Opinión Internacional

¿Qué haremos con Serbia?

El político más notorio de Europa finalmente fue entregado a la Justicia. Después de un despliegue disciplinado del poder popular en las calles de Belgrado, la «revolución eléctrica» de Serbia (así llamada porque comenzó con una ola de cortes de energía en invierno) culminó con la toma pacífica del poder por parte de la oposición democrática unida. En marcado contraste con la revolución ocurrida en la vecina Rumania hace exactamente diez años, los dirigentes opositores serbios no ejecutaron sumariamente a Slobodan Milosevic, como ocurrió con Nicolae Ceausescu. En cambio, lo entregaron al Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia con sede en La Haya. íQué forma tan auspiciosa de terminar el siglo XX…! Bueno, no. Perdón, era sólo un sueño de Navidad. En realidad, lo que encontré en una visita que realicé a Serbia en diciembre no se parecía en nada a esta fantasía. Todavía no se ha producido un «efecto Galtieri», con la caída del dictador como resultado de haber perdido una guerra. Por el contrario, Milosevic ha utilizado la guerra de Kosovo y sus consecuencias para apretarles las tuercas a sus adversarios. A pesar de los bombardeos y las sanciones, parece haber podido atravesar el invierno, con gas ruso, ayuda de China y quién sabe qué arreglos por debajo de la mesa.

La oposición sigue terriblemente dividida. Las manifestaciones callejeras organizadas por la Alianza para el Cambio, una poco firme coalición de algunos de los partidos opositores más liberales, no han logrado garantizar prontas elecciones. La atmósfera es horrible: un cóctel diabólico de rencor, cinismo, orgullo herido y paranoia.

Esto no significa que Milosevic sea el Saddam Hussein europeo. Casi todos aquellos con quienes he hablado piensan que Serbia está en una especie de final de partida. Pero la «transición» podría llevar mucho tiempo y muy pocos creen que será pacífica.

Pero la oposición serbia también tiene muchas respuestas que dar. Ha estado irremediablemente desunida. Con muy pocas excepciones, casi todos han sido ambiguos o han callado con respecto al comportamiento de Milosevic en Bosnia y Kosovo. Vuk Draskovic y su Movimiento Serbio de Renovación han pactado con Milosevic. Su principal rival, Zoran Djindjic del Partido Democrático, goza de menos credibilidad popular aún, si es que tiene alguna. Por otra parte, pueden quejarse con justicia de que Occidente no hizo más para apoyarlos en el momento de las grandes manifestaciones encabezadas por los estudiantes en 1996-7.

La voz de la oposición

Creo que vale la pena escuchar atentamente lo que dicen los serbios independientes y críticos sobre la forma en que Occidente podría robustecer la débil posibilidad de que se produzca un cambio político que sea rápido y a la vez pacífico en Serbia. Y el cambio en Serbia sigue siendo la clave de las perspectivas de toda la región. He visto que una amplia gama de figuras independientes y opositoras de Belgrado, la mayoría de las cuales no tiene más que rencor mutuo, dice dos cosas con sorprendente unanimidad.

La primera es inquietante y difícil: se le debe dar a Milosevic alguna salida. Odian a Milosevic mucho más que nosotros, y con razón: porque las últimas víctimas de Milosevic sin duda son los mismos serbios. Les ha arruinado el país. A muchos les gustaría verlo ahorcado, arrastrado y descuartizado. En el aspecto moral, están totalmente de acuerdo con el procesamiento de La Haya.

