Opinión Internacional

Menos histeria y más libre comercio

Si algo muestra contundentemente la poca imaginación de la élite política de los Estados Unidos en cómo manejar su política exterior hacia Latinoamérica, es la propuesta del Senador republicano de Wisconsin, James Sensenbrenner en materia de inmigración ilegal, que generó multitudinarias protestas de la comunidad hispana en las calles de ese país. La propuesta de este personajillo es simple: Construir un muro de 1.130 kilómetros en su frontera con México; convertir en criminales, reos de prisión, a los 11.5 millones de inmigrantes residentes ilegales en los Estados Unidos, y convertir en criminales a quienes ayuden a dichos inmigrantes. Afortunadamente, la presión en las calles de los hispanos en ese país, hizo repensar las cosas al Congreso, y ahora la propuesta de reforma es bastante más moderada.

El trabajo de esos inmigrantes ilegales que el senador Sensenbrenner desea encarcelar es una fuente financiera de primer orden en muchas de las democracias latinoamericanas cuya estabilidad conviene a los Estados Unidos. Las cifras de 2004, de un reciente informe del BID, así lo revelan: Ese año, en Bolivia, las remesas duplicaron el ingreso por turismo; en Colombia, superaron el monto de lo obtenido por ayuda internacional e inversión extranjera directa, combinadas; en Brasil alcanzaron el 175% de lo ingresado por turismo; en República Dominicana, alcanzaron el 9.1% del PIB; en Ecuador es la segunda fuente de divisas; en El Salvador el monto supera en más de 80% lo ingresado por exportaciones. Esta fuente de ingresos está financiando las endebles democracias latinoamericanas. No es la donación internacional, ni la inversión extranjera directa, ni mucho menos el libre comercio lo que está evitando el colapso de muchos países latinoamericanos.

De hecho, los acuerdos de libre comercio tan cacareados desde el Norte, más bien son de comercio administrado. Están plagados de cláusulas proteccionistas que limitan el acceso de exportaciones latinoamericanas o incluso, las posibilidades tecnológicas de competir a futuro, como es el caso de las cláusulas que protegen las patentes de invención, vergonzosos monopolios legales irónicamente insertados en nombre del libre comercio, que inhiben la capacidad creadora de los países latinoamericanos, lo que nos permitiría replicar modelos de desarrollo acelerado semejantes a los que en su oportunidad tuvieron Japón, Corea, Taiwán, Singapur, China continental o la India.

Asusta la poca imaginación de la élite política norteamericana para concebir una política exterior coherente. Sus contradicciones son francamente grotescas: Promueven el libre mercado hacia dentro de Estados Unidos, para los americanos, pero se lo niegan a países con democracias jóvenes, precarias o en franco deterioro, o a inmigrantes trabajadores de estos países a quienes desean poner tras las rejas. Mientras la política exterior norteamericana esté condicionada por la histeria, la consolidación de regímenes terroristas en Latinoamérica no es una hipótesis descabellada. Mucho plomo podrían ahorrarse los gringos con más libre comercio y menos histeria.

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