Opinión Internacional

Los críos de Fidel

La familia que hoy gobierna desde las máximas alturas en Chile, en Argentina, en Bolivia, en Brasil, en Uruguay, en Nicaragua y en Venezuela tiene un solo padre reconocido: Fidel Castro. No digo con ello que todos esos hijos de Fidel: Lula, Kirchner, Tabaré Vásquez, Michelle Bachelet, Evo Morales y Daniel Ortega sean clones del déspota cubano y pretendan emularlo siguiendo sus mismas huellas para establecer el mismo régimen. Digo que todos ellos, sin la más mínima excepción y duda, portan el ADN político de la revolución cubana, han admirado en algún momento definitorio de sus vidas a Fidel Castro y su obra la dictadura revolucionaria cubana como el arquetipo ideal a seguir, han sido revolucionarios y han estado conformados ideológica, espiritual, cultural y políticamente por las ideas madres del marxismo-leninismo en su versión latinoamericana: guevarista, foquista, incluso trotskista, como en el caso de Lula.

¿En qué liderazgo latinoamericano creían todos ellos durante los sesenta y los setenta? No tengo la más mínima duda: no en el de un Rómulo Betancourt, un Haya de la Torre, un Eduardo Frei, para referirnos a los líderes democráticos de la región. Y tampoco a un Churchill, a un De Gaulle, a un Roosevelt, o a un Adenauer, a un Kennedy, a un Aldo Moro – para establecer los parámetros del liderazgo democrático occidental en esa misma época. Todos ellos eran profunda, declarada, convincentemente castristas.

Precisamente, en esa época de nuestras vidas en que se conforma el universo ideológico y político de nuestras convicciones todos ellos, sin excepción, eran marxistas-leninistas. Aprobaban a Mao, así difirieran de sus posiciones respecto de la Unión Soviética. Veneraban al viejo tío Ho, que luchaba contra los Estados Unidos. Incluso miraron con no oculta admiración la revolución cultural china. Y eran correlativamente ˆ toda posición ideológica de extremos repudia en el fondo del corazón y con el ser, el arquetipo contrario ˆ profundamente anti norteamericanos. Respecto de la democracia creían que era una dictadura del capital y sus lacayos, la burguesía. Así gozaran de todas sus prerrogativas. Tanto, que acogidos en su seno como parte integrante de su balanza de fuerzas llegaron a desarrollarse políticamente, evolucionaron y terminaron asumiendo el control de sus respectivos gobiernos.

Todos estos castristas de corazón y marxistas-leninistas por convicción son hoy presidentes de la república. Están situados en la cumbre del sistema de dominación de sus respectivas sociedades. Obligados a acatar el imperio de las circunstancias y no ir más allá de aquello que sus propias constituciones, sus leyes y sobre todos sus instituciones ˆ el ejército, la justicia, el parlamento ˆ les permiten. Pero ello no les ha cambiado sus determinaciones genéticas. No pueden cometer parricidio e ir contra el padre. De allí un doble fenómeno: un respeto irrestricto a Cuba, su dictadura y su dictador. Contra el que jamás emitirán un voto contrario en las instancias internacionales. Y una simpatía declarada, un respaldo no oculto, un lazo filial de comunicación con aquel que, de entre todos ellos, pudo mantener su fidelidad al ADN castrista, asumir el mayorazgo y continuar la tradición política del pater familias: Hugo Chávez.

Esta filiación inocultable es la que hizo dudar hasta el último segundo a la Michelle Bachelet de respaldar a Chávez en la pugna por un puesto en el Consejo de Seguridad. Duda que se vio obligada a postergar ante la presión definitoria de Soledad Alvear, presidenta de la democracia cristiana chilena, socio mayoritario de la Coalición. Que llevó a Kirchner, a Lula, a Tabaré Vásquez, a Evo Morales a darle su más amplio y decisivo apoyo, así lo hicieran en nombre de una supuesta solidaridad regional. Es la que está detrás de las declaraciones inaceptables, porque suponen una ingerencia brutal en nuestros asuntos internos, del presidente de Brasil, Lula da Silva a favor del candidato Hugo Chávez.

¿Qué esperan todos ellos del 3 de diciembre? Que Chávez, el detentor del mayorazgo castrista, arrase. No les importa si legal, limpia, constitucionalmente, o mediante un fraude brutal. Lo respaldarán suceda lo que suceda. Como respaldan a Castro, no importa si Fidel o Raúl. En primer lugar, porque respetan sólo las democracias en sus respectivos países, ya que no les queda más remedio. Y en segundo lugar, porque lo reconocen como el mayor de una tradición familiar que es, en rigor, la suya propia. Siguen al pie de la letra el refrán que reza: quien le pega a su familia se arruina. De ellos bien podría decirse lo que de ciertos ejércitos: son demócratas hasta que dejan de serlo.

Es bueno saberlo.

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