Opinión Internacional

Pacto de Sangre

Claudio de Acha, Horacio Ungaro, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y Pablo Díaz estudiaban bachillerato en la ciudad de La Plata. Tenían entre 14 y 18 años de vida. Fueron secuestrados el 16 de setiembre de 1976, pocos meses después del golpe militar encabezado por Jorge Videla en Argentina.

Bajo la complicidad de la noche, un “Grupo de Tareas” (inter-fuerzas) ingresó a sus casas con el fin de eliminar sus sueños adolescentes. Los únicos testigos de esa interminable oscuridad fueron sus padres, abuelos y hermanos, estremecidos ante el espectáculo que mostraba a muchachos amordazados, con los ojos vendados y torturados desde el momento de su captura por una patota de encapuchados cebados contra sus víctimas indefensas.

Claudio, Horacio, María Clara, María Claudia, Francisco, Daniel y Pablo fueron llevados a un campo de concentración. Los golpearon. Les quitaron las uñas de los pies con tenazas. Recibieron descargas eléctricas en las partes íntimas del cuerpo. Las dos Marías fueron sistemáticamente violadas durante el cautiverio. Por fin, sus cuerpos destrozados se esfumaron entre otros 30 mil muertos y desaparecidos, producto de la represión que caracterizó el llamado “Proceso” argentino. Centenares de esos muertos y desaparecidos eran niños y adolescentes.

El delito que habían cometido los muchachos fue pedir que se cumpliera un decreto provincial que otorgaba el pasaje estudiantil preferencial. Era demasiado para la tolerancia del “Proceso”.

Los jefes del “Proceso” diseñaron una forma de compromiso para que los miembros de los “Grupos de Tarea” se graduaran de asesinos. Se llamó “Pacto de Sangre”. Cada uno de ellos tenía que matar, secuestrar, torturar y robar (“trofeos de guerra”). Los “Grupos de Tareas” utilizaban a placer el terror, porque ellos representaban al Estado. Hacían Terrorismo de Estado.

Su organización comenzaba con los jefes de las distintas fuerzas. Seguía con la “inteligencia”. De ella dependían los “Grupos de Tareas”. Sus miembros eran rotados cada cierto tiempo. En algunas oportunidades recibían órdenes de ejecutar sus “tareas” sin conocerse previamente. Durante las “misiones” se colocaban capuchas, para esconder su identidad.

La garantía del anonimato de su barbarie fue la impunidad, elemento previsto para la ejecución de los crímenes. La impunidad actuaba como armadura del delito. La impunidad era pieza fundamental del sistema de Terrorismo de Estado. Tenía como objetivo lograr que la población se sintiera inerme frente a un poder omnímodo.

Claudio amaba la música y el fútbol. María Claudia deseaba ser artista. Horacio disfrutaba los libros de historia. María Clara era guitarrista, pero quería ejercer la Medicina. Daniel aspiraba a ser mecánico. A Francisco le apasionaba el fútbol. Pablo Díaz pudo contarlo casi todo. De su testimonio nacieron un libro y una película: La Noche de los Lápices.
Yo lo escuché. En ese momento se adelantaba el juicio a los jefes de las Juntas Militares del “Proceso” y me tocó reseñarlo como corresponsal de El Diario de Caracas. Confieso que durante las noches no podía dormir. Todavía me ocurre.

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