Opinión Internacional

Los goles de Juan Manuel

Este es el Juan Manuel Santos que conozco después de más de veinte años trabajando junto a él. El hombre, el padre de familia, el tecnócrata, el exigente, el estudioso, pero también el de la fiesta vallenata, y el burgués culto, sensible y competente. Crónica y Perfil.

Juan Manuel Santos según Germán Santamaría

Claro que Juan Manuel Santos es como debe ser una persona para liderar una nación: lleno de fuerza serena por dentro, con la autoridad que traza cierta distancia, y por fuera bien vestido, impecable desde los zapatos hasta el peinado.

Lo conozco desde hace más de treinta años. He trabajado a su lado durante casi veinte. Fue él quien consiguió la motobomba en aquel viernes de noviembre hace 25 años, para tratar de sacar del lodo a Omayra Sánchez, la niña de Armero. Sólo en aquel día y en otro el año pasado lo vi palidecer, derrumbarse, desgarrado por dentro, con una nube lluviosa en los ojos. Fue cuando le conté que Omayra había muerto, y hace poco más de un año cuando le dijeron que efectivamente algunos militares habían engañado y asesinado a los jóvenes de Soacha.

Tiene una impresionante capacidad de cálculo para medir todos los riesgos. Acepta con igual serenidad el triunfo o la derrota. No se inmuta. Esbozó una sonrisa cuando derrotó en una partida de póker a Julio Mario Santo Domingo, uno de los hombres más poderosos de la historia colombiana. Más exultante se mostró cuando junto con su hermano Enrique Santos se ganó el Premio Rey de España de Periodismo y para no repartirse por mitad el dinero lo invitó a que disputaran toda la suma en un juego de cartas. Cuando ganó, se paró y le regaló todo el premio a Mónica Martínez, la fiel empleada de la casa, para que comprara su vivienda.
Tiene una impresionante capacidad para detectar a los honrados, a los leales y a los competentes. Sabe quién es leal y eficiente y aparta con desdén a quien sea proclive al dinero fácil, es decir a robar. «Ese es una rata», señala con desprecio.

Cuando tenía veinte años, su abuelo le dijo allí en la redacción de El Tiempo: «De lo que jamás se puede arrepentir es de lo que pudo haber hecho y no hizo».

Es exigente en la forma, en la estética, en todas las cosas de la vida. Y sobre todo es exigente en el trabajo. Detesta lo chapucero, lo improvisado, todo lo superficial. Pero si alguien cumple con la tarea y le entrega un trabajo bien hecho, a tiempo, de manera profesional, levanta la mirada y le dice con suavidad, sin importar si es hombre o mujer: «Usted me gusta».

Alguna vez en la redacción de El Tiempo, uno de los Santos le dijo a su secretaria: «Me voy a almorzar con Daniel Samper y me demoro porque es en un buen restaurante». Y un periodista le gritó: «¿Y quién paga la cuenta?», y entonces se escuchó la sonora carcajada de más de cien periodistas. Pero Juan Manuel Santos no es tacaño. Invita. Sin dudarlo saca de la cartera la tarjeta de crédito, y esa generosidad no es precisamente una característica de las personas más pudientes de Colombia. Le gusta el buen vino y no se pasa de «unos whiskycitos». Y es un buen bailarín, especialmente de vallenatos.

Cuando estudió Leyes en Harvard, Juan Manuel Santos supo muy bien que durante la Segunda Guerra Mundial, más del treinta por ciento de los estudiantes de esa universidad de la elite norteamericana murió defendiendo su patria en Europa y en el Pacífico. Y en un país como Colombia donde por lo general los hijos de la clase media y sobre todo de los estratos altos no prestan el servicio militar, se le iluminaron los ojos cuando su hijo menor, Esteban, le dijo hace poco que quería irse a pagar el servicio militar apenas terminara el bachillerato. Lo mismo que se le iluminaron a su padre, el gran periodista don Enrique Santos Castillo, cuando Juan Manuel le dijo a los dieciséis años que se iba para la Escuela Naval de Cartagena. Allí permaneció dos años con todos los rigores de la milicia que incluyeron el castigo de calabozo porque se voló para visitar a la novia.

Cuando tenía veinte años, su abuelo Enrique Santos Montejo, Calibán, el columnista de prensa más leído de la historia del periodismo colombiano, le dijo allí en la redacción de El Tiempo: «De lo que jamás se puede arrepentir es de lo que pudo haber hecho y no hizo».

Esto ni siquiera lo recordó en aquella tarde en que el Presidente César Gaviria lo llamó para ofrecerle el Ministerio de Comercio Exterior. Estaba en ese momento muy asustado, en la Clínica Santa Fe, porque un médico le había diagnosticado por equivocación un cáncer. Cuando se resolvió el equívoco, recordó la sentencia de su abuelo y aceptó el Ministerio, que en realidad no existía porque era apenas un papel, un decreto que ordenaba su creación.
Tiene una impresionante capacidad para detectar a los honrados, a los leales y a los competentes.

Fue entonces cuando lo vi en acción por fuera del periodismo, en la administración pública. Durante tres años estructuró una entidad oficial con eficiencia privada. Apenas doscientos empleados sin recomendaciones políticas. Todos por su hoja de vida, por sus méritos. Con ese equipo, en su mayoría de mujeres, integró a Colombia al mundo como si el país saliera del aislacionismo centenario para ingresar en la modernidad. Especialmente los tratados comerciales con México, Venezuela y Ecuador dispararon las exportaciones colombianas. Acompañándolo en una misión de cien empresarios por Asia, fue cuando lo vi, en el lobby de un hotel de Hong Kong, echar como a un perro a un personaje nefasto que llegaba para colarse en la gira.

