Opinión Internacional

Luego de la explosión: El terrorismo en España y el “problema vasco” revisitado

(%=Image(8256986,»R»)%)(%=Image(8177884,»L»)%)El llamado proceso de paz en el País Vasco ha volado por los aires al mismo tiempo que el portavoz del PSOE en el Parlamento Vasco, Fernando Buesa y su escolta, Jorge Díez. El 22 de febrero, la organización terrorista ETA ha dado la puntilla a un proceso de paz que ya estaba en estado crítico, desde que, el pasado 21 de enero ETA, asesinó a un teniente coronel del ejército en Madrid. Rompía así de forma efectiva la tregua que había declarado en septiembre de 1998. Tras 18 meses sin atentados mortales, la sociedad española se movilizó de forma masiva contra este atentado. En Euskadi sin embargo, la sociedad civil se ha dividido entre nacionalistas y no nacionalistas y no entre violentos y no violentos.

El pasado año, 1999, fue el primero desde 1971 en el que no se produjo ningún asesinato de ETA. De hecho, el período sin atentados es aún mayor, más de 18 meses. Cuando en septiembre de 1998 se produjo la declaración de tregua, el ministro del Interior español, Jaime Mayor Oreja, consideró que era una tregua trampa. Sin entrar a polemizar con sus opiniones, es obvio que ha sido el período más largo de la historia reciente de España sin violencia y ante la mejor oportunidad para la paz. Sin embargo, desde el tres de diciembre pasado, la organización terrorista ETA considera rota la tregua y se han producido sucesivas detenciones de activistas con material explosivo y armas. El 21 de enero, la amenaza se cumplió y ETA asesinó a un teniente coronel del Ejército en Madrid. El 22 de febrero los terroristas dieron un salto cualitativo y asesinaron a un representante del pueblo vasco, el parlamentario socialista Fernando Buesa, y a su escolta. Con este atentado los nacionalistas vascos moderados (Partido Nacionalista Vasco y Eusko Alkartasuna) se han visto obligados a romper el acuerdo de gobierno con el brazo político de ETA (Euskal Herritarrok, marca electoral de Herri Batasuna). El atentado del 22 de febrero rompe, quizá por mucho tiempo, cualquier posibilidad de acuerdo político.

Aunque ETA se diga independentista, sus atentados alejan a la sociedad del apoyo a estas tesis. Los beneficios para los fines perseguidos por ETA (la independencia de Euskadi) de la ausencia de atentados son evidentes. Según el barómetro de Euskadi, elaborado por el Departamento de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco, el 40 por ciento de los vascos apoya la independencia. Pero el dato relevante es que este apoyo ha aumentado ¡nueve puntos! entre junio y diciembre de 1999. Este dato corrobora que la actividad política de los partidos nacionalistas vascos, aliados en el gobierno autonómico, y la ausencia de violencia provocan el aumento del apoyo social a la independencia. Este análisis, junto con el de la evidencia de que un Estado no va a ceder nunca al chantaje de la violencia y el progresivo descenso de la capacidad operativa y de los apoyos sociales llevaron a ETA a buscar una salida política, que ahora ha cerrado. Su decisión de volver a la actividad terrorista responde a los escasos réditos conseguidos en la práctica. Es una cuestión de impaciencia y también de maximalismo a la hora de plantear qué pueden conseguir a cambio de la paz. No en vano el mediador entre ETA y el Gobierno español, el obispo Juan María Uriarte, afirmó que el fracaso de la única reunión entre representantes gubernamentales y etarras se debió “a la inflexibilidad de unos y al maximalismo de otros”.

El atentado contra Fernando Buesa ha provocado una enorme tensión en Euskadi. Decenas de miles de personas siguieron el cortejo fúnebre y se oyeron gritos de «Ibarretxe dimisión», en referencia al presidente del gobierno vasco, nacionalista moderado que gobernaba con un pacto de gobierno con el brazo político de ETA. Ibarretxe rompió con este grupo tras el atentado contra el parlamentario socialista pero hay una quiebra de confianza entre los partidos políticos que parece imposible de salvar. Han pasado muchas cosas en estos 18 meses sin muertes que hacen muy difícil una vuelta al pasado. La más significativa es que la opinión pública había alcanzado el convencimiento de que el terrorismo se había acabado definitivamente. A partir de ahí resulta difícil conocer todas reacciones porque las responsabilidades por la pérdida de una oportunidad sin igual pueden alcanzar no sólo a los terroristas si no a los políticos, que han demostrado como pocos la diferencia que estableció Winston Churchill entre estadistas y políticos: “los estadistas piensan en las próximas generaciones, los políticos en las próximas elecciones”.

La ruptura de la tregua tampoco supone el cierre definitivo del proceso de paz. De hecho, el IRA rompió la tregua durante 18 meses, con atentados mucho más graves e impactantes que los que se han producido en España, y el pasado mes de diciembre se ha alcanzado un acuerdo de desarme de los grupos terroristas en Irlanda. Esto es importante porque los nacionalistas vascos son proclives a hacer un paralelismo entre el proceso de paz de Irlanda del Norte y el de Euskadi. La base política de ETA, el voto a Herri Batasuna, ha crecido en los dos comicios celebrados sin la presencia de la violencia, hasta alcanzar un ciento cincuenta por ciento de los votos conseguidos en las elecciones con asesinatos, mostrando muy a las claras que el apoyo a los objetivos de ETA es muy amplio, mientras que es mucho menor la cantidad de ciudadanos dispuestos a dar cobertura a la violencia. Este rechazo social a los métodos violentos es común en toda Europa. De hecho, tras el proceso de paz de Irlanda del Norte, sólo queda un grupo terrorista activo, con suficiente infraestructura y organización para ser considerado una preocupación por las autoridades. Se trata de ETA militar, una organización que reivindica la independencia de Euskadi, un territorio dividido entre la frontera norte de España y el sur de Francia, más pequeño que muchas de las provincias del país del que los independentistas quieren separarse. La comunidad autónoma vasca tiene apenas 20.600 kilómetros cuadrados y algo más de dos millones de habitantes. Es decir un barrio de cualquier gran ciudad americana. Sin embargo, este pequeño territorio viene siendo escenario, por diferentes causas, de disputas violentas de hace más de un siglo: las guerras carlistas, la guerra civil, la lucha contra la dictadura, los conflictos de orden público en la transición democrática y el terrorismo independentista.

