Opinión Internacional

Rusia, Georgia, Stalin, Kosovo, Márai, Amis y Más, pero sobre todo Marx

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El conflicto entre Rusia y Georgia, al igual que todos los que involucran a la extinta Unión Soviética (URSS), es muy complejo, y por lo tanto, un análisis en profundidad requiere explorar ángulos históricos y emocionales amén, de los sucesos contemporáneos que enemistan a estas dos repúblicas que durante ocho décadas tuvieron un destino común bajo la tiranía del Partido Comunista Soviético.

Osetia del Sur, – con 66 mil habitantes, y Abjasia, con 215 mil, – son dos regiones que geográficamente están en territorio georgiano, pero sus habitantes exigen independencia desde que Georgia declaró la suya en 1991 tras el colapso de la URSS. En el caso de Osetia del Sur, 70% de su población tiene ciudadanía rusa y la mayoría son caucasianos de procedencia y cultura distinta a la del menos del tercio de los georgianos que allí viven. En Abjasia, la población rusa es menor que en Osetia, pero los abjasios autóctonos sienten más afinidad con Rusia que con Georgia, razón por la cual también aspiran a soberanía o algún tipo de confederación con el régimen de Moscú.

Es por esto que la raíz del conflicto, que hoy incluye factores geopolíticos e intereses energéticos, es étnica y nacional, y en eso se basan los líderes separatistas osetios y abjasios para exigir su independencia de Georgia. ¿Por qué hay tal mezcla de poblaciones rivales en estas regiones? La mayor responsabilidad recae en las políticas de un hombre que nació en Georgia, pero que eventualmente se convirtió en el arquitecto de la Unión Soviética y no solo terminó por identificarse como ruso, sino que intentó “rusificar” a las republicas conquistadas por su imperio: Yosef Stalin.

El Factor Stalin

No hay dudas de que a aquel sujeto a quien apodaron “Koba” durante su niñez y luego Stalin, – “el (hombre) de acero” – cuando se convirtió en un joven del partido comunista, tiene una gran responsabilidad sobre lo que ocurre hoy, tanto en Georgia, como en otros lugares de lo que fue la URSS.

Nacido en una de las ciudades más afectadas por el reciente conflicto bélico en Osetia del Sur, Gori, que se encuentra a encuentra a 30 Km. de su capital Tsjinval, Stalin fue uno de los más importantes asesores de Lenin cuando el ejército soviético, bajo las órdenes del fundador de la URSS invadió y anexó Georgia en 1921 para convertirla en una república vasalla de Moscú. Entonces, considerado por los georgianos como un traidor, Stalin aconsejó al nuevo gobierno bolchevique a no demostrar ninguna piedad a sus compatriotas: “¡Hay que tratar a esta tierra georgiana con un hierro al rojo vivo! […]- arengó entonces – ¡Tenéis que romperle las alas a esta Georgia! ¡Que corra la sangre de los pequeño burgueses hasta que depongan toda resistencia!… ¡Descuartizadlos!”.

La cita la proporciona Martin Amis en su libro Koba El Temible, quien
señala que para el historiador Robert C. Tucker, en ningún sitio se trató peor a las víctimas del Gran Terror de este tirano que en el Cáucaso, y específicamente en Georgia, en donde Stalin ordenó asesinar o enviar a campos de trabajo forzado (GULAG), a 425 de los 644 delegados que asistieron al congreso del partido comunista georgiano de 1937. Para Amis, Stalin – responsable de la matanza de más de 16 millones de soviéticos – se ensañó contra Georgia por vergüenza a sus humildes orígenes y a su propia familia, y su odio a esa republica llegó a niveles paroxísticos, no comparables con sus camaradas rusos de partido.

