Opinión Internacional

Nuevos tiempos viejos

Recuerdo la sensación, no enteramente grata, de aceleración de cambios que uno experimentaba durante las dos últimas décadas del siglo veinte. A partir de 1979 se vino abajo la estructura de equilibrios Este-Oeste y Norte-Sur a la que estábamos acostumbrados. Un engranaje de transformaciones tecnológicas, económicas, sociales y culturales acabó con las viejas correlaciones de fuerza y las ideologías tradicionales. La dinámica de las “fuerzas profundas” permitió el victorioso ascenso de los líderes de una contrarrevolución neoconservadora dirigida contra el comunismo, la socialdemocracia, el sindicalismo, el dirigismo keynesiano y el movimiento de emancipación del tercer mundo. Margaret Thatcher y Ronald Reagan tomaron las riendas de un nuevo orden imperial basado en los postulados de la doctrina económica neoliberal, creada por Hayek, Von Mises y Roepke, para luego plasmarse en Milton Friedman y la escuela de Chicago.

Cayó el muro de Berlín y, con él, la bipolaridad. Un directorio de países industrializados con economía de mercado y gobierno democrático, sorprendidos y un tanto asustados por su inesperada victoria, fabricaron el consenso de Washington y así se inició una sorprendente década de globalización, liberalismo económico y democracia representativa, bajo la supervisión hegemónica de los Estados Unidos y sus aliados. Hegemonía generalmente exitosa y benévola, con “buenos emperadores” como Bush I y Clinton.

Pero la negligencia de aquellos poderes ante la exclusión social y la asimetría entre niveles de desarrollo fue demasiado grande. Viejos socialdemócratas o socialistas democráticos como nosotros, nos asombrábamos ante el craso olvido de los problemas de desigualdad y de exclusión en los análisis que algunos economistas oficiales elaboraban en la década de los noventa. Recuerdo mi sorpresa cuando uno de ellos me dijo literalmente que “los pobres no cuentan porque no tienen poder”.

Con el inicio del nuevo siglo y milenio, el panorama mundial cambió nuevamente, esta vez en forma brusca y explosiva. El ataque terrorista del 11-9-01 contra Nueva York y Washington indicó que, de la peor manera posible, los viejos tiempos anteriores a Thatcher y Reagan estaban resucitando. Del tercer mundo, cuyas frustraciones habían sido dejadas sin atención ni respuesta, surgió de repente una versión deformada, perversa y reaccionaria de lo que en mejores épocas habían sido movimientos de liberación nacional y social. Los islamistas fanáticos y parafascistas habían logrado llenar los vacíos causados por la previa supresión y destrucción de fuerzas progresistas en el mundo musulmán.

Pasó otro lustro, y el fracaso de la acción armada de Estados Unidos en Asia occidental indicó que la acción militar represiva no es suficiente para ganar una guerra que, en última instancia, tiene sus orígenes en el contraste entre desarrollo y subdesarrollo. Por ello últimamente se percibe en el mundo entero un retorno parcial a los viejos tiempos, cuando era normal hablar del papel del Estado en la vida económica y buscar vías de desarrollo integral mediante un equilibrio entre el mercado y un poder democrático regulador. Trasladado al plano internacional, ese equilibrio significa que la globalización o mundialización, inevitable por el avance en la comunicación del conocimiento, no debería ser dejada al arbitrio de las ciegas fuerzas del mercado sino transformada en una mundialización negociada entre naciones y la sociedad civil internacional..

En América Latina, esta nueva conciencia que hace revivir algunos elementos de los viejos tiempos, ha surgido y ganado fuerza en los años recientes. Ella se expresa a través de fórmulas políticas que suelen ser clasificadas como de izquierda o de centroizquierda. Frente al paradigma de la globalización liberal, plantean el concepto de un regionalismo a la vez autonomista y consciente de la interdependencia mundial. Ante la problemática social interna de nuestros países, buscan la conciliación entre el crecimiento productivo y una mejor distribución del ingreso, a fin de reducir asimetrías e injusticias tradicionales y novedosas. Tal estrategia requiere, antes que nada, la existencia de marcos políticos democráticos, pluralistas y tolerantes, propicios para el diálogo constructivo.

La concreción de una América Latina consensuada en torno a tal objetivo se torna difícil cuando la izquierda regional se divide entre, por un lado, gobernantes socialdemócratas, y por el otro lado mandatarios que, fascinados por fallidas experiencias pasadas, sueñan con tipos de “socialismo” que se asemejan al modelo político comunista. Es difícil la concertación entre estas dos “izquierdas” tan antagónicas con respecto al valor fundamental que es el de la libertad. Sin embargo, no hay que perder la esperanza de que, por razones de interés bien ponderado, los más radicales entiendan la conveniencia y necesidad de dialogar con los más moderados para encontrar bases de convivencia constructiva.

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