En septiembre de 1998 ETA declaró una tregua indefinida y unilateral, tras un año de asesinatos de cargos públicos del partido en el gobierno, el Partido Popular. Desde el 25 de junio de 1998 hasta el 28 de enero ETA mantuvo una tregua tácita, que no declarada, de algo más de 18 meses.

ETA anunció que rompía la tregua, hecha oficial en septiembre de 1998, justo el mismo día en que Irlanda del Norte saboreaba el acuerdo de paz. Este paralelismo no deja de tener importancia porque el PNV (los nacionalistas moderados al estilo del partido socialdemócrata laborista de Hume en Irlanda) y ETA ha mirado al proceso de paz de Irlanda como si se tratara de un espejo. De hecho la tregua comenzó tras una declaración llamada “Acuerdo de Lizarra”, que tiene evidente equivalencia en la declaración firmada por el líder católico moderado Jonh Hume y el líder del Sinn Fein, Gerry Adams en 1993. El acuerdo de paz en Irlanda del Norte se ha firmado seis años después de esa declaración. En Euskadi apenas hace quince meses de la declaración de Lizarra, firmada por varios grupos nacionalistas, desde demócratacristianos hasta troskistas, pasando por HB, el brazo político de ETA, y por Izquierda Unida, el tercer partido político por fuerza electoral en España. En esta declaración se pide una solución por vías absolutamente democráticas al denominado “problema vasco”, lo que en un lenguaje claro significa la autodeterminación. El futuro de este pacto pende de un hilo tras el atentado del pasado 28 de enero. Izquierda Unida ha abandonado la mesa y las diferencias entre sus grupos se acrecientan ante la incompatibilidad de la acción política y los atentados terroristas.

El PNV, los nacionalistas moderados, lo consideran la pista de aterrizaje para que ETA abandone la violencia. Tras la declaración de ruptura de la tregua de ETA del pasado 27 de noviembre, muchos han puesto en duda la continuidad del proceso de paz. Pero no se debe de olvidar que en el proceso irlandés no sólo se produjeron declaraciones de ruptura de la tregua, se cometieron dos atentados, uno contra la City de Londres, espectacular y con dos víctimas mortales y otro que fue una masacre, en Omagh, con un coche bomba en una calle comercial, con casi una treintena de muertos.

Los grupos violentos aplican en estos casos una lógica macabra: “con la tregua no hemos avanzado nada, luego hay que sacudir las conciencias con un atentado que sirva para demostrar nuestra fuerza y obligar a moverse al enemigo”. Y por desgracia esa lógica macabra funciona. Está estudiado que en los movimientos sociales y políticos radicales siempre consigue imponer su línea el más violento. Está en la propia naturaleza de un grupo que utiliza la violencia para imponer sus postulados políticos al resto de la sociedad que aplique este mismo esquema en sus disputas internas y que por tanto el más dispuesto a utilizar las pistolas imponga su voluntad. Como ejemplo de estas permanente batalla valen las discusiones entre el Frente Obrero y el frente militar de ETA en los últimos años del franquismo y que dio lugar a una escisión de ETA (ETA militar y ETA político militar, ya disuelta): “En el interior de la organización, este volcarse en el activismo produce también una serie de inevitables consecuencias. En primer lugar la prepotencia del Frente Militar sobre el resto, hasta el punto de adquirir una autonomía relativa en relación, incluso, con la dirección teórica. En segundo lugar la militancia debe ocuparse fundamentalmente de las tareas de apoyo logístico de los comandos armados, provenientes, en toda la primera época del exterior. Ello dificulta la actuación abierta, indispensable para una eficaz política de masas.”.

Este pasaje, escrito por José María Garmendia, profesor de Historia en la Universidad del País Vasco, en su “Historia de ETA” (Haramburu 1995) sirve, en su esquema básico, para cualquier momento de la historia de la organización terrorista. Si el papel clave de una organización de este tipo es la actividad armada, quienes la desarrollan tendrán la sartén por el mango, por encima de los que elaboren la estrategia política, que tendrán una actividad en el interior de la organización muy inferior, en peso y prestigio a la de los activistas.

El caso es que en estos catorce meses de tregua declarada y dieciocho sin atentados, ETA ha conseguido pocos logros políticos y ninguno que merezca tal nombre sobre sus presos o exiliados. El PNV y el resto de los nacionalistas moderados han adoptado parte del discurso independentista de ETA, pero a efectos prácticos no han realizado ningún movimiento. En cuanto al gobierno español ha movido de una cárcel a otra a 135 presos, pero salvo excepciones ninguno ha sido trasladado a su comunidad autónoma de origen, que es una de las reivindicaciones de ETA y su entorno. Es decir para los “halcones de ETA” la paz no ha reportado ningún resultado práctico y por eso amenazan con volver a asesinar para conseguir algún movimiento político relevante del PNV y alguna concesión del gobierno español. En la jerga política se define como buscar que todos “se retraten” al reaccionar ante la declaración de ruptura de tregua. Y lo han conseguido, demostrando una vez más que “el anuncio de los violentos domina los medios de comunicación y la agenda política nacional” , tal y como afirmaba Felipe González en “El País” del once de diciembre. El debate político está de nuevo donde ETA quería situarlo y para ello apenas ha hecho falta que amaguen con volver al asesinato. Todos los partidos políticos han reaccionado y todos lo han hecho, en mi modesta opinión, como ETA creía que iban a reaccionar. Una vez más por tanto, objetivo cumplido.