En los años 20, ya como presidente del Partido Comunista y sucesor de Lenin, Stalin dividió a Osetia en dos regiones y le entregó la parte sur a Georgia, dividiéndola de la región rusa de Ingusetia, que junto a lo que hoy se llama Osetia del Norte, es parte integral de la actual Rusia. Estas políticas se fundamentaban en venganzas del tirano contra gobernantes a quienes despreciaba, pero sobre todo, tenían la intención de seccionar a las repúblicas soviéticas y transferir poblaciones entre ellas, para enviar a miles rusos a difundir a lo largo y ancho del imperio soviético el idioma y la cultura eslava. El incremento de población rusa en detrimento de poblaciones autóctonas, – lo que el Partido Comunista llamó “la rusificación” de la URSS, – pasó por la deportación forzada de millones de personas. La región del Cáucaso fue una de las que más sufrió estas transferencias masivas de población, entre ellos, georgianos, chechenios, y armenios.

Stalin fue el causante de la actual situación de coexistencia forzada entre grupos étnicos diferentes que bajo el yugo soviético estuvieron obligados a abandonar sus sentimientos nacionalistas, adoctrinados por la ideología comunista. Sin embargo, esta mezcolanza que nunca amalgamó, explotó en violentos conflictos en la ex republicas soviéticas. El caso de Osetia del Sur es emblemático de las consecuencias de esta política, puesto que los habitantes osetios autóctonos y los rusos, de esa región, se niegan a ser parte de una Georgia independiente.

Para muchos rusos Stalin fue el hombre que consolidó el orgullo ruso en la era soviética, mientras que para los georgianos, fue un apóstata que destrozó sus aspiraciones nacionales.

El factor Stalin es un ingrediente del conflicto ruso-georgiano que no debe ser menospreciado a la hora de tomar en cuenta la animosidad entre estas dos repúblicas.

El Factor Imperial

Rusia ve a las ex republicas soviéticas como sus aliados naturales, o en todo caso, como parte de su “área natural” de influencia, aunque muchos gobiernos y poblaciones de esos países no tengan la menor simpatía por los rusos. Esta percepción es natural, porque muchas zonas de Asia Central, el Báltico, y el Cáucaso, – en donde se encuentra Georgia, – estuvieron bajo el dominio de los zares, durante siglos, y luego, fueron invadidas por el régimen soviético. Para gran parte de los rusos, la desintegración de la URSS fue una humillación, – no porque estuviesen contentos con su régimen totalitario y su sistema económico fracasado, – puesto sino porque que significó la pérdida de hegemonía sobre los otros países de aquel imperio.

En su obra autobiográfica ¡Tierra, Tierra!, el escritor húngaro Sándor Márai, registró sus primeras impresiones sobre la llegada de los rusos a su país, cuando se conformó el bloque de naciones europeas comunistas, luego de la II Guerra Mundial, y en un intento de ser objetivo, el autor personalizó el drama de muchos soviéticos que conoció en Budapest. Sin embargo, sobre los rusos, no pudo más que llegar a la conclusión de que estaban dispuestos a sacrificar grandes valores como la libertad intelectual o espiritual, en nombre de la expansión y consolidación de su imperio. Márai cita a un personaje famoso que en el siglo 19 profetizó lo siguiente: “Cuando Rusia cuenta con la cobardía y el temor de los poderes occidentales, hace que suene su sable y aumenta a un grado máximo sus exigencias, para comportarse luego como si fuera magnánima al contentarse con alcanzar sus objetivos más inmediatos…¿Ha pasado ya el peligro? No. Sólo es la ceguera de las clases dirigentes de Europa la que ha llegado a su cenit. Para empezar, la política rusa es inmutable…Pueden cambiar los métodos, las tácticas o las maniobras, pero la estrella polar de su política – la dominación del mundo – es un estrella fija”.

El autor de estas líneas fue el alemán Karl Marx, y estas palabras podrían perfectamente reflejar la posición rusa ante el reciente conflicto de Osetia del Sur: si occidente vacila, Rusia impone su política en base a la fuerza, y cuando reacciona, entra en una fase pragmática de negociaciones para obtener sus objetivos más inmediatos, sin renunciar a los de largo alcance, en este caso, la independencia o anexión futura de esa región georgiana a su país.

