Opinión Internacional

Los posesos

Jamás se sabrá cuáles fueron los factores genéticos que predeterminaron a los posesos, esos desquiciados que convirtieron su particular locura en altísimo asunto de Estado. De Hitler no quedaron otros restos que algunas manchas calcinadas, aunque algunos sovietólogos aseguren lo contrario. En el otro extremo, de los restos de Gengis Kahn ni siquiera tenemos rastros. Como tampoco de Alejandro Magno. Y de Nerón ni siquiera existe la constancia cierta de su piromanía. Aunque la galería de posesos es tan copiosa como los propios hechos de la historia: caben en ella desde Moisés, del que nada se sabe, salvo un hermoso relato literario, hasta Espartaco, desde Federico el Grande hasta Fidel Castro Ruz. Cada siglo tiene su gran poseso. Y éste que recién termina los tuvo por montones: desde Mao hasta Mussolini, desde Stalin hasta Francisco Franco, desde Perón hasta Chapita Trujillo. Y de nuestro país mejor no se hable. Precisamente ahora, cuando el último poseso de nuestra tradición se ha hecho fuerte en Miraflores y a juzgar por sus palabras, que son sus hechos, pretende no abandonarlo hasta muy entrado el siglo que recién comienza.

El mundo contiene el aliento empujado al abismo por el primer gran poseso del siglo XXI. Apoyado en medio centenar de hermanos que suman una de las fortunas más poderosas del planeta y empinado sobre una pira de cadáveres integristas, Osama Bin Laden expande su letal desquiciamiento tras una de las fachadas de mayor bonhomía y humildad imaginables. Sonríe angelicalmente y aprieta el gatillo con un desprendimiento digno de un humildísimo Ulema. Es todo bondad. Y ha puesto a la orden del día la última y más reciente expresión de desquiciamiento: el integrismo islámico de los Talibán, esos estudiantes afganos o pakistaníes que siguen una acerada pedagogía religiosa con el fin de ofrendar sus vidas sirviendo de cabeza explosiva en el extremo teledirigido de algún mortífero misil.

Todos ellos tuvieron planes grandiosos y rebautizaron sus tiempos acordándolos a sus sueños. Rechazaron con vehemencia haber sido paridos por sus propios ancestros y se atribuyeron como propio el más remoto pasado. Hitler no había sido engendrado en un villorrio austriaco bajo la mácula de una dudosa paternidad: era el más legítimo de los hijos de las Walkirias. No aceptaba otra parentela que la de Federico el Grande o Bismarck. Alguno de ellos en China llegó a quemar toda la tradición histórica de sus antecesores: la historia, la única y verdadera, debía comenzar con él. No aceptaron otros iguales que los Dioses y elevaron el culto de su propia personalidad hasta el Olimpo. Reinos milenarios, planes quinquenales, nuevas repúblicas, revoluciones auténticas: con muy honrosas excepciones, todos estos planes de la mitomanía política yacen en el mausoleo de la infamia.

Asombra constatar el paralelismo que muestran sus vidas: emergen del polvo y se encumbran gracias a una fe y una enfermiza confianza en sí mismos, son inescrupulosos hasta la alegoría, desprecian cuanto les rodea y padecen de una egolatría conmovedora. Pero por sobre todo están dispuestos a dejar a su paso cuantos cadáveres fuera necesario para acceder a las últimas instancias del Poder universal, por el que sienten una enfermiza devoción. Hoy, para nuestra desgracia, nos corresponde vivir bajo los deseos purificadores de más de uno de estos posesos.

Terminarán mal. Que en su caída no arrastren consigo a sus pueblos.

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