Mientras tanto su aparato político, HB y Euskal Herritarrok, sigue presionando al PNV y al resto de los nacionalistas moderados para que adopte sus esquemas políticos. HB y ETA han intentado, hasta ahora sin éxito, que los nacionalistas moderados no se presenten a las elecciones generales del próximo mes de marzo, que apoyen una huelga general en Euskadi por los presos o que asuman que una asamblea de municipios elabore una Constitución Vasca. El PNV ha creado la asociación pero no le ha dado ningún contenido político práctico, algo que sí hizo con la que aprobó el Estatuto Vasco de Autonomía de 1936 en… Estella, claro, en Lizarra como el acuerdo político. Como se puede comprobar la búsqueda de afinidades históricas roza la obsesión en la izquierda «abartzale» y por ello, pocos dudan que imitará al IRA irlandés para conseguir avances en el proceso de paz. Poco importa que el IRA haya conseguido algo que tiene casi veinte años de antigüedad en Euskadi (un gobierno preautonómico de concentración) o que los “católicos” vascos, sean mayoritariamente moderados. Es igual, ETA buscará siempre imitar los hitos que quiere convertir en símbolos.

ANTECEDENTES

ETA es producto del nacionalismo vasco y del franquismo. De hecho, no se puede entender sin estos dos factores que ayudaron a su creación y que han permitido su supervivencia.

Euskadi ta Askatasuna nació en los años sesenta del seno de las juventudes del partido nacionalista vasco. Franco era el dictador desde casi treinta años antes y un grupo de jóvenes consideraban que el PNV no hacía lo suficiente para luchar contra la dictadura que aplastaba las libertades políticas de todos los españoles y además las manifestaciones culturales de algunas de sus comunidades, que como Euskadi, tienen una lengua distinta:
“Por otra parte en la Euskadi peninsular se estaba llevando a cabo igualmente una revolución mental. Los hombres que hicieron la guerra del 36 en Vasconia quedaron estancados en tal fecha. Fueron al exilio, pero en el exilio no aprendieron nada, se hispanizaron (…)
Un nuevo planteamiento del nacionalismo con bases científicas primero deberá dar el valor que merece a la lengua nacional, exigir a sus seguidores que la aprendan y la dominen(…) Por fin tenemos que plantear el problema vasco sobre la base étnico económica que hoy reclama el nuevo mundo”
.

Estas líneas pertenecen al libro “Vasconia” de Federico Krutwig. Tienen casi cuarenta años y fueron en su momento la base “teórica” de los nuevos militantes de ETA: ruptura con el nacionalismo vasco del exilio, el idioma como factor de diferenciación y la guerra colonial entre España y Euskadi. De alguna manera ETA se ha estancado ahí y sigue buscando que el nacionalismo del exilio, el que se hispanizó, o el que luego aceptó el estatuto vuelva al discurso colonialista de Krutwig.

Estos jóvenes de principios de la década de los sesenta y finales de los cincuenta formaron primero el colectivo Ekin, que fue el embrión de Euskadi ta Askatasuna. Ideológicamente era un cóctel de nacionalismo vasco y marxismo leninismo, mezclado con los manuales de guerrilla urbana de las actas tupamaras o la lucha de liberación nacional de Ho-Chi-Min y el “Ché”. Su primer atentado se produjo en 1968, contra el comisario de policía José Pardines. Desde entonces ETA ha asesinado a 769 personas, entre ellas el presidente del gobierno y mano derecha de Franco, Luis Carrero Blanco en 1973. En los últimos años del franquismo ETA era mayoritariamente apoyada por la población vasca, no por su nacionalismo si no porque era el único grupo capaz de crear problemas serios a la dictadura. Este es un hecho muy importante, porque de ahí surge el problema de su importante apoyo social, aún hoy, casi un cuarto de siglo después de la muerte del General Franco, y tras veinte años de constitución. De aquella enorme base social ha ido perdiendo apoyos, año tras año, asesinato tras asesinato, barbaridad tras barbaridad, pero queda un reducto muy importante que basa su razonamiento en que nada o muy poco ha cambiado en lo sustancial. No hay que olvidar que la sociedad vasca no apoyó en la misma medida que el resto de la sociedad española la Constitución de 1978 y que durante la transición a la democracia, en los gobiernos de UCD e incluso en los primeros años de gobiernos socialista se produjeron abusos intolerables de las fuerzas de seguridad, con torturas, asesinatos de activistas de ETA, y en los años 1976, 1977 y 1978 numerosas víctimas entre los manifestantes por la amnistía, por la liberación de los presos de ETA en prisión. Esto, evidentemente, no justifica ningún asesinato, pero ahí, precisamente en esa brutal represión de los primeros años del postfranquismo y en ese movimiento social por la amnistía, captó ETA su red social de apoyo para continuar con la violencia otros veinte años.

El referéndum de apoyo a la Constitución del seis de diciembre de 1978 tuvo en Euskadi una participación de 642.396 electores frente a las 859.427 abstenciones. Además, en esos 642 mil votos hay que incluir 163.191 de votos negativos, un 25 por ciento de los sufragios. El PNV pregonaba en ese referéndum la abstención y la izquierda abartzale (patriota en vascuence) el voto negativo. Posteriormente, el Estatuto de Autonomía consiguió un amplio respaldo social. Fue precisamente entre las primeras elecciones generales tras el franquismo (el 15 de junio de 1977) y el referéndum de aprobación del Estatuto de Autonomía (25 de octubre de 1979) el periodo más sangriento de la historia de ETA. (407 asesinatos según cálculos de Luigi Bruni en Historia política de la lucha armada). Después se disolvió una de las dos ramas de ETA, la político militar, una experiencia que debe de ser tenida en cuenta ahora, para buscar caminos hacia la disolución de ETA militar.

