Opinión Internacional

Rusia: La caída de la oligarquía

La última crisis económica y política de Rusia estalló en agosto de 1998 con los siguientes resultados: (1) Devaluación a un tercio de su valor de la moneda nacional; (2) aumentos de precios y depreciación de los ahorros de la gente; (3) reducción a la mitad del nivel de vida de la gente trabajadora; (4) un nuevo alineamiento de fuerzas en los más altos niveles del poder político y estatal.

¿Cuáles son las razones para la crisis? ¿Y cuáles son las reacciones de los trabajadores? Según la versión oficial, las causas de la crisis son puramente económicas; la mecha se encendió por factores externos (la crisis financiera en el sudeste de Asia); la política económica llevada a cabo por el régimen de Yeltsin desde 1992 era la única posible y básicamente correcta; y los poderes fácticos están tomando suficientes medidas económicas y administrativas para superar la crisis, incluyendo un nuevo gobierno; la crisis se superará y la reforma continuará, etc.

¿Pero qué ocurrió realmente? De hecho, ha sido una catástrofe más que una crisis económica; el régimen actual necesitará muchos años para salir de ésta, si es que sale.

Desde el periodo de la perestroika, el objetivo estratégico principal de la burocracia estalinista, como élite directiva, ha sido formar un nuevo estado y un nuevo sistema social, sobre una nueva base económica, pero en que la supremacía económica y política de esa burocracia se mantuviera intacta. Sólo podía hacer eso sobre la base de la propiedad privada. La burocracia tuvo que convertirse en jefes en el sentido formal, jurídico, para poder convertirse en propietarios de la base económica de la sociedad, sus medios de producción, y así se convirtió en algo cualitativamente nuevo, se convirtió en la clase directiva de una nueva, «correcta», sociedad burguesa, sobre una nueva base «legal».

La historia de Rusia desde 1992 a 1998 se puede dividir en dos periodos: el primero, «parlamentario-presidencial», y el segundo, «presidencial». En el primero, hasta octubre del 93, varias secciones de la burocracia se definieron económica y políticamente, y se separaron unos de otros de una forma confusa, caótica. Cortaron el pastel de la economía nacional y se lo repartieron, pero las contradicciones entre ellos implicaron que estuvieran desorganizados, que lo que hacían no pudiera pasar inadvertido, no pudiera escapársele a la gente. Se necesitó el golpe de estado de octubre del 93 para llevar al poder a la oligarquía financiera y de materias primas, que en las condiciones económicas prevalecientes era la mejor situada para ponerse en cabeza.

Después de que los «demócratas» llegaran al poder, prácticamente destruyeron las fronteras económicas del Estado. Una cantidad inmensa de productos industriales y de consumo de los países desarrollados inundó el mercado ruso. Por una parte, los únicos productos rusos que podían aguantar la fuerte competencia de las importaciones eran las materias primas, especialmente la energía y el petróleo. Por otra parte, el monopolio sobre el comercio exterior fue abolido y los únicos sectores de la industria que podían conseguir ingresos por exportaciones – los productores de materias primas – fueron convertidos en empresas privadas. Los ingresos fueron a las manos de los propietarios de esas compañías. Y fue precisamente este grupo, esta sección de la burocracia estatal, el cual, habiéndose aliado con organizaciones financieras especulativas que empezaron con dinero estatal, subordinó el aparato estatal y la totalidad de la economía nacional rusa a sus intereses. Este grupo, entrando en contacto con el capital financiero internacional y convirtiéndose en su representante directo y ejecutor de sus órdenes en Rusia, tomó cuerpo como la oligarquía financiera y de materias primas.

