Opinión Internacional

Trinidad

Uno. La vergüenza que experimentamos al observar la embelesada expresión de Chávez frente al presidente Barack Obama, en la Cumbre de las Américas, celebrada en Trinidad y Tobago, es la misma que recorre el patio cuando el peón, envalentonado por los restos de brandy que ha sisado en la trascocina, irrumpe en la ternera y se pone gracioso frente al patrón y sus invitados. No otra fue la actitud de Chávez, mimoso y obsecuente ante el hombre más poderoso del mundo, a cuyas espaldas había insultado tildándolo de ignorante (que, viniendo de Chávez, ya es inculpación de carecer de toda noción que rebase lo primitivo). Esa actitud del criado desecho en servilismo ante su señor, esa erótica de la servidumbre, ese aire de geisha en un tipo que no se ahorra altanería y crueldad frente a sus subordinados, es el retrato más cabal del golpista del 92. Viendo esa exhibición del mozo a punto de frotarse con la pechera del señorón, como Hechizada, la bruja, convertida en minino que se restriega con el marido, uno se pregunta cómo es posible que este fámulo brincón frente al señorío, haya regido a Venezuela por una década. Les aseguro, compatriotas de todos los signos, que esta pregunta no tendrá respuesta jamás.

Dos. Cuando Chávez, doméstico engallado que interrumpe la velada para ofrendar una honda al dueño de la casa, se acercó a Obama con el objeto de regalarle un libro, el presidente de los Estados Unidos creyó que se trataba de una obra escrita por aquel. Y esa confusión, ese despropósito, ese disparate inconcebible dejó al pobre teniente coronel en el descampado de su precariedad. Obama, autor de dos libros de gran éxito entre las audiencias (antes de ser, siquiera, precandidato a la Presidencia), considera lo más natural que si alguien hiende el protocolo con andares de lisonja es, por lo menos, para entregar un trabajo propio como fundación del diálogo.

Los jefes de Estado allí reunidos saben lo que Chávez ha hecho de Venezuela. Les han llegado noticias de la devaluación de la moneda y de que Caracas es, de lejos, la ciudad más violenta del continente; que cuando el showman bolivariano era candidato, en 1998, en Venezuela se cometieron 4.550 homicidios; y que en nueve años de su mandato, esa cifra aumentó hasta el punto de registrar, en 2007, 13.157 homicidios, tres veces más que al inicio de su gobierno.

Es muy probable que también sepan que Venezuela está a la cabeza de América Latina… en materia de inflación; que en el primer trimestre del año, el consumo de alimentos bajó 2,4%. Que el poder judicial es brazo de persecución de adversarios. Y que, habiendo contado con los más altos ingresos de la historia, Venezuela está hoy al borde de una crisis que pagaremos con hambre y privaciones. Tal es la irresponsabilidad del Mimosín.

Chávez es despreciado, pues, por lo que es, un mandatario que ha arruinado a su pueblo, que se ha aprovechado de sus esperanzas para derivar de ello un provecho personal y satisfacer su enfermiza necesidad de sentir a su paso el cascabeleo de los flashes, un getón perverso que ha sembrado la discordia en un país sufrido y atormentado. Pero la confusión de Obama (al atribuirle talante de escritor), lo expone al escarnio por lo que no es, una mente reflexiva, un hombre capaz de callarse el tiempo suficiente para pergeñar un párrafo. Mientras la cultura de Obama contribuye a cerrar heridas en los Estados Unidos, la incultura de Chávez abre tajos sangrantes en Venezuela.

Tres. El militar golpista reptó hasta los pies de Obama para entregarle un libro. Me da igual si tiene calidad o si, como ha dicho alguien, su lectura da ganas de cortarse las venas. Lo intolerable es que un Presidente regale en el extranjero una obra hecha por mano distinta a la venezolana, que puede ufanarse de inmensos logros en todas las disciplinas del arte.

Qué grosero desprecio a los escritores locales de todos los tiempos; pero mucho más a quienes persisten en su apoyo al chafarote, que no abdican del silencio y la complicidad ante la tragedia de Venezuela. Cualquier libro de Luis Britto García es mil veces mejor que la latosa oda al fracaso de Galeano. Ya no digamos los versos de Ana Enriqueta Terán, Palomares o Luis Alberto Crespo, auténticas joyas de nuestra cultura. Pero sus libros no entran en la valija del mandón que aclaman. De todo, esto es lo que más me indigna.

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