Opinión Internacional

¿Qué más oculta Colombia?

Frustrante, por decir lo menos, resultó la reunión conjunta de cancilleres y ministros de defensa convocados en el marco del Consejo de Defensa de UNASUR. No obstante la firmeza de los planteamientos de once países, Colombia impidió que se alcanzara el consenso entorno a la conformación de una zona de paz, al no poder garantizar que el acuerdo militar con los Estados Unidos, no constituye una amenaza para el Subcontinente.

Combinando la conclusión emanada de esa reunión con las continuas manifestaciones de las autoridades neogranadinas sobre las distintas materias relacionadas con la seguridad y defensa de la subregión, con especial referencia a Venezuela, y recordando los resultados de la Cumbre Presidencial de Bariloche, resulta absurdo seguir negando que los objetivos de la operativa de siete bases militares en suelo colombiano con la participación de efectivos y mercenarios estadounidenses, superan ampliamente los propósitos de combatir el narcotráfico y a las fuerzas insurgentes que actúan al margen de la ley. No cabe ninguna duda que sus horizontes se extrapolan hacia otros fines que le resultan inconfesables al grupo gubernamental que lucha denodadamente por mantenerse en el poder a cualquier costo.

La evolución de los acontecimientos evidencian, y cada vez con mayor diafanidad, la intención del Gobierno de Álvaro Uribe de ceder la soberanía de su país, no solo para mantener la guerra interna como el mayor medio de lucro para la oligarquía nacional que lo sustenta, sino como punto de partida para cualquier acción extraterritorial en contra de cualquier país Suramericano, en particular, de aquellos que albergan riquezas naturales tan codiciadas por el imperio norteamericano. Hidrocarburos, agua y biodiversidad, bienes escasos de demanda creciente, conforman una masa crítica de intereses lo suficientemente atractiva que facilitar su acceso a la administración estadounidense, lo cual podría considerarse como pago para borrar, aunque sea transitoriamente, la permisividad al narcotráfico, la libre actividad de los paramilitares, la sistemática transgresión de los derechos humanos y hasta para dar curso aprobatorio al tan ansiado TLC.

La actuación del Gobierno colombiano en la reciente reunión de UNASUR, no solo despejó dudas acerca de los verdaderos objetivos del acuerdo militar con los Estados Unidos, sino que cumplió con la finalidad adicional de causar la primera crisis a ese novel esquema de unidad subcontinental, lo cual tampoco es extraño a su proceder. Desde el año 2002 no escapan de los registros históricos los múltiples obstáculos generados por la Administración Uribe para impedir el entendimiento comercial CAN-MERCOSUR; o la precipitación de las negociaciones con los Estados Unidos y la Unión Europea en detrimento de la Comunidad Andina; o la notoria displicencia que asumió frente a la Primera Cumbre de Presidentes de América Latina y el Caribe celebrada en Salvador, Brasil, en diciembre pasado; o las dificultades que antepuso para la creación del Consejo de Defensa, son hechos que se suman a la continua creación de tensiones bilaterales con Ecuador y Venezuela. Estos acontecimientos, considerados en conjunto, reflejan la escasa vocación integracionista que prima en el Gobierno de Colombia y, en consecuencia, la exigua importancia que le asigna a la región en su política exterior.

Despejados, de hecho, los enigmas que envuelven al acuerdo colombo-estadounidense, se disipan las posibilidades de restaurar un clima de confianza en la zona, en especial, con los países cuyos gobiernos han decidido acceder a una inserción en el concierto internacional fundamentados en el pleno ejercicio de su soberanía y la autodeterminación de sus pueblos, lo cual los obliga a establecer una red de defensa lo suficientemente sólida que los coloque a resguardo de cualquier injerencia foránea. Lo paradójico de ese escenario es que sea, precisamente, un país suramericano, Colombia, que preste su territorio para la articulación de las amenazas desestabilizadoras concebidas en los Estados Unidos que gradualmente comienzan a adquirir más y mejor forma.

Queda tan solo esperar la suscripción del acuerdo para conocer a texto expreso los compromisos adquiridos por Colombia. Ojalá que del mismo se puedan inferir las acciones que signarán el futuro de la región, aunque todo parece indicar que siempre surgirán elementos ocultos para seguir impidiendo la unidad latinoamericana y caribeña. So pena de volver a ser presa de la burda traición, la actitud del Gobierno de Álvaro Uribe obliga a intentar identificar ¿cuáles serán?

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