Desde 1994, el principal objetivo de esta oligarquía y de los círculos gobernantes era consolidar y reforzar su poder, para seguir repartiendo la economía nacional entre propietarios privados. Compraron las empresas del Estado, mediante subastas y otras privatizaciones. Los resultados fueron increíbles: mientras el gobierno había prometido que una de sus principales partidas de ingresos serían los provenientes de la privatización, de hecho ésta contribuyó sólo en una parte minúscula. Por ejemplo en 1995, uno de los años clave de las privatizaciones, los ingresos por privatizaciones resultaron ser menos del dos por ciento de los ingresos del Estado. Lo que ocurrió está bastante claro: las empresas se vendieron por mucho menos de su valor real. Así la oligarquía «obligó» al Estado a desprenderse de las partes más valiosas de la propiedad estatal, como la industria del gas, del petróleo, del metal, los bancos y algunas partes de la red de comercio y distribución.

Fueron estas ventas a precio de saldo de la propiedad estatal las que dieron a luz el capital ruso a gran escala de hoy.

Mientras llevaban a cabo este robo de fondos públicos – el mayor de este siglo – bajo el disfraz de la privatización, el gobierno cargó el peso financiero de mantener la maquinaria estatal a las industrias productivas, ahogándolas con impuestos y cargas excesivos (por supuesto la destrucción del potencial industrial del país correspondía totalmente a los intereses a largo plazo del capital financiero internacional. Primero, eliminaba de la escena mundial un poderoso competidor en los «países en desarrollo», el sucesor al imperio estalinista, Rusia. Segundo, la aniquilación de las industrias a gran escala en Rusia también acarrea la desaparición de la clase trabajadora, y con ello la amenaza a una revolución socialista en Rusia. De esta forma, la contrarrevolución estalinista ha llegado a su conclusión lógica).

Como consecuencia, el potencial económico del país se ha ido reduciendo constantemente, y hoy es realmente la mitad del que era en 1991. Diversas ramas de la industria, como la electrónica, fabricación de instrumentos, construcción de maquinaria pesada, industria naviera, maquinaria agrícola, etc. han desaparecido virtualmente. El gasto en investigación y desarrollo se ha reducido en tres cuartas partes y la preparación e introducción de nuevas tecnologías se ha reducido drásticamente. Los esbozos de la futura estructura económica de Rusia son ya claramente visibles: inmensos, hipertrofiados sectores metalúrgico, de energía y del petróleo; una relativamente alta proporción de industrias de alto consumo energético y ecológicamente destructivas; la desaparición casi total de la actividad científica tanto pura como aplicada, y de las instituciones de educación técnica avanzada. El país se encuentra en la tesitura de perder lo que queda de su potencial industrial y científico, no hace mucho el segundo del mundo. Todas las perspectivas para un futuro crecimiento económico están siendo abandonadas; de hecho, nos encontramos ante la perspectiva de transformarnos en una colonia subdesarrollada.

A la vez que destruía su propia base industrial, la oligarquía estatal está cortando duramente los apoyos a su propia gente, y, en primer lugar, los salarios, pensiones y beneficios sociales. Baste decir que los ingresos medios en Rusia son de 22.000 ptas. al mes, mientras que el salario mínimo que el Estado paga a sus empleados es de 2.100 ptas. al mes – y los precios de los productos de consumo están en los mismos niveles que en los países desarrollados, en muchos casos más caros. Y frecuentemente los trabajadores comunes ni tan sólo reciben sus miserables pensiones y salarios durante meses sin fin. De todo esto puede el lector hacerse una idea aproximada del nivel de vida de los trabajadores rusos.

Ante esta perspectiva, la prosperidad (en el sentido completo del término) de los «trabajadores» en el aparato del Estado y de los directivos de las empresas privadas es especialmente provocativa. En primer lugar, el aparato estatal ha crecido enormemente en los últimos seis años. En segundo lugar, funcionarios del Estado de todo tipo, desde mandos medios para arriba, cobran a niveles europeos. Los salarios oficiales de los representantes en la Asamblea Federal y empleados del aparato estatal central se miden en miles de dólares al mes. En tercer lugar, todas las prebendas – los privilegios de la burocracia de Stalin y Brezhnev, por la denuncia de la cual consiguieron los «demócratas» ganar la confianza de la gente – se mantienen de pleno.

