Opinión Internacional

Si así son mis amigos…

Nadie podrá negar que el gobierno de Hugo Chávez escoge con tino a sus
socios estratégicos. Días atrás visitó Venezuela Muammar al Gaddafi, líder
de la revolución libia y confeso promotor de atentados terroristas que les
han costado la vida a inocentes.

Llegó al poder en 1969 y fue condecorado en Margarita por nuestro timonel.

Ni qué decir de Fidel Castro, aristócrata de la izquierda latinoamericana y
cabeza de playa de una dictadura que mata de hambre al pueblo cubano.

Todos pertenecen a una cofradía que se amplía con el tiempo, a medida que se suman
nuevos autócratas al club.

A esta fiesta de las personalidades retorcidas se sumó Mahmud Ahmadineyad,
quien en junio pasado se proclamó ganador de las elecciones presidenciales
en Irán. A pesar de los reclamos de los rivales (que cuestionaban el
resultado) y de la revuelta popular que se desató a favor de elecciones
transparentes, Ahmadineyad juró al cargo para su segundo mandato en agosto.

La crisis política que vivió Irán en ese período de tres meses es la mayor
que haya conocido Teherán desde 1979, cuando se produjo la revolución
islámica. 30 personas murieron y un millar fueron detenidas. En octubre ya
tres manifestantes han sido condenados a muerte.

En ese contexto acaba de revelarse la historia de Ibrahim Sharifi, 24 años,
estudiante de Informática, bloguero, que fue detenido el 23 de junio (once
días después de las elecciones), muy cerca de su casa, en la ciudad
dormitorio de Shahrak Neft, al noroeste de Teherán.

Sharifi se encuentra exilado en Turquía, después de una breve pero dolorosa
pasantía por el infierno iraní. Su único pecado fue disentir. Por ese
«crimen’’ su orgullo fue pisoteado para minar su capacidad de protesta
contra un régimen que no es legítimo ni democrático.

A este estudiante le vendaron los ojos y le ocultaron donde lo habían
encerrado, aunque el reconoció que era Kahrizak, centro secreto de detención
en donde murieron tres presos.

Allí lo golpeaban, simulaban ejecuciones, lo hacían pasar hambre. Cuando se
rebeló ante un nuevo simulacro de ejecución, lo llevaron a otro cuarto y lo
violaron.

Sharifi le confesó a Juan Carlos Sanz, periodista de El País de España, que
este recurso es el último que utilizan para humillar y destruir a la
disidencia. Cuando lo violaron, ya este joven vomitaba sangre por las
patadas que había recibido en el vientre. Y se desmayó. Los torturadores les
preguntaron a los médicos si lo remataban o si se moriría solo. Los médicos
propusieron que lo dejaran en la calle, que allí no se salvaría.

Lo abandonaron en una autopista. Pero se salvó. Fue atendido en un hospital
y después incluso presentó una denuncia por insultos y agresiones.

No mencionó la violación. Su familia es religiosa y apoya a Ahmadineyad. Su
padre es un oficial retirado de la policía.

Pensó en suicidarse.

Un dirigente de la oposición iraní, Mehdi Karrubí, ayudó a Sharifi a hablar
de la violación y a desahogarse, a que entendiera que era una víctima y que
no debía tener vergüenza por lo que le había sucedido.

Entonces aceptó declarar ante un representante del Fiscal General Ghorban
Alí DorriNayafabadí . Pero el proceso no avanzó.

Lo que sí prosperó fue el acoso de los funcionarios policiales. Lo
amenazaron con asesinar a su familia y disfrazar el hecho como si se tratara
de un accidente. Esta historia podría resultar un caso aislado de brutalidad
policial, pero Mehdi Karrubí considera que humillar a presos políticos es
una práctica común del régimen iraní desde hace veinte años.

«El sistema ha logrado muy buenos resultados con las violaciones porque así
arruinaban moralmente a sus opositores, ya que sabían que no iban a
denunciarlas’’.

Al final de Mississippi Burning (1988), de Alan Parker, sobre las luchas
civiles de los años cincuenta en Estados Unidos en contra del racismo, los
protagonistas encuentran a un hombre ahorcado, sin móvil aparente. Y
conjeturan: ¿no será que este hombre vio las atrocidades que otros
cometieron y se suicidó, asqueado del ser humano? Podría ser.

Chávez, Castro, Gaddafi, Mugabe, Ahmadineyad son algunos de los miembros de
un selecto club de países que cometen atrocidades, disfrazadas de
actividades democráticas. Lo que cada uno de ellos comete en contra de la
humanidad, los roza a todos los demás. Que nadie se llame a engaño.

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