Si a esto le agregamos que los conflictos de hoy son esencialmente energéticos, que el Cáucaso es una región rica en petróleo y gas, y que Georgia es estratégica para transportar esta energía desde lugares como Kazajstán y Chechenia, entre otras, hacia su mercado en Europa, está claro que Rusia no permitirá que ese país se haga aliado de la Comunidad Europea, como su actual gobierno aspira, ni mucho menos de la OTAN.

El Factor Kosovo

El argumento de los gobernantes de la región de Kosovo, para separarse de Serbia, no estaba basado en que alguna vez esa provincia serbia fuese una nación independiente, sino, esencialmente, en el aspecto étnico y religioso. El 90% de los kosovares son albaneses musulmanes, a diferencia de un 10% de eslavos cristianos, del mismo origen de los serbios y de los rusos. Por lo tanto, a pesar de que Kosovo perteneció a Serbia desde 1912, y luego a la ex-Yugoslavia, su parlamento declaró unilateralmente su independencia, en febrero de 2008, e inmediatamente fue reconocido como nación soberana por 27 naciones, incluyendo a 10 de la Comunidad Europea.

El argumento de los líderes separatistas de Abjasia y Osetia del Sur, para independizarse de Georgia, no está fundamentado solamente en el aspecto étnico, sino, en un argumento de mayor peso: el nacional. La mayor parte de los territorios de Abjasia fueron anexados por la Rusia Zarista en 1864, al igual que lo fue Osetia – la que hoy está divida en la del norte y la del sur – en 1801, pasando luego ambas a ser reconquistadas por la Unión Soviética. Ambas regiones también gozaron de breves períodos de independencia.

Desde este punto de vista, Abjasia y Osetia del Sur poseen mejores argumentos históricos que Kosovo para exigir su independencia, y de ahí que sus líderes apelen constantemente a lo que llaman “el precedente kosovar”, para exigir que el mundo no actúe con hipocresía en sus casos. Ya desde el colapso de la URSS, los separatistas abjasios lograron, con ayuda rusa, dominar militarmente su región, luego de proclamar su independencia en 1992. Los osetios del sur se declararon en 1990 como una región ligada a Osetia del Norte y por lo tanto, de Rusia, pero Georgia la anexó como parte de su territorio original, previo a ser conquistados por la URSS. Tras conflictos violentos, en 1992 se creó una fuerza tripartita integrada por soldados autóctonos osetios, georgianos y rusos, para mantener el status quo de continuar siendo provincia georgiana bajo influencia de Moscú.

Sin embargo, la dirigencia de Osetia del Sur cambió su estrategia original de unirse a la del norte bajo soberanía rusa, eligiendo un presidente y parlamento propio, en 2001, y luego, con un plebiscito, en 2006, que – con el apoyo de la abrumadora mayoría de su población – proclamó su independencia. Sin embargo, hasta ahora no han sido reconocidos como soberanos por la comunidad internacional. Así las cosas, tanto Abjasia como Osetia del Sur mantienen una autonomía de facto, aunque de iure (desde el punto de vista jurídico), aun son parte de Georgia. Es por esto que durante el reciente conflicto bélico el parlamento de Osetia del Sur ha exhortado al mundo a reconocerlos como Estado independiente, basado en el “precedente kosovar”.

Paradójicamente, la independencia de Kosovo se ha convertido en el gran argumento político de Rusia – más allá de su superioridad militar – para justificar el por qué, en su percepción, tiene derecho a intervenir en Osetia y Abjasia.

Más Factores

Son muchas las razones por las cuales el conflicto entre Rusia y Georgia se complicó hasta conducir a ambas naciones al borde de convertirse en la primera gran guerra manifiesta entre dos ex republicas soviéticas.

