Opinión Internacional

Reflexiones a la luz del mega-atentado de Madrid

Los bárbaros atentados terroristas en Madrid obligan a hondas reflexiones sobre este fenómeno, que mantiene angustiados a tanta gente por doquier y está afectando incluso cualquier reactivación de la economia mundial, en un planeta que todavía trata de recuperarse de los severos golpes recibidos en los últimos años, y especialmente a partir del 11 de septiembre de 2001. Curiosamente, este 11 de marzo, ahora 11-M quedará asociado indeleblemente con ese espectacular acto «superterrorista», por haber sido cometido también en un fatídico día once, ya que luce como la más terrible masacre perpetrado en suelo europeo en la posguerra, si no contamos las matanzas sistemáticas cometidas en Bosnia a mediados de los 90 o algunas «purgas» cometidas en la tardía era estalinista.

Quizás la coincidencia en las fechas sea un signo de que los autores trataban de recordar al mundo de que el ETA está asociado a una especie de «hermandad internacional del terrorismo», junto con sus supuestos «hermanos oprimidos de otras latitudes», sean éstos árabes, chechenos, afganos, irlandeses, indonesios, filipinos o colombianos. La autoría de la masacre difícilmente puede ser puesta en duda, o negada cínicamente por su brazo político, ocurriendo la misma a pocos días de las elecciones nacionales, lo cual indica claramente su deseo de intimidar al electorado y recordar que el ETA sigue siendo un adversario formidable, al ser capaz de realizar tamaño antentado, poco después de que las autoridades alardearan de que esa organización estaba en franca desbandada.

En el caso español, la comunidad mundial no termina de entender qué buscan los terroristas vascos (que prefieren ser llamados con el absurdo eufemismo de «nacionalistas»), pues estas acciones son harto negativas para su causa, exponiendo al ETA y sus fanáticos socios fundamentalistas al escarnio global por su vileza, inhumanidad y cobardía. Si realmente creen en la justeza de su causa separatista y no quieren imponer a ultranza su visión de un país vasco independiente, deberían recurrrir a medios democráticos, pues es bien conocida la opinión mayoritaria de los ciudadanos de esa región, que según todas las encuestas y elecciones de reciente data, quieren seguir siendo parte de España. El uso de la violencia confirma, justamente, la frustración por saber que su causa no tiene razón de ser, acorde con el conocido dicho. Ciertamente los etarras habrán hecho sentir su presencia, su protagonismo y su capacidad organizativa, pero éstas deben ofrecer una magra satisfacción a cualquier persona decente, excepto a los fanáticos y perversos, a sabiendas que estos actos sólo pueden recibir rechazo y condena de sus paisanos y de la comunidad mundial. La política por la via de la violencia asimétrica, con matanzas de inocentes, nunca tendrá simpatizantes en ninguna parte, excepto en mentes enfermizas, ególatras y maquiavélicas.

El asesinato indiscriminado de inocentes ciudadanos tampoco puede ser apoyado por ningún sector social o nación civilizada, y menos por los que todavía creen en la democracia como el medio más idóneo para dirimir diferencias en ideologías o posiciones políticas. Justamente, las países democráticos son los más vulnerables a las tácticas terroristas, por regir un régimen de libertades que facilita la comisión de estos atentados, y un estado de derecho que luego impide un castigo oportuno y ejemplar de los culpables, a la luz de debatibles argumentos en pro de los «derechos humanos», de paso los mismos que son desconocidos descaradamente por los terroristas. Ahora la Unión Europea seguramente se integrará con mayor decisión en el combate mundial contra el terrorismo, que antes parecía ser una guerra unilateral de los EE.UU. Quizás éste ha sido el resultado más evidente del triste evento, si realmente se le quiere buscar algo positivo, o sea que las naciones no pueden quedar impasibles ante atentados fuera de sus fronteras, ya que tarde o temprano les podría tocar a ellas mismas. Y si realmente estuvo involucrado Al Qaeda, como asegura un diario árabe publicado en Londres, esto significa que esta organización sigue ‘vivita y coleando’, y seguramente actuó con la cooperación de sus socios locales en España.

La actitud de los separatistas es aún más incomprensible dado la autonomía que goza la región y el relativo auge económico que vive España, que beneficia incluso a la gente laboriosa que vive en el país vasco y que sólo quiere convivir en paz con el resto del país, gente que, seguramente, condena mayoritariamente la insensata actitud de sus paisanos extremistas. Lo malo de estos eventos es que la reacción del gobierno nacional tenderá a ser muy enérgica, especialmente al calor de la presente campaña electoral, para demostrar que está dando una respuesta adecuada a la gravedad de los hechos, acorde con el sentir de la mayoría de los electores.