En cuanto al nivel de vida de la nueva burguesía, podemos mencionar el hecho de que la pobre y hambrienta Rusia, con su salario medio de 22.000 ptas., compra la mitad de Mercedes del mundo. Pero incluso en las circunstancias descritas, con los trabajadores casi muriéndose de hambre, la destrucción de la actividad científica, cultural, educativa y médica, y la estrangulación de la industria por cargas exageradas impuestas por el Estado, la oligarquía burocrática aún está desastrosamente necesitada de dinero.

La deuda exterior de Rusia se incrementó de $70.000 millones a $130.000 entre 1992 y 1998 (en la actualidad representa casi $1000 por cada hombre, mujer y niño del país). En 1997, el 30% de los ingresos del comercio exterior fueron a parar al pago de la deuda!. En cuanto a la deuda doméstica, en 1998 había alcanzado ya $120.000 millones. La mayor parte de ésta consistía en bonos estatales, los ahora famosos GKOs (bonos del tesoro a corto plazo). Y fue precisamente esta forma de financiación la que llevó a la bancarrota al Estado ruso.

¿Qué es el mercado de GKOs? Es una especie de pirámide estatal, un medio del Estado de arreglar sus deudas obteniendo nuevos créditos a tipos de interés más altos. Este proceso no podía continuar indefinidamente y cuando la escala de la deuda alcanzó cierta masa crítica, el Estado anunció que no podía responder a sus obligaciones financieras, lo que equivale a una admisión oficial de bancarrota. El sistema financiero estaba destruido, la economía paralizada, y el gobierno fue obligado a dimitir.

Para el observador foráneo podía parecer que ésta era solo una crisis financiera más (parecida al «Jueves negro» de 1994 en que el rublo sufrió una fuerte devaluación) y que todo volvería pronto a la normalidad. Pero hay detalles instructivos e interesantes que remarcar. Durante estos años de gobierno oligarca, cualesquiera que fueran los desacuerdos y contradicciones entre estos oligarcas, siempre habían cerrado filas y trabajado conjuntamente cuando su poder se veía en entredicho. Esto fue especialmente claro en la carrera por la elección presidencial de 1996. En enero de 1996, seis meses antes, con los trabajadores habiendo notado las consecuencias de las políticas de «su» presidente, Yeltsin sacaba en las encuestas un 5 o 6 por ciento de votos. Los oligarcas, amenazados con una pérdida de poder y la transferencia de los medios de control a un grupo diferente de oligarcas, cerraron filas. Trabajaron de forma organizada, uniendo sus recursos financieros y sus aparatos de comunicación/demagogia. Violaron la moralidad del país de tal manera que su hombre, Yeltsin, recibió más del 50% de los votos, según datos oficiales, y permaneció en la presidencia. El status quo se mantuvo: la misma marioneta (presidente) controlada por los mismos titiriteros (los oligarcas).

Pero, ¿previó la élite dirigente la amenaza a su poder de la crisis financiera actual? ¿Tenían preparado un plan «anti-crisis», esto es, un plan para preservar el orden de las cosas y su política social y económica? Sí, tenían un plan, y se llamaba «elección del presidente».

Era sencillo y lógico. Sería una repetición de 1996… sólo que Yeltsin es físicamente incapaz de llevar a cabo incluso las funciones formales y ceremoniales de un cabeza de Estado. Este alcohólico de 67 años se parece muchísimo al senil Brezhnev de 75 de antaño. Así que debía ser elegido, o más bien escogido, un nuevo representante de la élite directiva. Los requerimientos eran, primero, que estuviera atado de pies y manos a los oligarcas, que fuera responsable de las políticas previas y estuviera preparado para continuar con ellas, y segundo, que fuera suficientemente bien conocido en el país.