Si queremos un cambio pacífico en Serbia -insisten- a Milosevic se le debe ofrecer alguna salida segura. Hasta el dirigente estudiantil más radical lo dice. Por el momento, Milosevic está contra la pared. Los tigres heridos y acorralados son especialmente peligrosos; y éste lanza zarpazos. Se hostiga y golpea a los activistas opositores. Se han producido varios asesinatos de figuras destacadas que pueden atribuirse a algún sector del aparato de seguridad. La política serbia se está convirtiendo en una cuestión de vida o muerte. Aun cuando, tarde o temprano, los partidos de la oposición ganen las elecciones (a pesar del fraude electoral, el control que ejerce Milosevic sobre la televisión estatal y todos los demás trucos que tiene a su alcance), no lo pueden imaginar entregando pacíficamente el poder. ¿Adónde podría ir entonces? ¿A La Haya? Entiendo la lógica política interna de este argumento. Pero no veo manera de que Occidente pueda tomar parte en este arreglo sin socavar uno de los pilares del orden liberal internacional que estamos tratando de construir para el siglo XXI. Con mucha más razón, hay que escuchar atentamente su segundo pedido. Es éste: ílevanten las sanciones! No todas las sanciones. Ellos piensan que las sanciones que apuntan directamente al régimen y a sus partidarios deberían hacerse más estrictas. La lista occidental de denegación de visas, que ahora comprende unos 600 nombres, tiene gran incidencia, especialmente en los grandes empresarios que apoyan a Milosevic. Lo que podamos hacer para llegar a sus bienes en el exterior también es bueno. Estos personajes permanecen leales a Milosevic no por razones ideológicas ni por miedo, sino por beneficio personal.

Las sanciones contra el pueblo, sin embargo, son contraproducentes. Lo empobrecen. Lo aíslan del mundo exterior. Y sólo sirven para reforzar la imagen propagandística que Milosevic ha sabido explotar con tanto éxito durante largo tiempo: una pequeña Serbia atrincherada, perseguida por el mundo entero y sin embargo desafiándolo heroicamente. Como era de esperar, el hecho de que hayamos bombardeado a los civiles serbios, para impedir que Milosevic hiciera más daño en Kosovo, ha fortalecido este estereotipo.

Encerrados

La mayoría de la gente común de Serbia no ha salido del país en años. No se da cuenta de lo atrasado que ha quedado su país. Está tan sumergida en su propia desgracia y complejo de víctima que ya no creen que Occidente ofrezca una alternativa con respecto a Milosevic. Un ex alcalde de un pueblo del corazón rural de Serbia lo dice de manera simple pero vívida. Toma una birome de su escritorio. Mire, dice, si puedo ver una birome mejor, si tengo la esperanza de poder comprarla algún día, entonces iré por ella. Pero si uno está tan lejos, y en la oscuridad, no se va a molestar.

Así que: íderriben la cortina de hierro de las sanciones! íQue entre aire fresco! íQue la gente común viaje y vea todo con sus propios ojos! ¿Acaso esto no permitiría a Milosevic decir: «Ven, pueden tenerme a mí y a Occidente»? No, me aseguran todos, tendría efecto totalmente opuesto.

Varios gobiernos de Europa occidental también se inclinan por esta opinión. El gobierno de Clinton todavía parece estar firmemente aferrado a las sanciones, aunque sus esperanzas de que se desplace a Milosevic como consecuencia de la guerra se han visto evidentemente decepcionadas. De modo que esto parece la reedición de un argumento de la Guerra Fría en el seno de la alianza occidental, por el cual Europa occidental reclamaba una política más blanda hacia la Unión Soviética por pura cobardía e interés material. Pero no lo es. Siempre he creído que en la aplicación de sanciones deberíamos guiarnos por la oposición del país en cuestión. Así, fue correcto imponer sanciones a Polonia y Sudáfrica en los años 80, porque Solidaridad y el Congreso Nacional Africano las querían. Ahora es correcto mantener las sanciones a Birmania, porque el líder indiscutido de la oposición, Aun San Suu Kyi, dice que así debería ser. Pero en Serbia pasa lo contrario. No estoy en absoluto seguro de que levantar las sanciones tenga el efecto deseado, y ciertamente no creo que mi sueño se vuelva realidad. Las cosas están demasiado avanzadas en Serbia para que ello ocurra. ¿Pero no valdría la pena probar?

Copyright (%=Link(«http://www.clarin.com.ar/»,»Clarín»)%) y Timothy Garton Ash, 2000. Traducción: Elisa Carnelli.

*Politólogo, historiador. Saint Anthonys College (Oxford)

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