Opinión Internacional

Toledo: fenómeno peruano

En el Perú, los cambios dramáticos suelen ocurrir en silencio y su historia tiende a repetirse. Hace escasas semanas era inconcebible una derrota de Fujimori en la primera vuelta. Es más, se especulaba que, de acuerdo con los sondeos de opinión, el candidato-presidente, con todos los recursos del Estado a su favor y la mayoría de los medios de comunicación alineados con la reelección, podía ganar en la primera vuelta con el cincuenta por ciento más uno de los votos.

Pero eso ha cambiado. La posibilidad de ganar por knock out y en el primer round es ahora una ilusión. La contundente denuncia del diario El Comercio sobre la escandalosa falsificación de firmas para la postulación de Fujimori, así como la repentina y vertiginosa subida de Alejandro Toledo en las encuestas, han modificado radicalmente el escenario electoral.

Hay quienes creen, con razón, que el fenómeno Toledo del 2000 es incomparable con el tsunami Fujimori de 1990. No obstante, parecidos hay. Y varios. Toledo, beneficiado por haber sido considerado como un factor inofensivo dentro de la estrategia del reeleccionismo, pasó piola y se libró de las largas, extenuantes y demoledoras contracampañas emprendidas contra los objetivos principales en la mira del fujimorismo: Alberto Andrade y Luis Castañeda Lossio. Ello le ha permitido a Toledo construir una candidatura rápida, que ha crecido desde un modesto 2 por ciento hasta igualar a Fujimori en las encuestas.

La candidatura de Toledo, al igual que la de Fujimori en el 90, creció sin avisos previos de radios ni de televisión. Su convocatoria se ha forjado de boca en boca. Ha sido una campaña que empezó, como la de Fujimori hace 10 años, desde el silencio.

La campaña del gobierno, concentrada en la victoria en la primera vuelta, se basó en utilizar los recursos del Estado a favor del aspirante-mandatario, acallar a la TV de señal abierta, pintar los cerros y paredes de todo el país, canjear terrenos por votos, acosar y hostigar a sus adversarios Andrade y Castañeda, infiltrar a los organismos electorales con propósitos fraudulentos, falsificar firmas, etc. Evadió los debates de Cade y la UPC creyendo que quien va puntero en las encuestas corre innecesarios riesgos en una confrontación de ideas y programas.

La estrategia gobiernista estuvo asentada también en buena parte en la confianza de que el elector no percibía una alternativa viable en el espectro opositor. «Fujimori es lo menos malo y ya lo conocemos», se escuchaba decir en las calles hasta hace pocas semanas. Por lo tanto, los errores propios, nunca corregidos, fueron más que los aciertos ajenos, los cuales han ido debilitando el olor a triunfo de los fujimoristas. La arrogancia siempre cae mal y eso parece importarles poco a los estrategas del gobierno.

Por su parte, Toledo ha jugado peligrosamente -pero con cierto éxito – con su origen étnico. Ha apelado a los resortes raciales, que hicieron que, en los 90, los cholos y mestizos apostaran masivamente por Fujimori.

Adicionalmente, el postulante de Perú Posible ha captado muy bien, como lo hizo Fujimori en su momento, que el electorado es más sensible al personaje de carne y hueso con mensajes simples que a las propuestas técnicas.

Toledo, asimismo, ha hecho suya la táctica de la cual se jactaba Fujimori en el 90: como un judoka andino ha usado la fuerza del contrario en provecho propio. A diferencia de sus adversarios de la oposición, Alejandro Toledo nunca criticó frontalmente al gobierno. Pero tampoco se pegó mucho a la oposición. Por el contrario, se ha asegurado de enfatizar que los logros y reformas emprendidas por Fujimori se van a mantener y con él no va a haber vuelta al pasado, pese a la guerra sucia de medios como Expreso y la prensa amarilla, que pretenden vincularlo con el desprestigiado Alan García.

Todavía no ha sido dicha la última palabra sobre lo que ocurrirá este 9 de abril. Empero, de acuerdo con las últimas encuestas, todo parece indicar que habrá segunda vuelta debido al alza sorpresiva de Toledo.

Lo que sí es cierto es que, gane quien gane en los comicios presidenciales, ninguna fuerza política tendrá mayoría en el Parlamento que se inaugura en julio del 2000. Ello no es un buen augurio para Toledo, en caso de que sea él quien triunfe. Sí es una buena noticia, en caso de que gane Fujimori, porque ello lo obligará, de una u otra manera, a cambiar sus modales autoritarios y personalistas.

Como sea, el gran ganador de estas elecciones, independientemente de los resultados, es, sin duda, Alejandro Toledo, quien se ha asomado casi involuntariamente para ocupar un espacio político relevante en las irregulares y viciadas elecciones peruanas.

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