Opinión Internacional

Mandela, diez años de libertad

En Sudáfrica, André Brink, uno de los intelectuales blancos que con mayor valentía se opuso al régimen del apartheid y participó en todas las campañas organizadas para la liberación de Nelson Mandela, se interroga sobre el camino transcurrido desde aquel febrero de hace diez años cuando el dirigente salió libre del penal de Robben Island, después de tres décadas de confinamiento.

Es un testimonio importante, porque junto a otros escritores y artistas de la talla de la Premio Nobel Nadine Gordimer y Breiten Breitenbach, Brink se mantuvo sordo a los halagos y desafiante a la coerción de los gobiernos racistas que se sucedieron en Pretoria desde 1948; y por la objetividad de quien respaldó siempre al Congreso Nacional Africano y reclama ahora el derecho a señalar las deficiencias del proceso iniciado en abril de 1994, con las elecciones que impusieron a Mandela como el primer presidente negro de la república.

Ha sido, pues, un decenio de auge y eclipse parcial para Mandela, afortunado hasta cierta medida porque el largo encierro magnificó su liderazgo moral y lo mantuvo al margen de las querellas internas del movimiento revolucionario, y le permitió una profunda reflexión política y humana que le ha eximido de jugar el lamentable papel de quienes, en general, condujeron en Africa la lucha contra el colonialismo.

Coincidencialmente, el pueblo de Zimbabwe asestó hace un par de semanas un contundente mazazo a la reforma constitucional con que Robert Mugabe aspiraba ahondar todavía más una hegemonía de 20 años que exhibe en la antigua Rhodesia un balance económico lamentable y las clásicas manifestaciones de corrupción administrativa y nepotismo que son, según parece, inevitables; y en Zanzíbar, el exótico portal africano hacia el Océano Indico, la gente se moviliza contra las pretensiones continuistas del presidente Salmin Amour, que ya ha disfrutado dos periodos en el poder sin que el país tenga nada que agradecer a sus desvelos.

Mandela, por el contrario, no bien se disiparon los festejos de la histórica juramentación y consciente de su papel iconográfico y de la enorme contribución que ya había brindado con su martirologio, empleó su prestigio para consolidar la influencia regional y el perfil de su país a escala internacional, resolvió sus propios problemas afectivos y dejó en manos del vicepresidente Thabo Mbeki el fastidioso manejo burocrático que muele como trapiche y crea enemigos al administrador mejor dotado; en tanto que el Partido Nacional opositor le facilitaba la tarea al retirarse del gobierno y enfrascarse en los ajustes de cuentas que, en Sudáfrica como en cualquier otro lugar, suelen acompañar a las debacles electorales.

Eso explica el pobre balance administrativo de su quinquenio de alto contenido político centrado en los trabajos de un Comité de Verdad y Reconciliación, según el principio cardinal de perdón sin olvido; en la reafirmación de los derechos civiles de la enorme mayoría negra y en obras públicas de emergencia para atenuar la marginalidad en los miserables townships heredados del apartheid.

Que el pueblo recibió con beneplácito esos cambios aunque modestos en la dignificación de su cotidianidad, lo demostró el caudal obtenido por el ANC en las elecciones de 1999, permitiéndole controlar de manera casi absoluta los gobiernos provinciales, si bien le negó por sólo un voto en el Parlamento los dos tercios necesarios para enmendar a su antojo la Constitución.

La realidad económica que revelan las estadísticas es, sin embargo, menos glamorosa, y de ello es expresión la fuga de cerebros, pues casi un cuarto de millón de personas, (sobre todo de los grupos de mayor nivel profesional) emigraron hacia los Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Australia y Nueva Zelandia entre 1989 y 1997, sin que fuesen compensados por el flujo hacia Sudáfrica, que fue siempre favorable; entre otras cosas por la legislación aun vigente que restringe el acceso de personal gerencial y académico calificado

Por eso es significativa la advertencia de André Brink, quien junto con resaltar los avances en materia de salud, educación, agua potable y alojamiento, advierte que “la política de acción afirmativa ha permitido que algunos avancen pero miseria para muchos; el progreso se ha visto empañado por la arrogancia, la corrupción y la flagrante estupidez de muchos advenedizos entre los poderosos bien remunerados; una ola de violencia (parte de ella, aunque no toda, fruto de las injusticias e inequidades del apartheid) amenaza con devorar el país; los nobles ideales de transparencia, honestidad y democracia que el Congreso Nacional Africano proclamó alguna vez con orgullo han sido teñidos por los actos de muchos de su propia élite en el poder y los derechos de la minoría están en peligro por la tiranía de la mayoría”.

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