Opinión Internacional

¿Solidaridad?

La palpable ausencia de solidaridad de parte de la comunidad internacional hacia el pueblo de Venezuela no será fácil de olvidar.

Al margen del apoyo esporádico de algunos grupos políticos de tinte liberal, el silencio ha sido siniestro y desconsolador; sobre todo de parte de una internacional socialista que no se decide a criticar las políticas “amarra votos” (clientela social), que el gobierno bolivariano le ha impuesto a todo el pueblo venezolano (en sustitución de la natural libertad individual que ha caracterizado a la idiosincrasia del país).

Es cierto que los asuntos energéticos y la deslumbrante danza de una chequera irresponsable son capaces de hacer dudar a cualquiera. Pero al mismo tiempo, nos indica esa duda una profunda ausencia de solidaridad para con un pueblo que naufraga en las aguas tormentosas de un evidente totalitarismo ladrón y alucinador.

Desgraciadamente, hemos debido alcanzar la clara debacle que vivimos hoy para lograr levantar cierta tardía connotación con los que creyeron poder negociar con el populismo actual sin pagar las consecuencias.

Yo personalmente me resisto a lloriquear por esa traidora actitud. Más bien creo que esa misma falta de solidaridad (cuando más la necesitábamos), nos auto-legitima como sociedad soberana y digna; y sobre todo como insignia de una posible nueva sociedad (cuando salgamos de esta pesadilla) deslastrada de cualquier compromiso histórico mitigante de nuestra libertad.

Aparentemente, el problema de la globalización (en algunos países) es que lo que se hace con la mano derecha (libre mercado), se entorpece con una mano izquierda (plagada de conformismos narcóticos); mano que se extingue sin futuras perspectivas de supervivencia en el mundo moderno actual.

Evidentemente, no existe (en esta izquierda internacional) correspondencia entre teoría y praxis, entre libertad y condicionamientos sociales, entre derechos y deberes (a no ser por la excepción de ciertos modelos como el sueco, que también se ha hecho partícipe de ese silencio lapidario).

Venezuela ameritaba (y ameritaría actualmente), de una clara y aunada posición internacional que presionara y contrarrestara la cuestionada legitimidad que hasta ahora se le ha ofrecido (tanto activamente como por omisión) al totalitarismo bolivariano.

La solidaridad con los supuestos programas dadivosos del gobierno actual (aunque simplistamente “buenos”), siempre se debieron sopesar con la represión de toda la clase media venezolana (que no es poca); y evitar que los unos (los pobres) queden para siempre (como en Cuba o en Corea del Norte) presos bajo el manto de las ayudas o privilegios condicionados desde el poder, y los otros (la clase media trabajadora) queden despojados del fruto de su metódico trabajo y sudoroso quehacer.

Sinceramente, la comunidad internacional le debe una explicación al pueblo de Venezuela.

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