Opinión Internacional

Los idus de Marzo de Carlos Mesa

Alegría de tísico la del mandatario boliviano Carlos Mesa. Ha sorteado una crisis,  pero no ha conjurado el naufragio. Se mantiene en el cargo sólo porque conviene a los intereses de cocaleros e indigenistas bolivianos y, muy en especial, del protegido de Hugo Chávez Frías, el líder del MAS Evo Morales. Quienes fueran, por cierto, los mismos que lo encumbraran luego de defenestrar al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, supuestamente con respaldo y financiamiento de nuestro presidente de la república, según denuncia de la víctima desde Washington, su lugar de exilio.

 
            La partitura de esta tragicómica sinfonía andina no está concluida. Recién inicia su primer movimiento. Como tampoco parece estarlo la de Toledo e, incluso, la del presidente ecuatoriano Lucio Gutiérrez, ambos vacilantes en medio de graves conflictos políticos. Se encuentran todos ellos atenaceados desde el Norte por Venezuela y desde el sur y el este por los gobiernos de Kirchner, Lula y Tabaré Vásquez. E incluso de Chile, que por conseguir la secretaría general de la OEA parece dispuesta a pactar con el diablo. Si no aprietan, se hacen los desentendidos. Es el alicate de la desestabilización regional que no terminará su faena hasta concluir con el establecimiento en la región andina de gobiernos demagógicos y populistas, inspirados todos por la revolución bolivariana del teniente coronel Hugo Chávez.  Recién entonces Lula, Kirchner, Vásquez y Lagos despertarán del encantamiento y conocerán al monstruo que han prohijado.

 
            Carlos Mesa jamás contó con auténtico respaldo popular. Fue una fórmula de compromiso entre el ajado establecimiento político boliviano y las fuerzas sociales emergentes, que han adquirido una inmensa capacidad de movilización bajo la acción de liderazgos formados a redropelo de las fuerzas políticas tradicionales. Subió al cargo al aliarse en la conjura contra Sánchez de Lozada, en cuyo gobierno sirviera en el cargo de vicepresidente y quien lo acusara directamente de haber propiciado la oleada de descontento popular que culminara con su retiro y exilio. Una historia de traición y deslealtad, como son tan habituales en nuestras repúblicas bolivarianas.

 
            Ahora, víctima de los mismos desórdenes que sirvieran a su encumbramiento, amenaza con su renuncia y al precipitar la crisis, sin que esté aún madura su defenestración, obtiene un respiro. Pero sus días están contados. Evo Morales quiere el Poder luego de elecciones en toda regla. Aprendió la principal lección de su maestro, el caudillo venezolano. En estos tiempos de democracias hipócritas y dictaduras seudo legales, más vale entrar al Poder por la puerta grande, para desmantelar la democracia y saquearla con impunidad, en descampado y con alevosía.

 
            No es nada casual y corresponde plenamente a una sociedad que vela más por las apariencias que por el contenido: la llamada legitimidad de origen sirve la coartada perfecta para guillotinar las instituciones. Es la vieja hipocresía del maquiavelismo político. Incluso, cuando ya es demasiado tarde y la dictadura campea, basta darle la apariencia de una revolución para los pobres para que el discreto encanto de la burguesía occidental cierre los ojos y mire de costado.

 
            No sería la primera. No será la última vez.

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