Opinión Internacional

Santa Marta, el día después

Pero, ¿usted cree que dure esa amistad ?­ me pregunta el taxista apenas percibe mi acento del Caribe venezolano.

He llegado a Santa Marta el 20 de agosto, exactamente 10 días después de la reunión sostenida en la quinta San Pedro Alejandrino, por los presidentes Chávez y Santos. Durante el día tendré entrevistas con historiadores y expertos en las circunstancias de la muerte y posteriores entierros del Libertador en esa ciudad. No hay que olvidar que los restos de Bolívar permanecieron 12 años en la catedral de Santa Marta, antes de ser trasladados a Caracas en 1842. Era, pues, un adolescente en la muerte cuando abandonó la ardiente tierra samaria. En las noches, y muy temprano en las mañanas, caminaré por ahí, conversaré con la gente.

El conductor que me lleva del aeropuerto a mi hospedaje es comunicativo. Comienza diciéndome que los taxistas del terminal aplaudieron a Chávez a su llegada. «Pa’ que vea que aquí no le va a pasar nada, que no somos enemigos de él». Desde ese momento voy a escuchar numerosos testimonios acerca de las buenas expectativas que ha despertado ese encuentro de jefes de Estado en una ciudad turística que recibe muchos visitantes de Venezuela. Me sorprende lo informados que están: saben muy bien que Colombia necesita el avenimiento binacional porque su economía depende en buena medida de las exportaciones a Venezuela, pero también están bien enterados del desabastecimiento que ha causado en este país la interrupción de ese flujo, así como el peso que tuvo la cancelación de los contratos de compra de víveres a Colombia, en la pérdida de más de 120 millones de kilos de comida adquirida por el Estado venezolano para arrojarla a los pudrideros.

El chofer sabe mucho. Estaba allí el 9 de agosto, cuando aterrizaron los dos aviones. Uno, inmenso, traía dos carros blindados, oscuros, sin placas. Está convencido de que eran Mercedes Benz, pero no les vio la insignia. «Se las habrán quitado». Y en el otro venían los guardaespaldas, esos hombres muy negros que rodean a Chávez. No me sorprende escuchar que por lo menos la mitad iba vestida de blanco. No todos, algunos llevaban camisas rojas. Tampoco todos eran negros. Pero ninguno les dirigió la palabra a los locales. En cuanto pusieron pie en tierra recorrieron palmo a palmo las instalaciones del aeropuerto Simón Bolívar, de Santa Marta, con sus detectores de metal y media docena «de perros chatos, que no eran dóbermans, ni esos perros policías que uno ve siempre, sino unos perros chiquitos que olisqueaban todo».

En los dos lujosos carros se fueron los hombres a hacer el recorrido que al día siguiente haría Chávez y que puntuaría con «espontáneos contactos» en un barrio pobre.

Por donde voy me asedia la pregunta. ¿Durará? Me limito a sonreír. No me hace ninguna gracia oír en el extranjero alusiones a la levedad de la palabra del presidente de mi país, a quien quisiera brillante, probo, sobrio y respetado por los pueblos. Hay unanimidad en que Chávez dice una cosa hoy y al siguiente día, la contraria.

Mucha gente en Colombia se ha arruinado por estos bandazos. Y nadie ignora los sufrimientos de los habitantes de la frontera de ambos países. Para colmo, el atuendo que escogió para la ocasión no contribuye con la seriedad de su imagen.

Por algún motivo, les parece comiquísima aquella especie de paracaídas que lo hizo sudar a mares. Saco la cara por el gentilicio alegando que ése es el uniforme de las selecciones nacionales deportivas. Es así, ¿no? Pero no logro convencer a un auditorio de hombres en guayabera. Bueno, tampoco es tan importante.

Tremendo va a ser cada vez que aluden al hecho de que antes de proceder a «reconstruir lo desmoronado y construir la paz», a Chávez no se le ocurrió nada mejor que recitar, de memoria, la supuesta carta que el Libertador habría escrito, desde Santa Marta, en diciembre de 1830; esto es, cuando estaba en plena agonía, a su «prima Fanny Du Villars», quien no era ni pariente lejana del Libertador. Es conocido que esa misiva la escribió el historiador venezolano Luciano Mendible, para echárselas, será, de que podía imitar a la perfección el estilo del genio decimonónico.

Fue publicada por primera vez en 1925. Y en cuestión de días, el historiador Vicente Lecuna determinó que se trataba de un documento apócrifo, cosa que Mendible, el supuesto descubridor de aquella última carta del moribundo, admitió.

Hay ridículos que pueden evitarse.

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