Opinión Internacional

Río y la alta comisaria

La ciudad de Río de Janeiro ha sido sacudida por enfrentamientos violentos entre fuerzas de seguridad del Estado de Brasil, que incluyeron soldados y tanques de guerra de las Fuerzas Armadas (FFAA), y policías de la misma ciudad, contra pandillas de criminales y narcotraficantes que se han apoderado de favelas de la ciudad.

Río es una ciudad fascinante, la del Carnaval y la de las playas siempre repletas; la del enorme Cristo de los brazos abiertos y las playas de Copacabana e Ipanema, pero también, es una de las más peligrosas del mundo, con altísimos índices de criminalidad y pobreza. Ante el problema endémico del crecimiento de los barrios pobres o favelas, es difícil solucionar el problema de las bandas organizadas del crimen que han logrado construir  fortalezas armadas haciendo casi imposible que hasta el mejor programa de políticas sociales ponga fin, incluso a largo plazo, a la violencia crónica que maman desde la cuna millones de cariocas.

La utilización de la las FFAA para encarar el problema de los narcotraficantes y pandillas en favelas emblemáticas de Río como Vila Cruzeiro y Morro de Alemao, conduce a una lógica polémica sobre “el remedio vs la enfermedad” en una democracia que, en teoría, debería utilizar solo a la policía para el control de la violencia ciudadana. Seguramente, si la decisión del gobierno de Lula – ya de salida – hubiese sido tomada por los gobiernos de Colombia o Perú, entre otros, ya habría generado una severa reacción de los que se autoproclaman “defensores de los pobres” de América Latina. Incluso, hasta una reunión especial de UNASUR.

Si bien es cierto que en días recientes hubo una ola de ataques a estaciones policiales y quema de automóviles en la ciudad, es difícil no cuestionar si la reacción del gobierno de Brasil tiene o no relación con crear un ambiente más seguro para el Mundial de Futbol 2014 y las Olimpiadas de Río de Janeiro 2016. No es coincidencia que la alta comisaria de la ONU sobre DDH, Navi Pillay, alertó en noviembre de 2009, su temor al riesgo de “una limpieza social: «Puede haber una tentación de parte del gobierno, como fue la tentación de otros gobiernos que organizaron copas del mundo y olimpiadas, de limpiar las calles, y eso quiere decir apresurarse a tratar la seguridad pública sin preocupación por los derechos humanos”.

No toda la herencia política y social que le dejaría Lula a Dilma Rousseff podía ser tan venturosa.

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