El conflicto comenzó apenas Georgia se independizo de Moscú, pero pasó de las amenazas a la violencia en 1995 durante la presidencia del ex canciller de Gorbachev, el georgiano Eduard Shevardnadze, cuando separatistas abjasios junto a aliados pro-rusos nor-caucásicos masacraron a decenas de miles de georgianos, mientras que en Osetia del Sur, más de 20 mil fueron expulsados. Entonces, Georgia también deportó a familias osetias de ciudadanía rusa, durante años de mutuas acusaciones entre ambos países de ejecutar políticas de “limpieza étnica”. Se calcula que unos 10 mil civiles, pro-georgianos y pro-rusos murieron victimas de violencia interétnica. Tras el derrocamiento de Shevardnadze, tras la llamada “revolución de las rosas”, en 2003, el nuevo gobierno, encabezado por el actual presidente, Mijail Saakashvili, prometió restaurar la integridad territorial de su país, y con ese fin, impulsó una política exterior agresiva contra Rusia, exigiendo el retiro de sus fuerzas de paz en las regiones en conflictos, declarando que Georgia buscaría integrar la Comunidad Europea, y, algo inaceptable para Moscú, postularía para ser miembro de la OTAN. La apuesta de Saakashvili fue muy arriesgada, y más sorprendente aún resultó la incredulidad de los europeos y norteamericanos en creer que su acercamiento íntimo con un vecino de Rusia, sería permitido por un país de tradición expansionista y que, definitivamente, no renunciaría a sus áreas de influencia.

El mal cálculo de la administración Bush en el caso de Georgia – lo cual ya parece un estilo de gobernar – y la avidez europea de posesionarse en una zona de la cual son energéticamente dependientes, les hizo subestimar que Rusia reaccionaría agresivamente ante cualquier provocación georgiana. Medvedev, el nuevo presidente ruso, es obviamente un títere del ahora Primer Ministro Putin, quien no dejó piedra sobre piedra en una zona del Cáucaso – Chechenia – en donde fue masacrada más del 20% de su población musulmana durante una guerra por su derecho a la autodeterminación.

Los georgianos se equivocaron al pensar que los Estados Unidos vendrían a su rescate en caso de una guerra. Rusia mostró sus garras apenas Georgia se atrevió a enviar soldados a Osetia del Sur, les obligó a retroceder y demostró que occidente no está dispuesto a inmiscuirse en un conflicto bélico contra ellos. Por lo tanto, tras la firmar de la tregua en el actual conflicto, Georgia es el gran perdedor: ha debido admitir la permanencia de tropas rusas en su territorio, reconocer el derecho de sus grupos separatistas, e incluso, sus probabilidades de ser miembros de la Comunidad Europea son ahora más distantes que nunca.

Que dan claras varias cuestiones esenciales de este conflicto.

– El Cáucaso y Asia Central seguirán sumidas en disputas entre sus diversos grupos étnicos, religiosos, nacionales, y en rencores ancestrales, cuyas consecuencias – entre ellas el surgimiento de nuevos países – tendrán impacto para muchos movimientos separatistas del mundo.

– Rusia se fortalece luego de este conflicto, retornando como potencia bélica en el tablero internacional en sus áreas de influencia.

– La política de Medvedev es sucesora e hija de Putin, y por lo tanto, Europa, más que Estados Unidos, debe reconciliarse con la idea de que Rusia volverá a engullirse a varias de las naciones independientes a las cuales anteriormente dominó, a menos de que hagan caso al alerta que durante años han manifestado varios de sus intelectuales como los franceses André Glucksmann y Bernard-Henri Lévy: “¿Va a reinar el orden en Tiflis como reinó en Budapest en 1956 y en Praga en 1958?…sólo cabe contestar con una respuesta. Hay que salvar, aquí y ahora, a una democracia amenazada de muerte. Porque no se trata sólo de Georgia. El caso afecta también a Ucrania, a Azerbayán, a Asia Central, a Europa del Este y, por lo tanto, a Europa. Si dejamos que los tanques y los bombarderos arrasen Georgia, les estamos diciendo a todos los vecinos, más o menos cercanos a la Gran Rusia, que jamás los defenderemos, que nuestras promesas son papel mojado, que nuestros buenos sentimientos se los lleva el viento y que, por lo tanto, no pueden esperar nada de nosotros.” (¿SOS Georgia?, ¡SOS Europa!, El Mundo, 13 de agosto de 2008).

– Marx tenía razón cuando dijo: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. Solo que en este caso, no citamos a Karl, el sociólogo alemán, sino a Groucho, el comediante estadounidense.

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