Opinión Internacional

¿Servidor del Imperio?

En los actos de protesta ciudadana contra abusos o injusticias, que se dan de vez en cuando en países civilizados, casi siempre existen dos tipos de participantes: por un lado, una masa mayoritaria de manifestantes pacíficos y disciplinados que ejercen un efecto político y moral formidable, y por el otro, bandas minoritarias de provocadores (pagados por la policía o simplemente orates desenfrenados) que destrozan todo lo que tienen por delante y, de este modo, desacreditan o perjudican la protesta, justifican la represión y prestan ayuda objetiva al sistema imperante.

En el escenario internacional ocurren fenómenos análogos. En la década de los noventa, la imposición de la globalización económico-liberal frenó la recesión mundial y reactivó el crecimiento, pero al mismo tiempo agravó las asimetrías y exclusiones sociales y geográficas más allá de los límites de tolerancia de algunos pueblos. Por otra parte, a partir del 2001 el gobierno conservador de los Estados Unidos ha utilizado los actos criminales del terrorismo islamista como pretexto para retroceder a un intervencionismo unilateral que inquieta a los demás países. La globalización económica neoconservadora y el unilateralismo estratégico del mismo signo ideológico se han unido para constituir un poder imperial que –desde una perspectiva democrática de centroizquierda- requiere, como respuesta, una suerte de “protesta ciudadana” internacional.

Esa protesta internacional, con sus aspiraciones de democracia social y de soberanía regional periférica, ha ganado impulso en América Latina. Influyentes gobernantes de Suramérica, juntos o separados, vienen apuntando hacia un porvenir de integración regional primero y hemisférica después, o quizás regional y hemisférica al mismo tiempo. Con serena firmeza, exigen que el gobierno de Washington comience a ponderar el problema de las asimetrías estructurales y los eventuales mecanismos de cohesión entre diferentes niveles de desarrollo.

Infortunadamente, al lado de estos “manifestantes” serenos y eficientes, ha surgido un protestatario de tipo provocador y divisionista que debilita el nuevo movimiento de autoafirmación latinoamericana y colabora objetivamente con el poder hegemónico. Proviene de la tierra del Libertador e invoca su nombre, pero traiciona su legado. Donde Bolívar predicó la unidad y la concordia de todos los pueblos de la América mestiza, el actual mandatario siembra la cizaña del odio y la desconfianza. Sacrificando irresponsablemente la ventaja geopolítica de Venezuela como encrucijada de los cuatro puntos cardinales de la región, la separa de Mesoamérica y de los Andes para amarrarla exclusivamente a un imaginario “eje” sureño. Luego divide este mismo “eje”, estimulando conflictos entre sus miembros “grandes” y “chicos”. Jamás en nuestra historia se han visto errores estratégicos tan inmensos e imperdonables.

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