Opinión Internacional

Política exterior lacaya, entreguista y demencial

Es obligante tener que volver sobre tan serio tema. La escalada de las tensiones entre Venezuela y EEUU se torna cada vez más preocupante. Las recientes declaraciones de C. Rice y Dan Burton, presidente del sub-comité de relaciones internacionales para el hemisferio occidental del Congreso norteamericano, no dejan lugar a dudas sobre cuán grave están viendo este asunto. Venezuela está entrando en la agenda de los asuntos espinosos de la diplomacia norteamericana, pero para mal.

Mientras tanto, la imagen del gobierno de Venezuela en el mundo de las naciones civilizadas no puede estar más estropeada. No sólo por sus notorias demostraciones de autoritarismo militarista, latrocinio desembozado y atentados contra las libertades, sino también por el conflictivo manejo de sus relaciones internacionales, que ni siquiera la bolsa llena de dólares con la que pretende comprar amistades y neutralidades le ha resultado para aminorar tal descrédito.

Amén de estar subordinada a los designios del tirano de Cuba, una mezcla de ideológica demencia, vasta ignorancia y pugnacidad absurda conforman la conducta exterior del gobierno personalista de Hugo Chávez.

Es pendenciero el gobierno y su presidente porque no entienden llevar las relaciones con sus gobernados y los demás países de otro modo. Sus desplantes e irreverencias no son una mera pose demagógica. En el fondo, para ellos, intolerantes, todo el que no esté de acuerdo con sus verdades y manifieste la más tibia o respetuosa crítica, ya es un enemigo contra el que se debe arremeter, insultos personales, burlas y vilipendios mediante. El incidente con el Primer Ministro del Reino Unido es uno más de la larga lista que ejemplifica este reiterado proceder absurdo e inconveniente para el país.

Esta pugnacidad retórica, consecuencia de una paranoia llevada a los extremos más enfermizos, está causando un grave daño a los intereses de Venezuela. El mundo de las relaciones internacionales no puede ser manejado desde la irracionalidad. Exige de los líderes ecuanimidad, inteligencia, firmeza en las convicciones, conciencia del lugar importante que se ocupa, pero también formas adecuadas y respetuosas. Y estas cualidades no las tiene Chávez.

Es un guerrerista, un violento que resuelve los problemas, no por la vía pacífica y democrática, sino manu militari. Su lenguaje es la amenaza y el insulto. Las herramientas del diálogo y la negociación no están en su repertorio. Concibe la vida como una confrontación permanente contra enemigos imaginarios, frente a los que debe imponerse sobre su rendición o eliminación.

Las compras de armas para defenderse de enemigos artificialmente creados, las fábulas sobre invasiones extranjeras, magnicidios y los llamados a prepararse para el combate contra otros países, forman parte de un desarreglo intelectual, político y moral que puede llevar a resultados muy dolorosos para la nación.

Esta enfermedad, cuando el que la padece tiene ciertos medios para incidir en el curso de los acontecimientos internacionales, desemboca necesariamente, tarde o temprano, en situaciones de inestabilidad y desintegración de los lazos políticos y económicos entre los países, con las negativas secuelas para la seguridad colectiva y la paz. Con esta conducta enloquecida e irresponsable, Chávez y su gobierno, además de perjudicar a Venezuela en su economía e imagen externa; también contribuye a la inestabilidad en áreas críticas para el mundo. Su apoyo insensato a la industria nuclear del gobierno fundamentalista iraní, cuyos propósitos violentos han sido expresados abiertamente, es una prueba palmaria. De igual forma, el comportamiento disociador que ha exhibido en el marco de la Comunidad Andina es otra de las manifestaciones de esta aberrante actuación.

Es fácil descaminarse creyendo que todas estas acciones son meros productos de las exigencias que impone la demagogia o la cercanía a unas elecciones. Obviamente, ellas ayudan a estos fines, porque pulsan los resortes xenófobos y antiamericanos que se alojan en el alma de muchos venezolanos, incluso de opositores del gobierno. Pero el asunto no es tan simple. Hay una enajenación de carácter ideológico detrás de este tinglado político que tiene el potencial para llevarnos al caos y a la descomposición de la patria, e incluso a la destrucción de vidas humanas.

Y que no vengan a decir algunos “ingenuos” que Chávez es un inofensivo “trasgresor”. ¿Es inocente quien ha suprimido el equilibrio y la autonomía de los poderes, violado a diario los derechos constitucionales, persiguiendo y hostigando a los opositores, multiplicado la corrupción, instaurado un régimen contrario a las libertades e insultado a Jefes de Estado porque no consienten sus desvaríos?
Lacaya, demencial y guerrerista son los adjetivos que mejor encajan a la diplomacia gubernamental chavista.

Ojalá que los venezolanos podamos, a tiempo, impedir que la barbarie se instale definitivamente en nuestro país o que la locura nos conduzca a una guerra. No permitamos que Venezuela se convierta en un Estado bribón más.

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