Viktor Chernomyrdin cumplía todos los requisitos. Es un representante típico de la burocracia estalinista-brezhneviana. Nacido en 1938, llegó a ministro de la industria del gas y el petróleo de la Unión Soviética en 1986. Era miembro del Soviet Supremo, y del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Fue uno de los primeros en entender la esencia de la «perestroika» y del hecho de que se movía hacia un sistema de propiedad privada, y en la primavera de 1989 convirtió su ministerio, o, para ser más exactos, la parte que su ministerio mandaba, esto es, la industria del petróleo, en una gigantesca empresa, Gazprom. Estaba tan confiado en su futuro que ya en 1990 había dimitido del PCUS. En mayo de 1992 entró en el gobierno como Vicepresidente primero.

Después de que el «Heróstrato ruso», Yegor Gaidar, decidiera conseguir su lugar en la historia causando destrucción sin precedentes en su propia gente en 1991-92, y estuviera suficientemente desacreditado, Chernomyrdin le reemplazó como jefe de gobierno. Su política estuvo completamente en línea con los «requisitos de los tiempos que corren» y los intereses de la burocracia. Chernomyrdin, sintiéndose obligado sobre todo a cuidar a su «primogénito», a su trozo del pastel de la economía nacional (el trozo más grande, más gordo y más rentable, por supuesto, Gazprom), lógicamente no se inmiscuyó en la batalla de las otras secciones de la burocracia por obtener la propiedad de otros trozos.

No fue sino el gobierno de Chernomyrdin el que dio a luz a la pirámide de los GKO como medio de financiar el presupuesto estatal, la misma pirámide que fue la causa inmediata de la bancarrota del estado de Yeltsin (a 1 de julio de 1998 la deuda doméstica en bonos del tesoro a corto plazo sumaba 436.000 millones de rublos, pero las facturas totales del presupuesto estatal cubiertas con esa deuda en los años en que se emitieron, es decir la diferencia entre los bonos emitidos y los pagos de intereses en esos bonos, era de sólo 30.000 millones de rublos. En este sentido el mercado de GKOs fue tan sólo otro medio para el enriquecimiento de las clases dirigentes).

Estaba ya muy claro a principios de 1998 que la bancarrota del Estado era una perspectiva a corto plazo. La oligarquía decidió que era el momento para actuar. En marzo de 1998 Chernomyrdin fue despedido de su posición de Primer Ministro y se puso en su lugar a Sergei Kirienko, ministro de Energía, un joven reformador a quien nadie conocía. Iba a ser el cabeza de turco; era importante crear la impresión de que fue la torpeza e inexperiencia de este nuevo primer ministro lo que hundió al país en una catástrofe financiera que hubiera sido totalmente evitable. Y después del «sacrificio del recién nacido», por el cual los pecados de seis años de gobierno de Chernomyrdin fueron absueltos, el «padre del pueblo», Yeltsin, intentó con mano firme dar media vuelta a la temporalmente «equivocada» despedida del «peso pesado» (como Yeltsin describió orgullosamente a Chermonyrdin en medio de la crisis de agosto). Él, Viktor Stepanovich [Chernomyrdin], era el líder capaz bajo cuya dirección el país había vivido comparativamente bien.

Y hasta ahí todo funcionó de acuerdo al plan. Los síntomas de la crisis financiera iban haciéndose cada vez más evidentes, la tasa de cambio del rublo empezó a flojear y poner freno a su declive se hacía cada vez más difícil. Bajo pretexto de sostener su moneda, la oligarquía pidió al FMI $4.800 millones para restaurar la fe en los GKOs. El Estado prometió elevar los intereses de los GKO en un 200 por cien, pero nadie los compró, el Estado no pudo pagar ninguna de sus deudas y el 17 de agosto se declaró insolvente.

Yeltsin propuso que Chernomyrdin volviera como jefe de Gobierno y propuso su candidatura a la Duma. En ese momento, ocurrió algo inesperado. La crisis resultó ser tan profunda que el plan de los oligarcas se fue al garete. Yeltsin tuvo que renunciar a Chernomyrdin y nombrar Primer Ministro a Yevgeny Primakov en su lugar.

