en Latinoamérica, exponente y concreción de la violación de los derechos más elementales. Y, puesto que causa principal de esa situación de desigualdad, pobreza y sufrimiento es la política económica neoliberal, convertida en pensamiento religioso indiscutible, “la historia nos enseña -como ha dicho Manfred Max-Neef- que la única manera de enfrentar un credo religioso pernicioso es la herejía, por lo tanto, es urgente atreverse a ser herejes”.

Por la vida de Latinoamérica, hay que apostar por la herejía y extenderla; hay que poner en cuestión todos y cada uno de los dogmas económicos que nos destruyen (privatización, desregulación, crecimiento, todo es mercado…), y hay que iniciar otros espacios y modos de acción económica sin caer en recetillas de revolucionario por correspondencia. Doscientos veintisiete millones de latinoamericanos que sufren son razón más que suficiente.

(*): Periodista

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