También por aquella época fuimos a Marruecos a la creación de la Organización Mundial de Comercio, con sesenta presidentes a bordo. Santos habló en la sesión plenaria en nombre de los países latinoamericanos. Nos causó hormigueo en la sangre escucharlo hablar en tres idiomas a tan selecto auditorio del mundo, pero al otro día, después de la clausura en una cena real de Las Mil y Una Noches en el Palacio del Rey Hassan y con tres mil comensales del mundo, lo vi saborear un asado de pita en uno de los laberintos del gran bazar de Marrakech.
Con la misma destreza ejercida en el Ministerio de Comercio Exterior, sacó al país de la peor crisis económica desde los años treinta, la crisis del año 2000, cuando como ministro de Hacienda impuso contra viento y marea las reformas y los ajustes que blindaron a Colombia (las mismas medidas que ahora están tomando angustiosamente los países de Europa). Estuve con él en aquella tarde en que frente a la Plaza de Bolívar repleta de maestros se asomó por una ventana del Congreso para ver la multitud. Era la primera vez que un ministro no caía a los pies de Fecode…

Lo vi también en el Ministerio de Defensa. Ya son historia reciente pero mítica, hechos como la Operación Jaque. A las 11 y 55 minutos de ese día sólo hizo dos llamadas. Una para comunicarle al Presidente Álvaro Uribe que los helicópteros acababan de levantar vuelo y que en veinte minutos estarían a orillas del río Vaupés, junto a Íngrid Betancourt y los tres gringos y entre más de doscientos guerrilleros uniformados como perros de presa. Ya no había vuelta atrás. Por eso levantó el teléfono e hizo la otra llamada, a su esposa María Clemencia, la gran compañera de su vida, y sin decirle qué operación estaba en marcha le pidió que se arrodillara a rezarle a la Virgen La Milagrosa porque en sus manos estaba algo muy importante que pasaría en minutos…

Esa fue la gloria. Pero seis meses después lo vi pálido, desgarrado, cuando una comisión investigadora del más alto nivel, constituida e integrada por los propios militares, le informaba que era cierto que algunos uniformados habían engañado y asesinado a los jóvenes de Soacha. Pero desde ese mismo dolor, lo vi tomar la decisión más drástica jamás tomada ante los militares en doscientos años de historia colombiana: el retiro de veintisiete militares, entre ellos varios generales. No para condenarlos de facto, sino para que respondieran ante la justicia por sus omisiones y fallas.

Siempre que viaja a Cartagena va al kiosco de Bonny, el viejo boxeador, a comerse una suculenta «arepa´ehuevo». Lo hizo incluso en aquella ocasión en que lo nombraron presidente de la Cumbre Mundial de Comercio que reunió a más de veinte Jefes de Estado y ciento cincuenta ministros de Hacienda en la Ciudad Heroica.
Es hombre urbano, educado en la disciplina de la escuela naval, y en el rigor académico y flemático de Kansas, Londres y Boston.

A Juan Manuel Santos le gusta hacer goles. Así como Napoleón escogía a sus generales, a Santos le gusta rodearse de personas capaces y con suerte. Funcionarios que sean competentes y también capaces de hacer goles. Se siente tan seguro de sí mismo que le encanta rodearse siempre de gente muy competente, y nunca tiene temor de que vayan a quitarle protagonismo. Perfectamente se le puede decir, sin que le dé pataleta: «Usted está equivocado» o «Esa no es una buena idea». Entonces se lo queda mirando a uno fijamente y responde: «Deme una idea mejor». Y si la persona lo convence con argumentos y cifras, entonces responde: «Le compro su idea, pero gratis».

Obra así porque no es tozudo, es capaz de cambiar de idea si alguien lo convence con cifras y razones de una idea contraria.

A su lado nadie puede enriquecerse porque sólo ofrece e impone trabajo y exige resultados y espanta a «las ratas». No escribe nada en piedra y es firme pero no terco y tiene alma y corazón y el mayor ejemplo de su inteligencia es que se burla de sí mismo y que le gusta que le cuenten los chistes que sobre él circulan en la calle. Sabe perfectamente que los de la FARC le dicen Chuky.

Su lema de vida es: «Hay que pensar lo impensable». Y como lo fuera el exquisito burgués Alfonso López Pumarejo en los años treinta, Juan Manuel Santos de Presidente puede ser un transformador de fondo porque representa un centro-derecha moderno y porque, como al viejo López, le gusta sobre todo innovar y hacer lo imprevisible. Es como un personaje de Sándor Marái: un burgués culto, refinado y competente. Muy competente y capaz de tomar decisiones con certeza, como lo demostró en tres ministerios.

No es un hombre que venga de la tierra, del pasado feudal del país, del conflicto rural con raíces atávicas. Es hombre urbano, educado en la disciplina de la escuela naval, y en el rigor académico y flemático de Kansas, Londres y Boston. Me consta que durante muchos años se ha preparado con delicadeza de relojero para ser Presidente de Colombia.

Conoce Premios Nobeles, presidentes de muchos países y fue compañero de estudios de más de 50 ministros o gobernantes internacionales. Sin haber tenido nunca una mata de café, es quien más sabe de la economía de este grano en Colombia y tal vez en el mundo. Como si fuera la anatomía de un cuerpo, conoce órgano por órgano todas las variables de los temas sociales y económicos de Colombia, Latinoamérica y el mundo.

¿Que no es tan simpático ni tan accesible? Es cierto, es un Santos, y sabe trazar las distancias, tiene el humor inglés, y ya verán que de Presidente gobernará como un tecnócrata de la postmodernidad pero al que le duelen los dramas del país, y no como un político tradicional. Es capaz de pensar lo impensable y hacer lo imprevisible

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