Opinión Internacional

Nueva camada de magnates alimenta hegemonía de Putin

Curiosidades, alianzas y fortunas inmensas

Según la revista «Forbes», en Rusia hoy viven 100.000 millonarios. Para una población de 143 millones de personas es un buen número. Más todavía si se tiene en cuenta que antes de la perestroika de Mijail Gorbachov en 1986, técnica y legalmente los rusos ricos no existían. Las privatizaciones y reestructuraciones de las empresas estatales primero, y luego el boom de los commodities minerales e hidrocarburos dieron origen a los magnates. Entre ellos, 87 tienen patrimonios superiores a u$s 1.000 millones. Son los petroligarcas y metaloligarcas de la Rusia de Vladimir Putin.

Hay quienes los llaman los «nuveaux nuevos ricos». Es que a diferencia de la primera camada de poderosos de principios de los 90 -sindicada de «mafia rusa», bullanguera, ostentosa, con excesos de brillos y desbordados al mal gusto-, los magnates de hoy, más discretos, todavía alardean, aunque ahora de su refinamiento. Conversos al multiculturalismo, la vuelta a una Guerra Fría no es óbice para sus inversiones «globales». Hablan varios idiomas, estudiaron en Europa o EE.UU. y, aunque residan en Londres, París o Nueva York, siguen conectados con Rusia.

Respecto de la «conexión», se dice que para hacer negocios en Rusia hay que ser amigo del primer ministro, Vladimir Putin. Y que jamás hay que contradecirlo. Si no, se puede terminar en una cárcel en Siberia, como Mijail Khodorkovsky, el ex dueño de la petrolera Yukos (y también ex magnate ahora), que se negó a cerrar una transacción con Putin. O como Boris Berezovsky, quien en 2000 tuvo que asilarse en Londres por no querer donar u$s 100 millones para un yate de regalo al entonces presidente y por apoyar a la oposición politica. Su dócil socio de ese momento en la petrolera Sibneft sí se avino a la contribución y hoy es uno de los empresarios preferidos de Putin, además de gran amigo del presidente Mijail Medvedev.

Ese empresario dócil es Roman Abramovich (41), sin duda el más conocido de los «nouveaux» oligarcas. En 2005 vendió en u$s13.000 millones su parte de Sibneft a la estatal Gazprom, presidida entonces por Medvedev. Además de haberse comprado el club de fútbol Chelsea, es el mayor terrateniente de Belgravia, el barrio más «posh» (elegante) de Londres.

Tiene una mansión en Aspen y otra en Tel Aviv, además de cinco yates (el último, de 550 pies de eslora y 9 pisos). En el divorcio de su esposa Irina tuvo que sacrificar u$s 300 millones. Ya encontró consuelo: está de novio con la modelo Daria Zhukova (26). Ella lo hizo desprenderse de u$s 200 millones en una galería de arte que imita al Tate Modern londinense, pero en un viejo garaje de ómnibus moscovita.

«Metaloligarca»

El más presentable es el «metaloligarca» Alexei Mordashov (42), dueño de Severstal, la mayor compañía de acero rusa. Con posgrados en Inglaterra, cree en la doctrina del liberal David Ricardo y es el hombre de confianza de Putin: representa a Rusia en sus negociaciones para entrar en la Organización Mundial de Comercio (OMC). De perfil bajo, es el cerebro de las adquisiciones estratégicas rusas en los EE.UU. Severstal acaba de comprar PBS Coals Corp., que provee carbón a la zona de Pittsburg, Pensilvania. Pagó u$s 1.300 millones en efectivo: apenas una pieza en el plan para que Severstal invierta 10.000 millones en la industria acerera de EE.UU.

Vladimir Lisin (52) proviene de la primera camada de oligarcas. Doctor en Economía, discreto,es el dueño de la acería Novolipetsk (NLMK) y el hombre más rico de Rusia. Hace pocos días compró «cash» (u$s 400 millones) BetaSteel, localizada en Indiana, EE.UU. Esta acería complementa la adquisición hecha en agosto de la fábrica de caños de acero John Maneely Co. Los rusos controlan ahora 10% de la capacidad de producción de acero de EE.UU.

Otro de los oligarcas con inversiones globales es Oleg Deripaska (40). Magnate del aluminio con la empresa Rusal, protegido de Putin, su fortuna triplica la de Abramovich. A través de Basic Element invirtió en Magna, la autopartista canadiense. Este mes compró 50% de VN Motori, la fábrica italiana de motores diésel, en la que General Motors es copropietaria. Lo hizo a través de Gaz Group, la mayor productora de autos de Rusia. En algunos proyectos de minería es socio de Peter Munk, el fundador de la canadiense Barrick Gold (que en la Argentina explota las minas de Veladero y Pascua Lama). Su asesor financiero es Nathaniel Rothschild, quinto barón de Rothschild.

Jet set

Playboy y amante del jet set, Mijail Prokhorov (43) era dueño de la gigante del níquel Norilsk hasta hace dos meses, cuando la vendió en u$s 6.000 millones a «sugerencia» del Kremlin. La semana pasada, por orden de Putin, compró 50% de Renaissance Capital, el banco de inversión más grande de Rusia, que se iba a pique en la debacle financiera moscovita.

Pero el glamour ruso cosmopolita también tiene una mujer. Con apenas 16 años, Kira Plastinina es la diseñadora que exporta moda a EE.UU. Kira, claro, es hija de papá Serguei, el rey de una cadena de tambos que apuesta desde hace dos años a la inspiración de la nena. En 2007 abrió 40 locales en Rusia y no dudó en pagarle u$s 2 millones a Paris Hilton por sentarse en primera fila durante el desfile de su marca. En agosto inauguró una sucursal en Nueva York y cinco en Los Angeles. El business plan es que en tres años haya 50 locales en EE.UU.

También a la Costa Azul y Montecarlo llegó el show ruso: los oligarcas compran mansiones, navegan megayates y ocupan los mejores hoteles. Para codearse con los «royals», Putin sale de pesca por Siberia con el príncipe Alberto de Mónaco. Hasta le habría regalado la «dacha» (cabaña) que Alberto construye en las colinas de Mónaco. Eso sí: este mes, con el recalentamiento de la economía, el premier ruso no dudó en comportarse como un Romanoff. Según algunos informes, les ordenó a sus oligarcas que regresasen a Rusia las ganancias que se llevaron afuera. Con lo cual, los empresarios perdieron su independencia y Rusia y Putin conservaron sus reservas.

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