Opinión Internacional

¿Quién dice saber más de la democracia?

Parece que aún hoy existen personas que desconocen la verdadera esencia de la democracia. Puede ser lamentable, pero es cierto y no debemos mostrarnos ajenos ante tanta ignorancia. Para los que se niegan a captar y comprender el verdadero significado de la democracia, podemos por comenzar a darles un brevísima introducción.

Democracia es, según la simple definición de un diccionario que se encuentra en cualquier casa de familia y que utilizan los chicos para trabajar en sus escuelas, dice así: Régimen político en que el pueblo ejerce la soberanía. Es una explicación entendible hasta para el más desacreditado intelectual, pero aparece otra palabra que puede escapar a la lógica clásica de los más cerrados, soberanía. Buscando en el mismo diccionario su explicación es ésta: Autoridad suprema del poder público, la que reside en el pueblo y que ejerce por intermedio de sus órganos constitucionales representativos.

Para los nenes de escuela esto se termina aquí, pero para los adultos, con una basta carpeta debajo de su brazo, hay otras razones interpretativas. Ya alcanza y sobra con esas pocas líneas para saber que, dentro de un país que se denomina democrático, su presidente o sus representantes son elegidos por sufragio popular. En ningún momento, ni tampoco ninguna palabra, hace alusión a corrientes políticas. No habla de marxismo, no habla de socialismo, ni de capitalismo, ni de neo liberalismo, ni ninguna otra ideología. Acá recae la sabia y popular definición “cada pueblo tiene lo que se merece”.

No obstante, esto no significa que el gobierno electo o de turno, pueda arrasar con ésa soberanía y no tiene potestad para degenerar su autoridad. Claro está, directa o indirectamente no debería someter al yugo a toda una sociedad. Con o sin opresión social o económica, hay beneficiados y perjudicados. Siempre, no importa donde, los malos y los buenos siempre se verán enfrentados y la razón tiende a estar ausente.

El proceso o los acontecimientos ocurridos en Bolivia, producto de un conflicto por el tema de la comercialización del gas, trajo severas consecuencias. Setenta muertos civiles por enfrentamientos con las fuerzas del orden y la renuncia de un presiente enmarcan una falta de consenso total. Pero esos temblores democráticos traspasaron fronteras. Por ejemplo, Pedro Salinas, Corresponsal de AIPE, vio con malos ojos las opiniones que brindó el escritor uruguayo Eduardo Galeano. En claro y evidente enfrentamiento “columnista”, ni siquiera en los mismo medios escritos y ni que hablar, en un debate personal, cada uno defendió lo que, a su criterio y juicio, era lo más correcto.

Galeano por intermedio de un artículo publicado en página/12, dijo que “El gas iba a ser enviado a California, a precio ruin y a cambio de mezquinas regalías…”. Salinas le respondió por medio de un artículo llamado “Galeano está en Bolivia”, que la exportación del gas tarijeño le significaría a los bolivianos, con seguridad, entre 5 y 9 millones de dólares, solamente de ingresos fiscales y posibilitaba la creación de unos diez mil empleos directos. Señores, este tipo de acusaciones inútiles, no suman, no aportan la más mínima brisa alentadora, solo avivan aún más el fuego en la hoguera.

Por respeto, a los que están a favor y en contra de la exportación de gas a California e intentan buscar la mejor salida a un conflicto que ya cobró mucho más de lo que merece, porque todo sigue su curso, lizo o empedrado. Por los que defendieron su causa con la vida, que no representan a toda Bolivia y por los que estaban de lado del ex presidente Sánchez de Lozada, que tampoco representaba a la mayoría de los bolivianos, traten de quitar el pie del acelerador, lo ocurrido fue una violada señal de pare.

La base de los añejos, repulsivos y estériles enfrentamientos de izquierdistas y derechistas, de comunistas y capitalistas, de blancos y negros, se tiene que acabar. ¿Conocen la palabra tolerancia?. Entendamos de una vez por todas, que la piedra filosofal de los futuros hombres sabios está ahí, en saber escuchar y aceptar que hay personas que piensan de modo diferente. Un país es como una familia, hay que aprender a convivir. Y para aquellos que discuten, despotrican y que en muchas oportunidades le ponen un palo en la rueda de un país en marcha, sentados en sus bancadas representativas, sin importar su corriente ideológica, no deben olvidar que son unos pocos cientos que representan a unos cuantos millones, democráticamente hablando.

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