Opinión Internacional

Nacionalismo y democracia

Madrid (AIPE)- Los sentimientos nacionalistas nos hacen perder la calma, incluso a quienes, como yo, no somos nacionalistas, ni de Cataluña, ni de España, ni de Europa, aunque sí seamos patriotas.

Como discípulo que fui de Karl Popper y Friedrich Hayek, encuentro imposible compaginar liberalismo y nacionalismo: para el uno, era necesario conseguir sociedades cada vez más abiertas basadas en la autonomía individual; para el otro, la nación no era más que la versión moderna de la tribu transformada por el colectivismo integrador. Eran sin duda patriotas, en su caso, patriotas de adopción de la Gran Bretaña que les había acogido cuando huían de la barbarie racista alemana: Popper aceptó con alegría el título de “sir” que le concedió la reina de Inglaterra y Hayek mantuvo su pasaporte británico hasta el final de sus días, aun cuando fijara su residencia en EEUU y en Alemania. Pero defendieron siempre el individualismo por sobre las emociones colectivas. Para ellos, lo que une a los ciudadanos es la ley más que la sangre y el suelo.

Ya sé que en el siglo XIX, liberalismo, democracia y nación eran ideas gemelas. Muchos creían que las libertades individuales expresadas en el sufragio desembocaban naturalmente en la autodeterminación colectiva. Mas la experiencia de los horrores del siglo XX ha hecho ver que hay que delimitar muy claramente los derechos individuales de los pretendidos derechos comunales. Los individuos necesitan sin duda el marco de un Estado democrático para relacionarse políticamente: sólo en ese marco aceptan que les gobiernen sus rivales políticos cuando éstos han conseguido una mayoría de votos (en general, relativa y temporal). Pero no debe olvidarse lo dicho por James Buchanan, otro filósofo de la libertad: “la autodeterminación, como extensión del principio liberal de que declara lícitos los acuerdos voluntarios entre los sujetos que los suscriben, sólo es aceptable en la medida que esos acuerdos no tenga repercusiones negativas graves sobre terceros”. La autodeterminación nacionalista tiene a menudo un carácter total, que en su versión extrema niega la personalidad política e incluso personal a quienes no participan del entusiasmo metafísico de la nación en marcha.

No tengo ni necesidad de decir que en Cataluña el nacionalismo es pacífico y tolerante: cualquiera que haya tenido la suerte de experimentar la generosa hospitalidad de los catalanes lo sabe. Sin embargo, veo tendencias, inclinaciones, derivas que son inquietantes por su parentesco con posturas fundamentalistas. Así lo expliqué en el artículo sobre Pla, un catalán puro si los hubo, que tomó partido por Franco, como también lo hizo Cambó, reaccionando contra la opresión sufrida en el campo republicano. Quizá yo sea demasiado sensible al peligro de determinados mensajes políticos, por haber tenido que soportar el adoctrinamiento sistemático de los vencedores de la guerra civil. Hice mal en decir que la defensa del catalán en la Cataluña de hoy tiene un carácter semejante a la imposición violenta del castellano por los nacionales. Yo también sentí la opresión de ese régimen, por monárquico y liberal, hasta el punto de verme despojado de la oposición ganada y sufrir un confinamiento forzoso, que supusieron mucha perturbación para un joven que intentaba abrirse camino en la vida. Debo decir que nada de lo que ocurre en Cataluña se parece a eso.

No me negarán, sin embargo, que hay políticos que se ofenden de que en el Parlament se hable castellano, que buscan convertir a Cataluña en una Comunidad monolingüe, pese a que según la Constitución el catalán y el castellano son co-oficiales. Tampoco me negarán que la historia de Cataluña que se enseña en las escuelas es en muchos puntos discutible y recuerda el tipo de saga que se enseñaba bajo el régimen anterior: idéntico preguntarse por el ser de la nación en decadencia, mismos quejidos por las derrotas infligidas a manos de sañudos enemigos, parecidos deseos de reconstruir imperiales territorios por encima de los mares. Incluso noto a veces un soplo de nacional catolicismo en algunas declaraciones clericales.

Acabo de pasar unos días en Valencia, tierra que igualmente conozco bien. Quizá porque se me ha festejado tanto, he vuelto con la sensación de que allí el ambiente es muy distinto del que se trasluce en Cataluña de los discursos de los electos, los debates de la televisión, las afirmaciones de los tertulianos. La política no lo invade todo como ocurre en momentos de fragor nacionalista. Las conversaciones giran alrededor de los negocios, la fábrica, la exportación, las fiestas, los deportes, la música, el nuevo museo de la Ciencia, la vida corriente. Hubo desbordante alegría por la ubicación de la copa de América. “¡Cómo nos ha ayudado el rey! ¿Llegará el AVE a tiempo? ¡El nuevo puerto va a transformar la ciudad!” Todo esto saltando del valenciano al castellano, sin exclusiones ni reivindicaciones, como también los catalanes fuera de períodos electorales. Y sin quejarse de Madrid, ni de Felipe V, que fue más duro con ellos que con los catalanes.

(*):Catedrático de la Universidad San Pablo CEU y columnista del diario La Vanguardia.

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