Opinión Internacional

Nuestros demonios

La lectura de Los Demonios, clásico de F. Dostoiévski, me hizo pensar sobre la soplonería en la política. Procedimiento muy utilizado en el Estado Novo, cuando la simple cualidad de opositor asumía aires de comunismo, se refinó en los años de la dictadura militar. Tal vez el ejemplo más cabal sea el Cabo Anselmo N. del T

Esa práctica contribuyo a diezmar la oposición a los dictadores.

Ese clima perduró en los años 80. En aquella época fui a entrevistar, en un imponente edificio en el centro de la capital paulista, a un alto miembro del Partido Comunista. Él me recibió con desconfianza. Cuestionó el hecho de que yo llevara el libro del imperialista Foster Dulles (Anarquistas y comunistas en Brasil) y cómo podría yo garantizar que no fuese miembro de la policía. Respondí que ésta ya estaba bien pertrecha de informaciones, Argumenté que el desconocimiento favorece al clima anticomunista de la cacería de brujas. Y, pensé que él sería suficientemente inteligente como para hablar sólo de lo que considerara oportuno. La entrevista se realizó.

Exactitud es comprensible. Vivíamos un tiempo donde la inseguridad política seguía siendo intensa. Mi investigación, que dio lugar al libro Historia de las Tendencias en Brasil, todavía era tabú. Era una época en que la delación como arma política asumía forma de rótulos (afirmar por los bastidores que tal persona pertenecía a tal organización política podía destruirla políticamente). Ocurría el espionaje realizado por los propios compañeros que, en eventos políticos, observaban quien votaba contra la Articulación, con quién andaba y quienes eran los amigos (una vez alguien me dijo: “Cuidado con fulano, él es comunista. No andes con él”.

Los profetas modernos instrumentalizaban la estupidez de los seguidores. Eran éstos quienes jugaban sucio: espiar, calumniar, denunciar, La víctima pasaba a ser tratada como una especie de delincuente político, un traidor. Tal vez los líderes no creían en esas tonterías, pero no tenían pudor en apoyar tales prácticas, siempre y cuando correspondieran a sus intereses políticos. Había hasta quien callaba, pero apoyaba a los acusadores.

Hubo también un tiempo en que la delación, hecha en nombre de la ética, de la moralidad y de la legalidad, hasta pareció simpática. En la organización burocrática, el delator se vale de las filigranas de la legalidad para destruir al otro. Además de los dividendos políticos, este recurso daba lugar a la exclusión del opositor a la organización. Tal práctica atañe a las ideas y al individuo, a sus relaciones personales, familiares etc., extrapolando el campo de la lucha política.

Desde el punto de vista de la moral —argumento preciosos para el delator— tal recurso no deja al acusador en mejor posición que al acusado. A decir verdad, en el ansia por destruir al opositor, el puritano no considera la bajeza de su procedimiento; no toma en cuenta la esencia de la situación; no considera los factores que llevan a la persona a rebelarse contra la legalidad instituida; no cuestiona la propia legalidad, como si ella fuera un detalle sin importancia. El soplón, cuando le interesa, adopta un discurso de izquierda, anti-burocrático e incluso cuestiona el legalismo.

Lo que está en juego es la utilización de la organización como medio, el control de determinados cargos o posiciones en la estructura burocrática que garanticen el uso de recursos y privilegios y atiendan a la voracidad de quienes ocupan su vida buscando el poder —a pesar de que adopten la retórica que niega el poder. El soplón anhela que lo tomen por paladín de la justicia. He allí como la delación asume la aureola de la defensa de la legalidad y es utilizada como arma que va más allá de la política.

Cambian los medios, permanecen los fines. El maniqueo no percibe los demonios que habitan entre nosotros, ni que, muchas veces, buscando el bien, hacen el mal. Vale la pena leer a Dostoiévski.

N. del T. José Anselmo dos Santos, conocido en la historia reciente de Brasil como cabo Anselmo, nació en 1941 y no se tiene noticia de su muerte. Fue un militar brasilero, líder de la protesta de los marineros que desencadenó la crisis del gobierno de João Goulart en 1964. Anselmo se exiló en Cuba y Chile y volvió a Brasil en 1970.

Pero, el militar fue acusado también de haber actuado como doble-agente, infiltrándose en grupos izquierdistas como la VPR, involucrándose en la represión súbita y violenta de organizaciones guerrilleras y en la prisión, tortura y muerte de militantes de partidos de izquierda. Acusado de traidor, desapareció.

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