Nadie recuerda ya en España los años 1977 y 1978, en los que ETA asesinaba una persona cada semana y todos los ciudadanos españoles se han acostumbrado a no desayunarse con la noticia de un nuevo atentado.

En los últimos años ETA se ha dedicado a asesinar en función de la conmoción social. Su capacidad operativa es menor que hace quince años pero busca víctimas, como los concejales del PP o el expresidente del Tribunal Constitucional, Francisco Tomás y Valiente, que sacudan los cimientos de la sociedad. En esta estrategia estaba inmersa ETA, sin que el PP, principal destinatario de los atentados contra cargos electos, moviera un ápice su posición, cuando se produjo una reacción ciudadana que sacudió los esquemas de ETA, el denominado “Espíritu de Ermua”, del que hablaremos después.

Que el IRA y ETA sean los dos grupos violentos que más tiempo han sobrevivido en Europa no es casualidad. Al contrario que los grupos radicales de ultraizquierda como el GRAPO en España, Acción Directa en Francia, o la Fracción del Ejercito Rojo en Alemania, estos dos grupos tienen una base social de apoyo, minoritaria en sus respectivas sociedades, pero que cuenta con centenares de miles de personas dispuestas a seguir en la lucha, por mucho que las fuerzas de seguridad puedan detener a centenares de activistas. El IRA y ETA, como el EZLN o las FARC sobreviven porque hay un problema que crea su base social. Sin base social ningún grupo violento sobrevive a la acción de las fuerzas de seguridad.

El gran secreto de estos movimientos es que se retroalimentan: la detención de un comando crea una serie de damnificados –familiares, amigos, parejas- entre los que el grupo de apoyo capta militantes y de estos grupos de apoyo salen luego los activistas de la organización. El entonces teniente coronel de la guardia civil y posiblemente el máximo especialista policial en ETA, Enrique Rodríguez Galindo afirmó hace años que la guardia civil podía detener muchos comandos pero que el problema sólo lo pueden resolver los políticos. La razón es simple: el terrorismo es el más grave síntoma de un problema social, no el problema en sí. La realidad social en Euskadi muestra que casi doscientas cincuenta mil personas votan a Euskal Herritarrok, marca electoral de la izquierda abartzale, lo que en Irlanda del Norte sería el Sinn Fein, el brazo político del IRA. Este número de personas es especialmente significativo en una sociedad muy pequeña, apenas tres millones de habitantes, lo que quiere decir que todas las familias, todas las cuadrillas de amigos, todos los grupos sociales (clubes deportivos, compañeros de trabajo) tienen a un militante activo de Euskal Herritarrok, cuando no a un miembro de ese grupo humano en prisión por colaborar con la organización terrorista ETA. Con este perfil social los intentos de algunos sectores políticos (el PP fundamentalmente) de aislar socialmente a los que apoyan la violencia es una utopía. Esta estrategia fue caballo de batalla del PP (en el gobierno) tras el asesinato de un concejal de su partido en la localidad vizcaína de Ermua. El nombre de Miguel Angel Blanco dio la vuelta al mundo junto a las impresionantes manifestaciones de apoyo al político secuestrado y de repulsa contra el terrorismo cuando ETA cumplió su amenaza y asesinó al concejal a las cuarenta y ocho horas de exigir el acercamiento de presos. “A por ellos con la paz y la palabra” gritó Victoria Prego, una conocida periodista española, en la manifestación de Madrid contra el asesinato, que congregó a un millón de personas. Ahí se demostró el inmenso abismo que separa a las sociedades vasca y española. ¿A por quién vamos? ¿A por los doscientos cincuenta mil votantes de HB, que da la casualidad que en el caso de cualquier ciudadano vasco que son su hermano pequeño, su amigo de la infancia, su novia o su padre?
La sociedad vasca sí ha demostrado sin embargo que está hastiada de asesinatos y de violencia callejera, una suerte de vandalismo pandillero de cualquier gran ciudad, disfrazado de activismo político y que provoca cuantiosos daños materiales y amedrenta a centenares de personas de las más diversas ideologías, que temen por su negocio, su coche o su vivienda, que cualquier madrugada son arrasados con cócteles molotov por un grupo de jóvenes perfectamente organizados. La violencia está perfectamente planeada y dirigida pero sus componentes alcanzan tal grado de fanatismo, que la destrucción no sólo alcanza a sus objetivos si no a cualquiera que la casualidad coloque en su camino. Este otro de los problemas pendientes de solución si se llega a alcanzar la paz. Una parte significativa de la juventud vasca está encerrada en un ambiente político que ha convertido a unos adolescentes en unos violentos patológicos. El balance de este tipo de violencia, cinco mil actos vandálicos y casi catorce mil millones de pesetas, algo menos de 100 millones de dólares norteamericanos, en daños materiales desde 1988 hasta 1997 provoca un rechazo frontal de la sociedad que vive rodeada de centenares de grupos de jóvenes organizados para la destrucción. Pese a lo que pueda pensarse el grupo político que más ataques ha sufrido contra sus sedes es el Partido Nacionalista Vasco, con 179 sedes destruidas entre 1992 y 1997 según asegura Florencio Domínguez en su libro “De la negociación a la tregua” . El partido nacionalista vasco es el partido mayoritario en Euskadi desde las primeras elecciones democráticas, por lo que el descontento entre sus bases suponía que en muchas pequeñas localidades las tres cuartas partes de sus habitantes se vieran personalmente afectados por el ataque contra la sede social del PNV.

