Opinión Internacional

Norcorea, Cuba y Venezuela

Al cabo de 7 años de la llamada «revolución bolivariana», nuestro país tendrá el muy demencial «privilegio» de contar con un «poder legislativo» monocolor y monocorde que, hoy por hoy en el mundo, sólo también existe en Norcorea y Cuba. Ni siquiera la satrapía de Mugabe en la sufrida Zimbabue puede exhibir semejante atrocidad política.

Total que la supuesta democracia participativa llegó a donde iba a llegar: la imposición de un Estado que sólo representa a una parcialidad y que excluye al resto de la sociedad de cualquier tipo de contrapeso institucional al parecer del mandamas de Miraflores. En otras palabras, todo el poder para Chávez y su entorno.

Se trata de una realidad impresentable a los ojos de la comunidad internacional. Se trata, así mismo, de un retroceso decimonónico para la cultura democrática de Venezuela. De nada valdrán los cuentos de camino sobre el carácter «plurisocial» de la Asamblea Nacional. A partir de su instalación el 5 de enero de 2006, aquello será una caricatura grotesca de parlamento y una bofetada constante a la diversidad política de los venezolanos.

Además, esa Asamblea de boinacolorá es el resultado de unas elecciones con un récord histórico de abstención. De cada 10 electores, 8 prefirieron no concurrir a la votación del 4-D. Su legitimidad, por tanto, es harto defendible y bastaría recordar las palabras del propio Chávez sobre lo que significa la mayoritaria abstención para entender la gravedad de la situación.

En la presentación del «mapa estratégico de la revolución», el 12 de noviembre de 2004 en Fuerte Tiuna, el presidente Chávez afirmó que «la abstención sería una gigantesca derrota política para nuestro movimiento». En esa misma línea de alarma expresó: «o tenemos el apoyo popular y lo incrementamos con participación, o no lo tenemos y nuestro destino será la muerte política: ¡escríbanlo!, porque así será»….

Palabras que no le agradará recordar, ahora que los presagios de entonces se hicieron realidad por la conducta de ese 80% del electorado que no participó en el plebiscito parlamentario. La «nueva» Asamblea Nacional es la consecuencia directa de ese oceánico vacío que puede convertirse en protesta activa de impredecibles efectos.

De enero en adelante ya en el Palacio Legislativo no habrán diputados sino alzamanos, no habrán jefes parlamentarios sino comisarios de Miraflores. El poco vestigio de autonomía que le quedaba a la anterior quedará vuelto papelillo. La Asamblea, por tanto, se emparejará al TSJ o al CNE en su carácter exclusivamente oficialista.

Una razón adicional por la cual Caracas se parecerá a La Habana y a Pyongyang. Con la gran diferencia, claro está, que el pueblo norcoreano y el cubano no tienen tradiciones de convivencia democrática, mientras que el nuestro, a pesar de todos los pesares, lleva a la democracia en su gentilicio.

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