Opinión Internacional

¿Por qué Gustavo Petro ataca al Polo?

Un sector específico del Polo Democrático está degustando en estos días las delicias del mal humor y del arribismo sin medida del simpático Gustavo Petro. Este senador atípico, ex candidato presidencial del comunista Polo Democrático, pasó los ocho años más recientes dedicado a su pasión favorita: tenderle emboscadas al presidente Álvaro Uribe.

Ahora, en vista de su fracaso,  Petro se vuelve, con la misma saña, contra quienes lo aplaudían hace unos meses, durante su patética cruzada contra el mandatario colombiano.  Apelando a su conocidos métodos, Petro lanza ahora acusaciones estrafalarias contra el alcalde mayor de Bogotá, un militante del PD, y las presenta como si fueran hechos comprobados, con la ayuda cómplice, claro está, de cierta prensa. 

Como Uribe no se dejó tumbar, y dirigió con éxito un combate heroico e histórico contra el terrorismo, y sigue siendo visto por los colombianos como uno de los mejores estadistas que ha producido el país, Gustavo Petro escogió un nuevo atajo para alcanzar sus fines.

Petro y su clique dicen haber descubierto que Samuel Moreno, alcalde de Bogotá,  es responsable de unos “manejos irregulares” en esa alcaldía, y que entre Moreno y  algunos “sectores cercanos a Uribe» hay unos “acuerdos políticos”.

El problema es que, como en el pasado, las acusaciones de Petro están lejos de convencer a la gente. Ni su propio partido le cree esta vez.  Sus alegaciones desataron una guerra interna en el PD que lo tiene  ad portas de una grave escisión.

Samuel Moreno Rojas y su hermano, el senador Iván Moreno, también del PD,  son mostrados por la clique de Petro como funcionarios corruptos e ineptos. Los interesados niegan todo y responden  que Petro quiere “destruir” el PD para llegar a acuerdos con el gobierno de Juan Manuel Santos, el cual, según los estrategas del PD, romperá dentro de poco con el ex presidente Uribe.

El vértigo metafísico de llegar de carambola al gobierno, mediante una alianza escabrosa con un presidente dispuesto, según Petro, a abandonar el programa esbozado en la campaña electoral, y aproximarse al chavismo continental,  está haciendo estragos en ese grupo de ambiciosos. Su objetivo es quebrar, al precio que sea, el respaldo del uribismo al actual gobierno.  

Empero, la presidenta del PD, Clara López, no ve que su partido puede explotar en pleno vuelo  en los próximos días, ni que un reajuste general de las actuales alianzas de gobierno sea posible, por ahora. En cuando a la alcaldía de Bogotá  –en la cual ella desempeñó el cargo de Secretaria de Gobierno– Clara López asegura que “no hay corrupción ni clientelismo”. Ella dice haber sido otra víctima más de las “insinuaciones malsanas” de Gustavo Petro.

Otros recuerdan que Petro nunca le perdonó al PD haber puesto en su dirección a una persona diferente a él. Iván Moreno, por su parte, acusa a Petro de querer hacerle daño a Samuel Moreno porque éste no aceptó nombrar en su administración los pupilos de Petro. Los Moreno van a pedir a la justicia que investigue un préstamo que Petro obtuvo  hace unos meses de unos vendedores de lotería.

Llama la atención otro hecho: que la vendetta de Petro y de sus tenientes, el senador Carlos Avellaneda y el concejal Vicente De Roux, apunta contra la fracción del PD menos contaminada por la ideología extremista de la combinación de todas las formas de lucha, ante la que capitulan los núcleos más stalinistas del PD.

Todo esto ocurre a pocos meses de las elecciones regionales, con las que el PD contaba salir del aislamiento.

El escepticismo que despierta la acción de Petro contra Samuel Moreno radica en que sus acusaciones son nulas.  El 23 de octubre de 2010 la revista Semana publicó un detallado resumen del affaire. El artículo, anónimo, dice basarse en los “resultados” de una “investigación” realizada por una “comisión”.

Empero, leyendo ese artículo se descubre que, en lugar de una comisión investigadora imparcial, lo que hubo fue un grupo de 10 personas bajo la batuta del propio  Gustavo Petro.

El “informe”, por otra parte, no es más que un tejido de suposiciones y amalgamas, destinado a fabricarle  el vestido de culpable a Samuel Moreno. Las “pruebas” en ese “informe” no existen. El montaje descansa sobre una investigación  incipiente y sobre una misteriosa grabación telefónica clandestina que ningún técnico oficial ha examinado. Esta puede ser una falsificación elaborada por imitadores profesionales de voces. No sería la primera vez que ese tipo de falsificación es utilizado para desacreditar a un actor político colombiano.

Descansa también sobre una frase sin respaldo dada por un tal Alejandro Botero al grupo de Petro.

La “comisión” no investigó realmente: examinó una ínfima parte de la documentación y no interrogó al acusado principal, ni a los otros actores. No los escuchó. No examinó sus documentos, ni valoró sus explicaciones. Sin embargo, los acusó. La metodología de la tal “comisión” que no fue nombrada por nadie, excepto por el grupo que lanza las acusaciones, es grotesca e inadmisible. No se sabe, además, quién financia a los 10 miembros de la llamada “comisión”, ni cuando ésta comenzó a trabajar.

El papel de la revista Semana en ese asunto es escandaloso: avaló un informe hechizo. Trató de venderlo a sus lectores como una investigación seria. Los lectores de Semana fueron  embaucados.

Es la turbia metodología de Gustavo Petro en todo su esplendor, la misma que emplea contra sus enemigos uribistas: insinuaciones primero y una “denuncia” después. Más tarde, una investigación hechiza controlada por él mismo. Todo rematado, finalmente, por un acto de respaldo moral y periodístico de una revista.

Esa operación tendrá éxito si la prensa en general, sin investigar por su cuenta, traga entero. Y si la justicia, la Fiscalía, en este caso, en plena crisis, no abre la boca. Es lo que ha hecho hasta ahora ese organismo. Pero los adversarios de Gustavo Petro, como en el pasado, no dejarán pasar sus imposturas.

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