Opinión Internacional

Otro mito que se viene abajo con la enfermedad de Castro: el de la maravillosa Sanidad cubana

Viajé por primera vez a la Cuba de Castro hace una docena de años, tal vez algo más, invitado por la familia Escarrer, entre un nutrido elenco de periodistas españoles, para asistir a la inauguración de uno de los grandes hoteles del Grupo Meliá en Varadero. Me llamó enseguida la atención la obsesiva burocracia del Régimen, las laboriosas acreditaciones, los controles, la vigilancia permanente de aides de chambre que en realidad no pasaban de ser simples espías del Ministerio de Información.

Me enamoró Cuba a las primeras de cambio. Hay algo en esa isla, imposible de encontrar en el resto de Iberoamérica, que hace a los españoles sentirse como en casa. Entendí de inmediato algo de la famosa «crisis del 98» y el drama que para España supuso su pérdida. Tras unos días de estancia en La Habana, viajamos a las playas de Varadero. El «Día D» marcado para la inauguración oficial del establecimiento, a cargo del propio Fidel Castro, la «Heroica Brigada 123, que había sido capaz de construir el hotel en tan sólo 275 días» estaba formada a pleno sol, reluciente casco rojo a la cabeza, desde las tres de la tarde, en la explanada de entrada al edificio.

Apareció a las 17:00 en punto. Allí estaba el Glorioso Comandante, embutido en su brillante traje verde oliva, como recién salido de la planchadora, firme sobre un improvisado templete, dispuesto a obsequiarnos con uno de sus discursos. Me impresionó su figura. Uno había militado en el PCE –pecadillos de juventud- en vida de Franco y Castro seguía teniendo un aura especial, a medio camino entre la Historia y el Mito, entre millones de europeos y, naturalmente, españoles.

Confieso que me las prometía felices. Gabriel Escarrer había anunciado rueda de prensa con Castro tras la ceremonia, todo un suculento plato capaz de satisfacer el paladar del periodista más exquisito. ¡Fidel Castro vivito y coleando a disposición de una docena de plumillas españoles…! La ocasión, por otro lado, no podía estar mejor elegida: la carencia casi total de petróleo, a cuenta de la caída de la URSS, había obligado al dictador a importar casi un millón de bicicletas chinas, y la gran prensa europea especulaba aquellos días sobre un eventual cambio de rumbo del Régimen hacia algún tipo de apertura.

Pronto perdí toda esperanza. Tras un agotador sprint hacia el gran salón donde iba a tener lugar el evento, apenas conseguí situarme en séptima u octava fila, las primeras ocupadas por una interminable retahíla de micrófonos y cámaras de televisión, en su mayor parte pertenecientes a sindicatos y Partidos Comunistas de los lugares más variopintos. Por un instante pensé que Fidel se disponía a declarar la guerra al imperialismo yanqui, ya era hora, que tal era la expectación despertada, pero pronto mis ilusiones se evaporaron: el tenor de las preguntas despedía el insoportable hedor del peloteo más escandaloso, destinado al puro lucimiento del condukator.

De modo que dejé de levantar la mano. Distraído andaba yo mirando las musarañas cuando, en un momento dado, el vicepresidente del grupo Meliá se me acercó para rogarme que volviera a intentarlo, porque el Ministro de Información cubano me iba a conceder la palabra. Y me la concedió. De pie, y tras un corto exordio sobre la figura de Castro y su relevancia en Europa, entré directo al grano: «¿En qué condiciones estaría usted dispuesto a abanderar un proceso de apertura conducente a la celebración de elecciones generales libres?».

Un silencio espeso cayó sobre el inmenso salón, mientras Castro, los ojos fijos en mi persona, comenzaba a recitarme todas y cada una de las conquistas de la Revolución, «parece mentira que ustedes, que durante ocho siglos sufrieron la dominación árabe, vengan ahora a recomendar que Cuba se rinda al imperialismo yanqui», el litro de leche para los niños, progresivamente enfadado, la sanidad para los pobres, casi iracundo, la educación gratuita, sudando ya a chorros, «y además, compañero» terminó, casi furioso, apuntándome con su largo dedo índice, «usted no tiene derecho a meterse en los asuntos internos de Cuba, como yo no me meto en los asuntos internos de España…».

Se levantó de repente, como impulsado por un resorte, poniendo abrupto punto final a la fiesta. Pasó a menos de cinco metros de mi humilde persona, mesándose los cabellos empapados de sudor con un inmaculado pañuelo blanco, seguido por un Escarrer petrificado por el susto, camino del salón anexo donde se iba a celebrar la cena de inauguración del hotel, media langosta y medio pollo por barba, dos lujos inconcebibles por aquel entonces para los trabajadores de «La Heroica Brigada 123». «Tardó más de un cuarto de hora en serenarse», me diría al día siguiente el hotelero, muy afectado por el incidente.

Inmediatamente un discreto cordón sanitario se estableció en torno a mi persona entre los funcionarios que el Ministerio de Información había puesto para ayudarnos en lo que fuera menester. Se acabaron las bromas: me había convertido en un sospechoso, un desafecto al Régimen. Como las miles de prostitutas que en La Habana o Varadero trataban de ganarse la vida al margen de las conquistas de la Revolución. Como los miles de personas que seguían intentando escapar del paraíso socialista, muchos de los cuales pagarían el intento con su vida.

Castro efectivamente no abrió el Régimen. Mi segunda y última visita, unas vacaciones familiares en el maravilloso Cayo Guillermo hace tres o cuatro años, me reveló el creciente descontento de grandes capas de población con el castrismo. Particularmente en La Habana, donde la gente despotricaba ya sin apenas tomar precauciones. El mito del vaso de leche para todos los niños cubanos se ha quedado viejo, como el de la educación gratuita. Ahora se nos acaba de caer con estrépito otro de esos mitos: el de la medicina cubana, el de la potencia médica de Cuba.

Y es que para desgracia de Castro y de todos los dictadores que en el mundo han sido, los humanos somos una especie ciertamente rara: una vez que tenemos las necesidades materiales más indispensables satisfechas, nos da por anhelar libertad, sobre todo si, además de saciados, estamos leídos. Con la andorga llena, nos da por reclamar libertad, exigir libertad, dar la vida incluso por esa aspiración de libertad. Es algo que las dictaduras nunca entendieron. Ni en España, ni en Cuba.

Enlace original:

http://www.elconfidencial.com/opinion/indice.asp?id=2190&edicion=27/12/2006&pass=

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