De este modo, el ambiente político pudiera estar interfiriendo en una comprensión cabal del problema central, con respuestas «políticamente correctas», en lugar de buscar maneras más racionales y de largo alcance para combatir el fenómeno del terrorismo. Para los funcionarios nacionales, que lidian con la tragedia, es dífícil decidir en este emotivo momento las medidas más efectivas a largo plazo, excepto el uso de la represión policial y la cooperación -local e internacional- para aprehender a los responsables. Y para el Partido Popular, que probablemente continuará en el poder después de las elecciones nacionales, lo más conveniente es ofrecer una actitud enérgica para no contrariar a sus acólitos. Irónicamente, como sucede en estos casos, el trágico evento puede ser favorable a sus propósitos electorales y mejorar sus posibilidades de victoria, permitiéndole obtener una cómoda mayoría parlamentaria. Ya que son atentados difícilmente prevenibles, la lógica dice que el electorado tenderá a no culpar al gobierno en funciones, mientras apoya una política represiva acorde con el ambiente de rabia y venganza que es usual después de estos sangrientos hechos.

Pero esperamos que esas mismas autoridades estén conscientes que combatir la violencia por la ruta represiva puede ser contraproducente a la larga, tanto para la sociedad española como las demás naciones que sufren esta terrible enfermedad social, cuyas raíces parecen estar en el resentimiento social que albergan las diversas minorías en muchas partes del mundo, por la falta de oportunidades para progresar y disfrutar de una digna calidad de vida. La patética experiencia del conflicto palestino, que ya dura medio siglo, debería ser altamente aleccionadora, al ver que la respuesta enérgica del gobierno israeli o los frecuentes atentados extremistas, no han aminorado la violencia indiscriminada que afecta a ambos bandos, y sólo una solución global y equitativa puede detener este perverso ciclo. Esto implica sacrificar algunos privilegios y ceder en cuestiones secundarias, de otro modo la negociación se descarta a la ligera y es sustituida fácilmente por la violencia.

Es un reto que compete a todos los gobiernos, sin importar la región geográfica ni el sistema político que adopten. Después de la masacre, el gobierno español anunció una respuesta firme de las autoridades, apuntando a «la derrota incondicional de los terroristas», pensando en que el garrote puede ser más efectivo que la zanahoria para motivar el abandono de estas repudiables tácticas. En nuestra opinión, se debería usar inteligentemente ambas medidas, o sea castigar severamente a los culpables materiales de estos brutales atentados, y sus autores intelectuales, pero al mismo tiempo aplicar también un «plan B» para entender y desactivar las causas subyantes que motiva a estas personas a su irracional comportamiento antisocial, sin que esto signifique la más mínima justificación de estas cobardes matanzas de gente inocente. Sólo cada nación afectada puede saber cuáles son esas razones, pues en cada caso la cultura y las circunstancias son diferentes, aunque probablemente algún tipo de injusticia social puede estar detrás del argumento utilizado por los terroristas. Lo que habría que hacer es persuadir a los involucrados que el camino democrático es es más efectivo a largo plazo para avanzar sus pro´pósitos, a menos que simplemente quieran drenar insensatos resentimientos en una despiadada catársis colectiva.

Detectar y comprender esas razones, y actuar racionalmente en consecuencia, es el verdadero deber de dichas autoridades, si realmente quieren erradicar gradualmente el fenómeno más allá de dar una respuesta severa y rápida, pues lo urgente y efectista suele ser enemigo de lo importante y duradero. Esa es la misión de los verdaderos estadistas, y esperamos que los líderes españoles, y de otras naciones que sufren esta lacra mundial -además de cooperar intensamente entre sí- estén a la altura del desafío que enfrentan, para no seguir incentivando la comisión de hechos similares por la vigencia implacable de ley de la acción y reacción, que aparentemente no se aplica sólo a fenómenos físicos. Combatir la violencia con un castigo ejemplar, es siempre la tentación facilista e inmediata de todo funcionario gubernamental, que sólo busca cumplir con sus funciones. Pero es bueno que estén conscientes que una respuesta impulsiva y meramente legalista puede ser peor que la enfermedad, la cual luce mucho más compleja y que exigiría soluciones más profundas que la simple captura y condena de los responsables del infame acto.

Aunque se pueda quedar bien políticamente con una respuesta enérgica, satisfaciendo así el anhelo vengativo de la gente sencilla y emotiva, cabe recordar que esa misma gente -aunque es mayoría- no siempre tiene la razón, y que se impone la misma sangre fría que usaron los grupos terroristas en la planificación y comisión del atentado, para buscar serenamente las estrategias -eficientes y duraderas a la vez- que eviten perpetuar este perverso círculo vicioso.

Una cita del discurso que ofreció al mundo el Secretario General de la ONU, Kofi Annan, poco después del atentado en las torres gemelas, viene al dedillo en este momento, ahora que Europa tuvo también su triste 11-9:
«Las Naciones Unidas deben confrontar resueltamente la violencia, el fanatismo y el odio, mientras luchan contra los males causados por conflictos geopolíticos, la opresión, el desgobierno, la ignorancia, la pobreza y la enfermedad. Esta actitud no eliminará cualquier fuente de odio ni podrá prevenir todo acto de violencia, ya que siempre habrá algunos que seguirán odiando y matando. incluso si termina toda injusticia en el mundo. Pero si este mismo mundo puede demostrar que seguirá luchando y perseverando en la creación de una comunidad internacional más fuerte, justa, benévola y genuina, aún a través de barreras raciales y religiosas, entonces el terrorismo habrá fracasado.» Palabras sabias y oportunas en esta nueva hora aciaga para el mundo civilizado.

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