Opinión Internacional

Se caen los aviones

Todo queda interrumpido. Las ideas hechas trizas. Los apuntes para entender el país paralizado una vez más congelados. Días de primavera adelantaban una estación quizás lluviosa no menos amable y esperada. Nos miramos y nos quedamos atrapados colgando de las noticias en la radio, siempre la más cercana, la más rápida, la más parecida al grito de un vecino, un amigo, un familiar.

La noticia es cruel y confusa y mientras más se aclara más cruel. Parece que nadie sabe muy bien o no quiere saber, como nosotros, la lista de pasajeros. Como que las figuras públicas no deberían caerse, como los aviones que no deberían caerse, como las misiones de buena voluntad que no deberían caerse, como que la desgracia no debería dejarse caer sobre las buenas causas o las personas conocidas, como que el mal fuera siempre asunto de países remotos y nombres ajenos, asunto del trámite de la vida, otra región, digna de todo desprecio, ignota, perdida. Vibra el noticiero, vibran las redes sociales, el Twitter, más rápido que la radio, casi más rápido que el pensamiento, el ruido de las voces en la escalera, en el pasillo. El avión desaparecido, la lista de víctimas, la posibilidad de que estén todos muertos. Un diario acelera una portada temible despidiendo a Felipe Camiroaga y la protesta en Twitter es tremenda, la conexión en internet falla y la portada se retira de circulación. “El último vuelo del halcón” es sancionada cuando aun hay esperanzas. Una vidente asegura en Twitter que habría sobrevivientes en una cueva de la isla.

El ministro, el Presidente, hacen declaraciones oficiales. Días de duelo. El horror sordo. Los nombres, los conocidos, los por conocer. Felipe Cubillos, habíamos estado con él recién, su ferviente corazón, su pasión por la aventura, su entrega total a la vida y la generosidad, ejemplo de generaciones. Sus hermanos, Nicolás, a quien aprecio y admiro, Marcela, su dolor en el rostro de su pareja, el Ministro Allamand. Los nombres de los caídos que van cobrando identidad y crecen y crecen en información y se convierten de una lista de héroes anónimos en familiares de una estirpe que viste de luto. La noticia que se va asimilando, siempre mal, no hay desgracia de este tipo que conozca verdaderamente el olvido, y la vida que sigue como de mala gana, de costado, mal herida, siempre coja. Cuerpos rescatados, información sucinta, mejor no imaginar, esperar encontrarse con los que puedas estrechar en un abrazo, hondo, largo.

Lo que no está en los planes de nadie, el accidente aéreo, el choque de trenes, el terremoto, el atentado extraño, el tsunami, lo que no podemos prever siempre y para siempre, lo que nos obliga a vivir en acto de fe, sin conocer jamás la certeza total en tiempos en que nunca la incertidumbre fue tanta y donde mientras más sabemos de menos estamos seguros, donde vivimos en constante apuesta y arrojo, en alerta, intentando trocar el miedo en confianza, todo eso de pronto es visitado por el azar, los números en contra, el viento de cola, la falla inesperada, qué me importa ya lo que diga la caja negra.

Compungidos, yendo y viniendo de la televisión al internet, a la vibración táctil de las redes sociales, la radio ya puso música suave, unos amigos se fueron al teatro, hay poca gente en la pizzería, el lunes no estará Felipe Camiroaga ni muchos otros en el Matinal.

Hay gente que reemplazará puestos en el Ministerio de Cultura. Todos sentirán que nadie puede reemplazar a nadie. ¿A Felipe Cubillos, esa tromba humana? Nadie, nunca nadie reemplazará a nadie. Somos la huella de nuestros seres perdidos. Sobre mi primo Mauricio había hablado, recién muerto, en la semana.

Soy su portador. Del avión caído somos todos ahora los tripulantes. Los responsables de que ese vuelo de buena voluntad llegue a puerto. Se caen los aviones y no nos vamos a caer nosotros, dice un señor junto a mí en la farmacia de turno. Yo pienso que es cuando hay que justamente remontar el vuelo. Nos pasaron el testimonio. Hoy todo Chile es Juan Fernández. Todos estamos allí. Y por eso, como en ciertas pesadillas, nos cuesta recuperar el paso, la marcha, la velocidad. Estamos recibiendo la herencia y los encargos de los fallecidos. Somos su misión. Sus portadores.

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