Opinión Internacional

Principio Humanitario Mínimo

Colocar los términos del intercambio de prisioneros por secuestrados de
las Farc en un plano distinto al lenguaje semántico, puede conducir a una
salida razonable para quienes padecen la prisión por razones políticas y
los cientos de colombianos atrapados por la insurgencia en las selvas.

Pero ofrece aspectos cuyo alcance supera la estructura básica de
confrontación armada que el gobierno Uribe le ha planteado a la
insurgencia. Dos tipos de cambio podrían esperarse. Primero, la apertura
oportuna a una iniciativa preliminar de acercamientos para negociar, lo
que transformaría la estrategia básica del Plan Patriota. Segundo, una
negativa de las Farc al ofrecimiento, lo que sustentaría su declaratoria
de no dialogar con este gobierno. Ambas cosas, sin embargo, si aceptamos
el predominio estratégico sobre lo humanitario.

Lo que no parece caerle bien al Vicepresidente. Curiosamente. Porque
¿dónde hallar un testimonio más cercano al sufrimiento del secuestro y la
terrible inhumanidad de un campo de concentración en plena selva, sino en
Pacho Santos? Sin embargo, sus impresiones sobre las propuestas de López,
son antagónicas. Habría entonces que superar estos detalles para avanzar
con más argumentos. Y demostrar que el gobierno Uribe no le ganará la
guerra absoluta a las Farc. Lo que no significa, necesariamente, un
fracaso adelantado del Plan Patriota.

A Uribe el país lo sigue en esta iniciativa. Y Uribe sabe medir los pasos
que debe dar para la reelección. Conceder que las encuestas reflejan una
expectativa racional de respaldo hacia el intercambio humanitario. Y que
la mano firme sin resultados se dobla. Es lo indicado. De modo que el
ofrecimiento del intercambio, pese a sus ambigüedades, es una jugada por
partida doble. Uribe necesita afirmar su imagen para la reelección, y el
país muestra signos de fatiga ante el drama de los secuestrados.

Lo que constituye novedad en la propuesta del gobierno, dejando atrás la
visión estratégica, es la proyección del conflicto armado hacia una
concepción humanitaria del mismo. Y en esto debemos insistir lo
suficiente. Porque la guerra no está para contar muertos, campos de
batalla y armamentos. Su impacto afecta profundamente también el ámbito de
la moral, la vida familiar, las emociones. Los conflictos de baja
intensidad tienen altas dosis de sacrificio humanitario. Estos son ejes
centrales que debemos abordar.

Recordemos la declaración del Artículo 7 del Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos: «Nadie será sometido a torturas ni a penas o
tratos crueles, inhumanos o degradantes.» Esta forma parte de lo que
Michael Ignatieff llama, acertadamente, la revolución jurídica en materia
de Derechos Humanos desde 1945. La lista esencial de documentos que
componen esta revolución incluye, entre otros, la Declaración
Internacional de Derechos Humanos y las Convenciones de Ginebra de 1948,
la revisión de las Convenciones de Ginebra de 1449 y la Convención
Internacional sobre el Estatuto de Refugiados de 1951.

Están presente tres detalles en el caso colombiano. Que las modalidades
irregulares del conflicto armado reversan estos principios. A nadie parece
interesar que un prisionero pueda valer más que otro cuando los motivos de
la guerra no discuten ya asuntos ideológicos. Pero en términos globales
todos están padeciendo por igual los rigores de la selva, mala
alimentación, amenazas y tratos crueles. ¿reconocerían las Farc la fuerza
imperativa de estos principios?

Otro detalle tiene una aceptación rigurosamente práctica. Dado que no
sería posible llevar al extremo debilitamiento al enemigo mediante la
fuerza bélica. Y no se ha logrado en casi 50 años. Entonces deben abrirse
consideraciones resolutivas de tipo parcial. Aquí cabe la propuesta en
curso: 50/50. La milimetría le quedaría a un escrupuloso asunto de
honores. ¿Qué pueda, a la vez que se combate afirmativamente, dejarse las
maniobras negociables contempladas en el DIH? Por supuesto.

Y un detalle final. Al trasladar hacia el conflicto interno los efectos
imperativos del DIH, bajo una autoridad internacional competente, no se
estaría cambiando la naturaleza moral y subjetiva del mismo. Y no se
diluye el carácter moral o ético del DIH por este solo hecho. Antes bien,
la actuación mediadora de la Comisión de Encuesta, vendría a incorporar
todo el poder del DIH bajo unos principios humanitarios mínimos. Lo
cierto, ahora tenemos nuevos elementos que van a contar favorablemente
para despejar la espesa neblina del presente.

Las Farc cuentan de nuevo con posibilidades para demostrar históricamente
una nueva página escrita en favor de la paz. Es la guerra por otros
medios, como lo afirmara Clausewitz.

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