En el año 1988 todos los grupos, excepto el brazo político de ETA, firmaron un pacto político contra el terrorismo que lleva el nombre de la residencia del presidente del gobierno autonómico vasco: Ajuria Enea. Era un programa de mínimos, con fórmulas políticas de resolución del problema e incluso fórmulas legales para la reinserción de activistas de ETA, separadas de su línea de actuación. En un artículo publicado el once de diciembre de 1999 en el diario madrileño “El País” el expresidente del gobierno, Felipe González, acusa al PP de romper el consenso antiterrorista en 1995: “El grupo dirigente del PP, encabezado por Aznar, apoyaba formalmente el pacto, mientras criticaba con extremada dureza al gobierno y a los nacionalistas. Su discurso conectaba con la indignación popular, cargando sobre el gobierno la responsabilidad por ineficacia. Su programa era aún más duro, rompiendo los compromisos de los partidos democráticos en los pactos antiterroristas” . Esta política de dureza se ha mantenido tras la llegada al gobierno del PP, con un cambio de estrategia muy grave para el futuro del País Vasco: el enemigo no es el terrorismo, es el nacionalismo. Si algo unía a todos era la aversión por el método de luchar por la independencia de Euskadi que mantenía ETA, pero para el PP el problema era el fin, no los métodos. De esta manera se perdía el apoyo a la política antiterrorista del gobierno del partido mayoritario de Euskadi, el partido nacionalista vasco, un partido de derechas y nacionalista moderado, con un origen ideológico xenófobo (Sabino Arana) pero con una intachable trayectoria de defensa de la democracia, desde la república hasta el franquismo. Arremeter contra el proyecto político de los nacionalistas democráticos y contra HB supone tener en contra a más de la mitad de la población vasca pero también acaparar los votos de los antinacionalistas vascos de Euskadi y del resto de España- en algunos casos de nacionalistas españoles que también los hay- y esta estrategia electoral ha funcionado para el Partido Popular.

EL ORIGEN DEL NACIONALISMO VASCO

El nacionalismo vasco aparece en Bilbao a finales del pasado siglo. Es una reacción xenófoba ante la inmigración multitudinaria y el fin de las viejas leyes (los Fueros) que suponían una peculiaridad institucional desde 1525. A estas leyes la iconografía nacionalista les da rango de pacto entre los vascos y la Corona para que Vizcaya y Navarra formen parte del Reino. Durante las guerras Carlistas, entre los partidarios del absolutista Fernando VII y de Don Carlos se produce una primera confrontación, porque se cuestionan los Fueros vascos. Los fueros sobreviven gracias al Convenio de Bergara de 1839, pero en 1879 son derogados definitivamente. La Diputación de Vizcaya luchó ardientemente contra este decreto y, de hecho, en 1877, el gobernador civil disolvió las Juntas Generales vizcaínas por decreto. A cambio, se conseguió el denominado Concierto Económico, es decir la autonomía fiscal, que aún hoy sobrevive, y que sólo fue interrumpido durante la dictadura franquista. Este es el primer “agravio” que provocó años después el nacicimiento del nacionalismo vasco.

A finales de siglo, el proceso de industrialización de las provincias vascos trajo consigo la inmigración masiva y una respuesta xenófoba de una sociedad tradicionalista, conservadora y mayoritariamente rural y campesina.

La población de Vizcaya pasó 169 mil personas en 1877 a casi 350 mil en 1910. Pero en las zonas fabriles y mineras el aumento de población fue aún mayor: en 1857 vivían en esa zona algo más de cuarenta mil personas y en 1900, 167 mil. Mientras tanto, en las zonas agrícolas la población aumentó en esos mismos años en 23 mil personas (de 120 mil en 1857 a 143 mil en 1900). El 42 por ciento de los inmigrantes procedían de fuera del País Vasco y se produjo una reacción contra este movimiento migratorio basado en la etnia (los apellidos vascos) y el idioma (el vascuence o euskera).

“Que Bizkaitarra llama maketos a los extraños a este país…¿Y qué? ¿es acaso algún delito? (Discurso del abogado Sr. Irujo ante el Tribunal, reproducido en Historia del Nacionalismo Vasco en sus documentos (Javier Corcuera y Yolanda Oribe –Bilbao 1991)

Las bases ideológicas del nacionalismo vasco fueron establecidas por Sabino Arana y Goiri y se basan el dos pilares: Jaun-goikoa eta lagi-zarra. En vascuence Dios y Leyes Viejas (fueros). El concepto engloba tres apartados: la ley, la raza y el idioma.

Ley: A su vez en el concepto de ley se contienen tres diferentes, a saber, las leyes propiamente dichas y los buenos usos y costumbres. Lo primero requiere que Bizkaya sea un Estado absolutamente independiente, que se gobierne libremente a sí mismo, sin experimentar ingerencia (sic) alguna de parte de nación extraña. Lo segundo dicta la reconstitución de Bizcaya sobre lo esencial de la leyes tradicionales. Lo tercero finalmente, la restauración de las buenas costumbres y buenos usos del pueblo Bizkaíno.

De ello se deducirán las siguientes reglas para toda asociación que quiera ser patriótica:

1. No recibirá ningún periódico españolista, publíquese e Euskeria o en el extranjero, ni tampoco revista alguna, científica o literaria, que vea la luz en Euskeria y sea de tinte españolista.

2. No se admitirá en su seno a individuo que esté afiliado a algún partido españolista o pertenezca a sociedad que tenga este carácter.(…..)

Raza:

1. Para tener derecho de voz y voto, deberá el entrante tener esukéricos los cuatro apellidos. Para ser socio será preciso que sus cuatro abuelos hayan nacido en territorio euskariano. (…)

Idioma

El tercer significado del elemento lagizarra es el referente al idioma, y señala al euskera como lengua oficial y nacional del Estado Bizkaíno.

Finalmente, señala Javier Corcuera, desarrollará Sabino el término ETA, como cópula que engarza inseparablemente Dios y tradición, religión, leyes tradicionales, raza e idioma vasco. ETA significa “y” en vascuence y casi un siglo después también Euskadi ta Askatasuna (Euskadi y Libertad) ¿Les suena de algo el nombre?