Lo que estaba sucediendo realmente es que la sociedad estaba fuera de control. La proporción de bienes para el consumo importados, que se compra con moneda fuerte, es muy alta: 40% en promedio en el país, 50% en las ciudades, y ahora el rublo valía un tercio de lo que valía antes. Los precios se doblaron, pero los salarios, pensiones y beneficios sociales, permanecieron donde estaban. En unos días, los trabajadores literalmente eran el doble de pobres.

¿Cuál fue la reacción de los trabajadores a estos acontecimientos? Por desgracia, el régimen criminal una vez más se salvó de su castigo. En las grandes ciudades, bajo la presión de una inflación galopante, se formaron manifestaciones y reuniones espontáneas, y los más altos representantes de las autoridades locales se vieron obligados con frecuencia a presentarse y dar la cara. Le dieron la culpa de todo a las autoridades centrales e insistieron que en sus regiones se había hecho todo lo posible para suavizar los golpes de la crisis (control del movimiento de productos fuera de la región, control sobre el precio de la leche, el pan y otros productos básicos, etc.).

El Partido Comunista de la Federación Rusa, proclamándose a sí mismo defensor de la población, dijo que habría una gran manifestación de trabajadores el 7 de octubre para protestar contra la política del gobierno de robar a la población. Pedían la dimisión de Yeltsin y el cambio de política económica en favor de los «productores nacionales», es decir, la burguesía rusa. La llamada Federación de Sindicatos Independientes de Rusia también anunció que tomarían parte en la protesta y añadieron su propio eslogan: elecciones parlamentarias urgentes. Pero la protesta tan cacareada por la «oposición» tuvo lugar tranquila y silenciosamente; un número insignificante de gente participó.

El gobierno también puso su grano de arena para «dejar escapar el vapor». Por una cantidad de dinero minúscula compró a los líderes de la Unión de Mineros Independientes, que a cambio desconvocó el piquete contra edificios públicos por los mineros. El piquete había estado en marcha durante cuatro meses y acabó el 5 de octubre, justo dos días antes del «día de protesta en toda Rusia» que pedía la Federación de Sindicatos Independientes.

Los comentarios sobre el nuevo gobierno de Primakov por parte de Semenov, representante de la sección más militante y decisiva de los mineros, de Vorkuta, fueron significativos. Dijo «Veremos. Estamos a favor de muchas de las propuestas de Primakov, pero todo depende de qué nombramientos hace y de lo que realmente haga. Agradecemos el hecho de que se haya referido a la necesidad de orden y disciplina. Pero lo crucial es sobre todo el orden y disciplina de los de arriba… Quizás ahora empecemos a construir la nueva sociedad en la que hemos soñado. Un paso en esa dirección es el plan para pagar finalmente todos los atrasos que se deben a los trabajadores, y tratar de arreglar la crisis económica». Así que las propuestas son buenas, y lo más importante es la «disciplina de los de arriba», como si el problema hasta ahora fuese que el robo a los trabajadores por los de arriba fuera «indisciplinado» y no suficientemente organizado!.

La tragedia es que la clase trabajadora rusa no se ve todavía a sí misma como una fuerza política, no ha desarrollado una conciencia de clase. Aún espera que si un grupo de dirigentes (la oligarquía financiera y de las materias primas) es substituido por otro (por ejemplo, la burguesía industrial), el país empezará a moverse hacia la paz social y el progreso económico.

Debemos esperar que las lecciones del mandato de Yeltsin no sean olvidadas por los trabajadores, que la gente empiece a desarrollar desconfianza hacia sus explotadores, cualquiera que sea la máscara que lleven, y que empiecen a confiar sólo en su propia fuerza – y desarrollar desde sus propias filas organizaciones políticas y económicas que defiendan sus intereses y sólo los suyos.

*El autor es un socialista afincado en Moscú y miembro del comité organizador de la Biblioteca Pública Gratuita Victor Serge

(%=Link(«http://www.zmag.org/Spanish/index.htm»,»ZNet en español»)%)

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