Para analizar bien el fenómeno del nacionalismo vasco les recomiendo los cuatro tomos de “Historia del nacionalismo vasco en sus documentos” , de Javier Corcuera y Yolanda Oribe (eguzki 1991), del que he entresacado las citas y los datos de inmigración para este artículo.

Podría decirse, con algo de razón, que el PNV ha avanzado mucho desde que su fundador estableciera una base ideológica tan racista y ultraconservadora, pero no hace demasiado tiempo, el actual presidente del PNV, Xabier Arzalluz, pronunció estas palabras, no menos racistas: “Prefiero un negro, pero negro, negro, que hable euskera, que un vasco que no lo hable”.

El idioma y la etnia dominan el ideario nacionalista porque es la única seña de identidad que pueden mantener, olvidando que el dominio del idioma o la genealogía no establecen el ideario nacionalista. Por ejemplo, el presidente del PP en el País Vaso, Carlos Iturgaitz domina la lengua vasca y no es nacionalista.

La apropiación de los símbolos y peculiaridades vascas como iconos del nacionalismo es una constante desde su nacimiento. De la misma manera se establece que sus símbolos, como la ikurriña (bandera vasca) o su himno (gora ta gora) como los símbolos de toda la comunidad. El problema es que la sociedad vasca es plural, habla dos idiomas y piensa de muy diversas formas.

ERMUA

A lo largo de los últimos años se han producido diversos intentos de alcanzar un acuerdo político que solucione el terrorismo en España. Pero el resultado ha sido siempre el fracaso y el rebrote de la actividad terrorista. El último se produjo justo antes de la llegada al poder del Partido Popular. Se utilizó como intermediario al premio Nobel de la paz, Adolfo Pérez Esquivel. En cuanto el PP llegó al poder en España renunció a cualquier salida dialogada y apostó por una solución policial al problema terrorista. ETA respondió atacando directamente al partido en el gobierno.

El diez de julio de 1997 la organización terrorista ETA secuestró a un concejal del Partido Popular en la localidad vizcaína de Ermua. Exigía el acercamiento de los presos de la organización a la comunidad autónoma vasca en un plazo de 48 horas o asesinaría al concejal. Con lo que no contaba ETA es con la retransmisión en directo de esta agonía, de esta muerte anunciada, por todas las televisiones españolas y por muchas otras de los más diversos lugares del mundo. Y con lo que sin duda no contaba es con la reacción de los ciudadanos de Euskadi y del resto de España, que tras ver ese sufrimiento de la familia Blanco hora a hora, en directo, retransmitido por televisión, alcanzaron un grado total de identificación con la víctima y con su familia, y un grado superlativo de aversión por su asesinato. Centenares de miles de personas se manifestaron en Bilbao el doce de julio, apenas unas horas antes de que se cumpliera el macabro plazo de la amenaza. Fue en vano y el sentimiento de impotencia recorrió la espina dorsal de la sociedad y provocó un paro simbólico de cinco minutos en Euskadi, que no ha tenido precedentes. De hecho, un cualificado militante de Herri Batasuna, confesaba al autor de este artículo que lo que le hizo reflexionar fue el paro y no la manifestación masiva. Desde el punto de vista de un simpatizante de la izquierda abartzale los manifestantes podían venir de fuera de Euskadi y no representar ningún obstáculo ético para él. Sin embargo la paralización total de la actividad en Euskadi entre las doce y las doce y cinco del mediodía del lunes 13 de julio era un mensaje claro: “¡ya basta! Además para muchos simpatizantes de ETA la muerte de Miguel Angel Blanco puso rostro, nombre apellidos y biografía a ese indefinido “enemigo” que siempre es asesinado sin dilemas morales. El escritor vasco Bernardo Atxaga explicó esta situación en el libro colectivo “Ermua, 4 días de julio” (El País Aguilar):
No nos gusta que los muertos choquen contra nosotros. Procuramos evitarlos, desviar su trayectoria, tenerlos a una cierta distancia. Debió de ser fácil, en ese sentido, lanzar las bombas de Hiroshima y Nagasaki, mucho más fácil que pasarlos a cuchillo y matarles de uno en uno, viendo sus caras, escuchando su voz, comprendiendo lo que realmente ocurría. Fácil debió resultar, también, la labor de los francotiradores en Sarajevo, porque la mirilla telescópica esconde los detalles, los rasgos de ese ser concreto que va a caer un kilómetro más allá(…) Ojos que no ven, corazón que no siente suele decirse, y es verdad. (…)Pero hay otras formas de evitar el choque. Por poner un ejemplo, debe ser más fácil “matar a un negro” que matar a Marvin, hijo de Annabel y Freddy, novio de Lucy, estudiante de secundaria (…) De ahí que los dadores de muerte, desde los soldados hasta los asesinos que viven disfrazados entre la gente, rehuyan toda concreción, toda personalización. (…)Los simpatizantes de Herri Batasuna que se refieren al asesinato de Miguel Angel Blanco con términos como gertaera –suceso- deben sufrir ese choque.

La sociedad mostró ahí su hartazgo por tanto dolor inútil y era imposible no verlo, porque un paseo por las calles mostraba bien a las claras que todo el mundo estaba en la calle, en silencio, mientras las tiendas, las fábricas y las oficinas estaban desiertas. HB, el brazo político de ETA, que siempre había dominado la calle, veía ahora a los ciudadanos abrazando a la policía autonómica vasca, la ertzantza, a la que los activistas de HB habían acosado y acusado de cipayos, de fuerzas al servicio de los colonizadores. Veía como los policías, que utilizaban pasamontañas para que su fotografía en un medio de comunicación no les costara el asedio de sus vecinos simpatizantes de la causa etarra, se quitaban esta prenda porque la gente se lo pedía. Veía a gente con las manos en la cabeza gritando “ETA dispara, aquí tienes mi nuca” y en aquel momento se dieron cuenta de que, como dijo el dirigente del PNV Joseba Egibar ,“ETA se había suicidado” al asesinar a Miguel Angel Blanco. La organización terrorista siguió con su escalada de asesinatos de concejales del PP, pero en su seno ya se fraguaba la vuelta al poder de los ideólogos de una solución negociada, para evitar un divorcio definitivo con su base social. Y apenas año y medio después, ya se había producido la declaración de tregua.

Que las movilizaciones ciudadanas provocaron una inflexión en el seno de ETA es indiscutible, pero donde no logran ponerse de acuerdo los políticos es el sentido final de estas manifestaciones. Para el PP, la sociedad dio su apoyo a las tesis que defiende. Para los nacionalistas vascos moderados, que también participaron en estas movilizaciones, el pueblo exigió que los políticos hicieran algo más que condenar los asesinatos y actuaran para solucionar de manera inmediata el problema. El caso es que la tregua ha conseguido el objetivo de disolver la indignación ciudadana contra ETA.

El rechazo frontal a ETA entre los ciudadanos se redujo durante el período de tregua desde 65 por ciento hasta el cuarenta y dos, según el euskobarómetro del departamento de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco. Nunca sabremos si este era el único objetivo de ETA al declarar la tregua.

CONCLUSIÓN

No hay ningún estudio sociológico fiable que muestre la reacción de la población vasca ante la ruptura de la tregua de la organización terrorista ETA. Quizá el próximo doce de marzo los resultados electorales nos muestren su influencia en electorado. Sin embargo, la Universidad del País Vasco, a través de su departamento de Ciencia Política elabora semestralmente un “barómetro” de la sociedad vasca. El último, realizado en noviembre, antes del anuncio etarra de vuelta a la actividad mostraba datos muy elocuentes.

Según esta encuesta dos de cada tres vascos aspira a que la comunidad autónoma tenga más competencias. En estos momentos, tan sólo quedan por transferir la Seguridad Social, el Instituto Nacional de Empleo, las cárceles y todo lo relacionado con Asuntos Exteriores y Defensa. Hay una completa autonomía fiscal, una policía autonómica –aunque las fuerzas de seguridad del Estado siguen presentes en la lucha contra el terrorismo- y la vida diaria de Euskadi es administrada en su casi totalidad por las Diputaciones Provinciales, los ayuntamientos o el gobierno autonómico. Eso quiere decir que dos de cada tres vascos reclama prácticamente el estatus de Estado asociado, puesto que si se transmiten los fondos de las pensiones y la asistencia social, la agencia de búsqueda de empleo y los relaciones exteriores y las competencias de Defensa ¿Qué diferencia a esta entidad de cualquier Estado-Nación?

El partido mayoritario en el País Vasco, el Partido Nacionalista Vasco aprobó el pasado sábado su documento de estrategia política en el que pide la autodeterminación del pueblo vasco. Sobre este asunto, la mitad de los encuestados afirman no tener suficiente información, pero casi todos piden un acuerdo político sobre este aspecto. La opción independentista, siempre según la encuesta de la Universidad del País Vasco, es minoritaria: un cuarenta por ciento, pero desde mayo de 1999 hasta noviembre el porcentaje ha aumentado en nueve puntos. Esto quiere decir que la acción política de los nacionalistas en el Gobierno Vasco ha tenido un enorme efecto sobre la población. El estudio revela también que el 51 por ciento de los vascos votaría ahora a favor de la Constitución española de 1978. En el referéndum celebrado en diciembre del 78 sólo votaron afirmativamente el 31 por ciento de los ciudadanos vascos censados.

Estos datos muestran una división casi en dos mitades de la sociedad vasca, que hace inviable la imposición de los presupuestos políticos de una de las partes, exista una organización terrorista o no exista, haya voluntad política por el gobierno central de cambiar las cosas o no la haya. La imposición con este mapa social es imposible y todos deberán acostumbrarse a buscar consensos que hoy por hoy parecen utópicos. Pero hace diez años nadie en su sano juicio habría adivinado que en el año 2000 no habría violencia en Irlanda del Norte y así es, con un gobierno de concentración, en el que se sientan exdirigentes del IRA y renombrados políticos protestantes.

El gobierno debe tomar buena nota de algunos de los datos de esta encuesta: dos de cada tres vascos estaba en noviembre a favor de la negociación entre ETA y el gobierno, y siete de cada diez consideraban que uno de los temas a negociar era el derecho a la autodeterminación.

Pero esta realidad no es uniforme. Los nacionalistas incluyen en su proyecto de nación vasca a Navarra, donde apenas alcanzan el apoyo electoral del veinte por ciento de los votantes y al País Vasco Francés, donde su predicamento social es simbólico. Pero ni siquiera en la Comunidad Autónoma Vasca es uniforme el apoyo a las tesis nacionalistas. Es mayoritario en Guipúzcoa, pero es minoritario en Alava. Así no parece posible que los alaveses o los navarros se sumen a un hipotético País Vasco independiente. La imposición, por la vía política merced a una exigua mayoría para el PNV, gracias a la actividad armada para HB y ETA, supondría una fractura social de incalculables consecuencias.

En este asunto se ha producido una preocupante vuelta atrás en la sociedad vasca. A principios de la década de los noventa los que entonces eran los dos principales partidos políticos de Euskadi, PSE-PSOE y PNV, diseñaron simultáneamente una estrategia de unión social. El PNV aprobó el denominado “Espíritu del Arriaga”, en el que tendía la mano a los no nacionalistas para conseguir una mayoría social que le permitiera gobernar en solitario. Por su parte, el PSOE se fusionó con Euskadiko Ezkerra, una fuerza política nacionalista, que diez años antes era el brazo político de ETA (P-M), pero que había mostrado un enorme pragmatismo para resolver este problema y mantenía posturas socialdemócratas y moderadas. Ambos buscaban así sus votos y su mayoría social entre nacionalistas y no nacionalistas, y de hecho esa estrategia sirvió para que ambos compartieran el gobierno vasco durante toda la década. Pero ahora el PNV ha vuelto a encender la llama de las dos comunidades (los de aquí y los de Madrid) y el PP otro: «los demócratas y los nacionalistas». Ambas posturas muestran brotes totalitarios: nadie puede ser vasco si no es nacionalista o nadie puede ser demócrata si no es antinacionalista.

Pero, sin tener en cuenta las consideraciones políticas y sociológicas, hay otro factor que dificulta curar las heridas. Esta consideración sirve para otros ejemplos, ahora muy debatidos, como el “caso Pinochet”. El primer paso para la reconciliación es que las víctimas sean recompensadas, no sólo materialmente como se ha hecho en España. Hay una clara línea divisoria entre víctimas y verdugos, y si los verdugos quieren que se haga borrón y cuenta nueva, lo mínimo que deben de hacer es reconocer el daño causado y devolver la dignidad a sus víctimas. Da igual que éstas sean de un color o de otro. Cualquiera que haya asesinado, secuestrado, torturado, o cometido desmanes debe pedir disculpas y devolver su dignidad de persona a la víctima. No es una cosa, no es “el enemigo” abstracto, que se puede eliminar sin más. Es una persona y merece volver a serlo, incluso para quienes lo asesinaron.

A menudo se ha puesto como ejemplo la transición de la dictadura a la democracia en España y se ha aplicado en lugares como Chile o Argentina. Los errores se han repetido. Las víctimas de Franco, Pinochet o Videla eran cosas, enemigos a exterminar, plagas que destruir. “ Cumplimos con nuestro deber y ya hemos acabado. Ahora sigan ustedes”. Mala manera de empezar el libro. No cumplieron con su deber. Fueron unos asesinos y nosotros perdonamos para seguir adelante. Esa debe ser la realidad también con ETA. No fue así en la disolución de ETA político militar, aunque en algunos casos, como el del condenado en el proceso de Burgos, Teo Uriarte, el coraje personal les llevó a reconocer que se equivocó y disculparse.

El problema es que el abandono de las armas nunca tiene que ver con las consideraciones éticas. Es un problema de oportunidad política. Cuando la organización terrorista ETA asesinó al concejal del PP en el ayuntamiento de San Sebastián, Gregorio Ordóñez, uno de los fundadores de ETA, Julen de Madariaga, abandonó HB en protesta por este acto. Cuando lo entrevisté dejó muy claro que la esperanza estaba lejos de llegar: «no es una condena ética. Simplemente este camino no sirve para lograr la liberación nacional” . Así de fácil. No sirve. Ese no puede ser el argumento. Quien quiera el perdón debe saber que el problema no es que la violencia ya no sirva. Aunque sea útil para sus intereses, es repugnante.

De lo contrario, el borrón y cuenta nueva es simplemente una carta de impunidad. Así Lavín puede presentarse como un demócrata que llevará el cambio a Chile. Así los mercenarios que asesinaban durante el franquismo formaron después el batallón vasco español y luego los Gal y siguieron asesinado activistas de ETA en la democracia. Así dejamos claro a todos los asesinos que sí sirve la violencia.

Puede que resulte utópico pedir que una cierta ética sacuda las conciencias de quien asesina a sangre fría. O que se pida a los políticos que se sienten a dialogar y encuentran un lugar de encuentro para apenas dos millones de vascos. No me parece tan difícil. ¿Qué es lo quiere una inmensa mayoría? La paz, más competencias, decidir libremente su futuro. No veo el inconveniente. ¿Qué quieren los terroristas para dejar de matar? ¿El perdón? Que lo pidan. Las sociedades tienden a cerrar las heridas muy rápido, a veces demasiado rápido. Tanto que a las víctimas y a sus allegados, a todas las víctimas defendieran la bandera que defendieran, les sigue sangrando mientras ven a sus verdugos dando lecciones de democracia. Pero eso ha ocurrido ya en España con la Dictadura y al parecer la transición fue modélica.

La dificultad fundamental es que el partido mayoritario en el resto de España, el PP, no cuenta con la principal fuerza política de Euskadi, el PNV, que, como afirma el expresidente del gobierno Felipe González, es imprescindible para alcanzar una solución, a la vez que el PNV no cuenta con la mitad de la sociedad vasca a la hora de buscar una solución política. Quizá cuando pasen las elecciones, el próximo día trece de marzo, y con cuatro años por delante, los políticos dejen de pensar en las próximas elecciones, y por un período de dos o tres años, se vuelvan estadistas y piensen en las próximas generaciones. Quizá los terroristas, que el 22 de febrero, con el asesinato de Fernando Buesa volaron todos los puentes de una posible solución, busquen después una salida. Pero, esta reflexión sólo es posible en un grupo violento por la presión popular, en la calle, como en Ermua, o en las urnas.

Bibliografía:

“Ermua, 4 días de julio” (El País Aguilar 1997)

“ETA, Historia política de la lucha Armada” ; Luigi Bruni. Txalaparta, Tafalla 1996

“Historia de ETA”. José María Garmendia. Haramburu editor. San Sebastian 1995

“De la negociación a la tregua”. Florencio Domínguez. Taurus. Madrid 1998.

“Historia del nacionalismo vasco en sus documentos”, Tomo I. Javier Corcuera y Yolanda Oribe. Eguzki, Bilbao 1991

Diario “El País”

Si desea ver más información lea (%=Link(5492551,»»)%), (%=Link(1694303,»»)%) del periodista español Agustín Madariaga

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